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Argentina y su dominio en los minutos finales del Mundial

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La victoria de Argentina sobre Inglaterra en las semifinales del Mundial 2026 confirmó una tendencia que ya no puede atribuirse al azar. Doce de los diecinueve goles convertidos por la selección hasta ese momento llegaron después del minuto 75. Esa distribución temporal refleja un patrón sostenido a lo largo de toda la competencia y plantea preguntas sobre cómo se construye la resistencia física y mental en los equipos de élite.

La convicción colectiva como motor de las remontadas

El gol de Enzo Fernández a los 85 minutos y la asistencia de Messi a Lautaro Martínez en el tiempo agregado contra Inglaterra no fueron aislados. Desde la fase de grupos, la Albiceleste ha mostrado la misma capacidad para igualar o revertir marcadores en instancias decisivas. Messi cerró el debut ante Argelia a los 76 minutos, repitió en tiempo de descuento frente a Austria y volvió a marcar a los 80 ante Jordania. En octavos, Lautaro convirtió en el suplementario contra Cabo Verde y un autogol selló la clasificación. En cuartos, Romero, Messi y Fernández remontaron ante Egipto con goles entre el 79 y el agregado. Esa secuencia demuestra que el equipo planifica su mayor rendimiento para el tramo final de los partidos.

La explicación no reside solo en la calidad individual. Lionel Scaloni ha insistido en que el grupo mantiene una convicción colectiva construida durante varios años. Esa convicción se traduce en una preparación que prioriza la capacidad de mantener intensidad cuando el cansancio físico comienza a limitar las opciones. Los números respaldan esa preparación: el 63 por ciento de los goles argentinos en el torneo se produjeron en los últimos quince minutos de tiempo reglamentario o en el suplementario.

El rol del banco como variable táctica decisiva

Scaloni señaló que contar con jugadores como Lautaro Martínez y el “Caballo” González permite mantener el ritmo cuando los titulares acusan fatiga. Esa observación introduce un cambio de perspectiva sobre el uso de las sustituciones. En lugar de verlas como simples recambios, el entrenador argentino las emplea como herramienta para aumentar la presión en los minutos finales. González, por ejemplo, aporta una intensidad de carrera que obliga a las defensas rivales a retroceder y abre espacios para los atacantes más técnicos.

Esta estrategia tiene consecuencias directas en el diseño de los planteles. Los equipos que aspiran a llegar lejos en torneos largos deben equilibrar la presencia de jugadores de elite con recambios capaces de sostener o elevar el ritmo. La selección argentina ha convertido esa dualidad en una ventaja competitiva que otros seleccionados aún no han replicado con la misma consistencia.

Repercusiones para el análisis de rendimiento en selecciones

El caso argentino obliga a revisar los modelos tradicionales de evaluación de partidos. Las estadísticas que miden posesión o disparos totales pierden peso cuando el resultado se define en los últimos quince minutos. Los analistas deben incorporar variables de resistencia acumulada y capacidad de reacción bajo presión. Esa necesidad ya se refleja en las reuniones técnicas de varios federaciones que estudian cómo replicar el modelo de trabajo de Scaloni.

Desde la perspectiva de los jugadores, la repetición de remontadas refuerza la confianza colectiva. Messi describió el proceso como una demostración de que el equipo “no baja los brazos”. Esa mentalidad reduce el impacto psicológico de los goles en contra y mantiene la estructura táctica incluso cuando el marcador es adverso. Para los rivales, en cambio, enfrentar a Argentina implica gestionar el riesgo de que cualquier ventaja se diluya en el tramo final, lo que obliga a modificar los planes de contención y a reservar fuerzas para una posible prórroga.

Tensiones internas y límites del modelo

El éxito basado en remontadas también genera tensiones. Algunos observadores cuestionan si el equipo depende excesivamente del rendimiento de Messi y de un puñado de jugadores experimentados. Si alguno de ellos sufriera una lesión prolongada, la capacidad de revertir marcadores podría verse comprometida. Además, el desgaste físico acumulado en partidos que se extienden hasta el suplementario representa un riesgo para la fase final del torneo, donde la recuperación entre encuentros es limitada.

Otro punto de debate se refiere al equilibrio entre ataque y defensa. La necesidad de marcar goles tardíos ha llevado a la selección a mantener líneas adelantadas incluso cuando el resultado parece controlado. Esa disposición expone espacios que equipos con contragolpes rápidos podrían explotar en futuras instancias. Hasta ahora, la calidad individual ha compensado esos riesgos, pero el margen de error se reduce a medida que avanza el torneo.

Proyecciones para el resto del Mundial y el fútbol de selecciones

Si Argentina mantiene el mismo patrón hasta la final, el dato de los goles después del minuto 75 podría convertirse en un referente para la planificación de futuros ciclos. Las federaciones comenzarán a priorizar pruebas de resistencia específica y a diseñar sesiones de entrenamiento que simulen situaciones de desventaja con tiempo limitado. Esa tendencia ya se observa en algunos clubes europeos que han incorporado analistas dedicados exclusivamente al estudio de partidos resueltos en el tramo final.

Al mismo tiempo, existe el riesgo de que otros equipos intenten copiar el modelo sin contar con la misma profundidad de plantilla. La diferencia entre Argentina y selecciones con menos recursos radica en la calidad de los suplentes y en la experiencia previa de haber superado situaciones similares. Replicar solo el esquema táctico sin esa base puede derivar en mayor vulnerabilidad defensiva sin la recompensa de las remontadas.

El Mundial 2026 sigue en curso y cualquier análisis debe contemplar que el factor suerte aún puede intervenir. Sin embargo, la consistencia mostrada por la selección argentina hasta las semifinales indica que la capacidad de marcar en los minutos decisivos ha dejado de ser coincidencia para convertirse en una característica estructural del equipo. Esa característica seguirá influyendo en cómo se preparan y compiten las selecciones en los próximos años.

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