La carrera de Adrián González en las Grandes Ligas abarcó casi dos décadas y lo llevó por cinco equipos de alto perfil. Durante esos años el jugador nacido en Tijuana observó de cerca cómo las franquicias estadounidenses intentaban sin éxito captar a una audiencia hispana que crecía en número y poder adquisitivo. Esa experiencia directa se convirtió en el germen de su actual labor como socio de la agencia Mach9, donde busca tender puentes entre equipos de Estados Unidos y consumidores latinos tanto dentro como fuera del país.
Del diamante a la estrategia de marca
González se retiró en 2022 tras haber sido seleccionado a cinco Juegos de Estrellas y haber vestido los uniformes de Rangers, Padres, Medias Rojas, Dodgers y Mets. En cada una de esas organizaciones detectó una misma carencia: la ausencia de canales sistemáticos para comunicarse con aficionados que hablan español o que mantienen fuertes lazos culturales con América Latina. Esa observación coincidió con datos de Statista que indican que el 40 por ciento de los hispanos se declara aficionado o apasionado del deporte, y con estudios de Nielsen que muestran un consumo de contenido deportivo un 64 por ciento superior al promedio y un gasto un 15 por ciento mayor en la industria.
La decisión de incorporarse a Mach9 no fue casual. La agencia, fundada por David Mahbub y Jaime Suárez, combina metodologías propias con inteligencia artificial para rastrear tendencias culturales y ayudar a las marcas a controlar su narrativa pública. González aportó el conocimiento interno del deporte profesional y la credibilidad que otorga haber representado a México en Clásicos Mundiales, dos activos que los fundadores reconocen como el “eslabón perdido” entre el expertise técnico y el acceso a dueños de equipos y comisionados de liga.

El crecimiento de una audiencia bilingüe y transnacional
El mercado hispano de Estados Unidos no es un segmento secundario. Los datos de Nielsen revelan que estos consumidores prefieren cada vez más las plataformas de streaming y que su lealtad se construye a través de narrativas que respetan su identidad bilingüe. Mach9 ya ha trabajado con los Dodgers, los Yankees y los Broncos; sin embargo, el objetivo central sigue siendo que las franquicias estadounidenses utilicen herramientas de inteligencia artificial para decidir dónde y cómo colocar su mercancía según variables demográficas y patrones de consumo en México, Puerto Rico o República Dominicana.
La presencia de González ha modificado la forma en que la agencia se presenta ante las ligas. Mahbub ha señalado que no es lo mismo llegar con algoritmos y estudios que llegar acompañados de un atleta que ha vivido la presión de un Clásico Mundial y que mantiene relaciones directas con dueños de equipos. Esa combinación de reputación y conocimiento operativo reduce la distancia cultural que antes dificultaba las conversaciones comerciales.
Implicaciones para el marketing deportivo y la marca personal
El modelo que González impulsa tiene consecuencias más allá de la venta de camisetas. Los atletas actuales construyen sus propias marcas con logotipos y canales directos de comunicación; Mach9 les ofrece la capacidad de analizar patrones de comportamiento del público hispano para afinar mensajes. Esa misma infraestructura que antes servía a farmacéuticas y a empresas como Coca-Cola o Cuervo se aplica ahora al deporte, lo que sugiere una profesionalización acelerada del ecosistema de patrocinio latino.
A largo plazo, la estrategia puede alterar la distribución de ingresos dentro de las ligas estadounidenses. Si los equipos logran identificar con precisión qué mercados responden mejor a determinadas campañas, es probable que aumenten sus esfuerzos de expansión internacional y que redefinan sus calendarios de pretemporada o sus giras de exhibición. Al mismo tiempo, surge la pregunta sobre la sostenibilidad de estas herramientas cuando las audiencias latinas empiezan a exigir mayor autenticidad y menor tokenismo en las narrativas que se les dirigen.
Riesgos y equilibrios futuros
El uso intensivo de inteligencia artificial para segmentar audiencias plantea interrogantes éticos. Determinar patrones de consumo puede derivar en prácticas de exclusión o en la simplificación de identidades culturales complejas. González y sus socios sostienen que la tecnología sirve para maximizar el alcance, pero reconocen que el factor humano —la credibilidad que aporta un exjugador con trayectoria binacional— sigue siendo indispensable para mantener la confianza de los interlocutores.
En términos más amplios, el caso de González ilustra cómo los atletas retirados pueden convertirse en actores clave dentro de la economía del deporte. Su transición desde el terreno de juego hacia la consultoría de marca no es un fenómeno aislado; representa una ruta que otros jugadores bilingües podrían seguir, ampliando así el repertorio de voces que participan en las decisiones estratégicas de las franquicias estadounidenses.
La evolución de estas alianzas dependerá de la capacidad de Mach9 y de sus competidores para demostrar resultados medibles sin sacrificar la profundidad cultural que el público hispano exige. Si logran ese equilibrio, el puente que González intenta construir podría convertirse en una infraestructura permanente entre el deporte profesional de Estados Unidos y una audiencia que ya no se conforma con ser un mercado secundario.
