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Atlético San Martín convierte la memoria en patrimonio

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El homenaje que Atlético San Martín realizó a Emilio Alejandro Fares, conocido por familiares y amigos como “Milo”, no fue solamente un acto protocolar antes de un partido del Federal A. La decisión de exhibir en una vitrina la indumentaria de combate que el veterano utilizó durante la Guerra de Malvinas abrió una discusión más amplia sobre el papel de los clubes deportivos como espacios de memoria, identidad y transmisión histórica.

La ceremonia se realizó este domingo, en la previa del empate entre el conjunto mendocino y Costa Brava de La Pampa, por la primera fecha de la reválida del torneo Federal A. La iniciativa surgió del grupo Historiadores Albirrojos junto con el Departamento de Cultura de la institución. La familia de Fares decidió donar el uniforme al Museo Emilio Menéndez, ubicado en el estadio Libertador General San Martín, para que pueda ser visitado por escuelas, instituciones y público en general.

El dato central es concreto: un objeto personal, ligado a un episodio bélico que marcó a varias generaciones argentinas, dejó de permanecer dentro del ámbito privado y pasó a integrarse a un patrimonio comunitario. El club, además, no presentó a Fares como una figura distante, sino como un vecino del departamento de San Martín, socio e hincha de Atlético Club. Esa doble condición —veterano de guerra y miembro de una comunidad futbolera— explica buena parte de la potencia simbólica del homenaje.

Cuando la camiseta del hincha se cruza con el uniforme de guerra

La historia de Fares tiene una particularidad que vuelve significativo el lugar elegido para conservar sus pertenencias. No se trata de una institución militar ni de un museo especializado en la Guerra de Malvinas. El uniforme será exhibido en un estadio, junto a la cantina y en un espacio asociado habitualmente con partidos, encuentros sociales y rutinas deportivas. La operación cultural consiste en trasladar un recuerdo de la guerra a un escenario cotidiano, donde circulan niños, familias, jugadores y aficionados.

La esposa de Fares, María Elena Barbero, explicó que le propusieron llevar la indumentaria desde el departamento y que Milo probablemente habría estado contento de verla en ese lugar. También formuló el sentido pedagógico de la donación: que las futuras generaciones sepan que un sanmartiniano participó en la Guerra de Malvinas. Su declaración marca una prioridad distinta de la mera conservación material. El objetivo no es únicamente proteger una prenda, sino asegurar que el nombre, la procedencia y la experiencia de su dueño no se diluyan.

La referencia temporal también importa. Emilio Fares falleció en 2021, después de atravesar una larga enfermedad, y ese mismo año la Agrupación Veteranos de Malvinas de Mendoza colocó una placa en su memoria en la plazoleta Irigoyen. La nueva vitrina no reemplaza ese reconocimiento público: lo amplía. La placa fija un nombre en el espacio urbano; el uniforme permite construir una narración alrededor de ese nombre, con un objeto que puede ser observado y explicado.

El primer cambio: el club deja de ser solo escenario

La primera conclusión relevante es que Atlético San Martín está utilizando su identidad deportiva como una plataforma de participación ciudadana. Los clubes suelen ser analizados por sus resultados, sus balances, sus instalaciones o su capacidad para formar jugadores. Sin embargo, también funcionan como redes sociales territoriales: reúnen a personas de distintas edades, concentran memorias familiares y mantienen vínculos que exceden la competencia.

En este caso, la pertenencia de Fares al club permite que la Guerra de Malvinas sea abordada desde una escala local. El conflicto de 1982 suele aparecer en discursos nacionales, actos oficiales y conmemoraciones anuales. Al mostrar que uno de los veteranos era socio e hincha del equipo del barrio, la institución acerca una historia nacional a una experiencia reconocible. La guerra deja de ser una referencia abstracta y adquiere un rostro, una familia y una relación concreta con la comunidad.

Ese mecanismo puede tener un impacto especialmente importante en los jóvenes. Para quienes nacieron varias décadas después del conflicto, Malvinas no es una vivencia personal, sino un acontecimiento transmitido por la escuela, los medios y las familias. La vitrina ofrece una oportunidad para conectar esos relatos con un espacio que los estudiantes identifican y visitan con mayor familiaridad que un museo tradicional. La eficacia educativa, no obstante, dependerá de cómo se contextualice el objeto: una exhibición sin explicación puede producir curiosidad, pero difícilmente construya comprensión histórica.

El potencial del club es, por lo tanto, doble. Puede ampliar el público de la memoria y, al mismo tiempo, incorporar nuevas responsabilidades. Si el estadio se convierte en un lugar de interpretación histórica, deberá ofrecer información verificable sobre Fares, el conflicto, la trayectoria de los veteranos y el origen de la donación. El objeto por sí solo emociona; la mediación institucional es la que transforma la emoción en conocimiento.

La donación familiar modifica el sentido del homenaje

La segunda idea es que la familia no aparece como una fuente secundaria, sino como la principal responsable de activar el patrimonio. El club organizó el acto y sus grupos internos impulsaron la propuesta, pero la decisión de entregar el uniforme pertenecía a los allegados de Fares. Esa secuencia revela una tensión frecuente en las políticas de memoria: las instituciones pueden ofrecer visibilidad y recursos, pero no deberían apropiarse del relato de quienes conservan los objetos y las experiencias.

Donar una indumentaria utilizada en una guerra no equivale a entregar un objeto cualquiera. La prenda puede concentrar recuerdos íntimos, conversaciones familiares y una carga emocional difícil de medir. Al pasar al museo, gana acceso público, pero pierde parte de la disponibilidad privada. De allí que la iniciativa pueda considerarse valiosa no solo por el gesto del club, sino por la confianza depositada por la familia en la institución.

Para Atlético San Martín, esa confianza implica una obligación de cuidado. El museo deberá preservar adecuadamente el uniforme, evitar su deterioro y registrar su procedencia. También será conveniente documentar las condiciones de la donación, la identificación de cada pieza y los límites de uso de fotografías o reproducciones. No se informó públicamente el detalle técnico de la conservación ni el inventario de la vitrina, pero esas tareas son decisivas para que la iniciativa no quede reducida a una ceremonia de un solo día.

Hay además una cuestión ética. El uniforme no debe convertirse en una pieza de espectáculo ni en un recurso de marketing desvinculado de la historia de Fares. La presencia del homenaje durante la previa de un partido aumenta su alcance, aunque también puede someterlo a la lógica de la agenda deportiva, donde todo se organiza alrededor del resultado y la competencia. La institución tendrá que sostener el espacio en fechas ordinarias, cuando no haya cámaras ni tribunas llenas.

Memoria, fútbol y una tensión que no se puede ignorar

La incorporación de Malvinas a un club de fútbol generará adhesiones, pero también exige evitar simplificaciones. En la Argentina, la causa Malvinas posee una enorme fuerza social y emocional. A la vez, la guerra estuvo atravesada por decisiones políticas, una dictadura militar, desigualdades entre soldados y oficiales, y consecuencias duraderas para los excombatientes. Un homenaje respetuoso no necesita convertir el conflicto en una consigna uniforme ni presentar todas las experiencias como idénticas.

La perspectiva de la familia pone el acento en la pertenencia local y en la transmisión generacional. La de los veteranos subraya el reconocimiento a quienes participaron y las secuelas que dejaron los años posteriores. La del club destaca la construcción de una identidad albirroja que incluye a sus socios más allá de la cancha. La de las escuelas y los visitantes reclamará, previsiblemente, información histórica y herramientas para comprender. Ninguna de esas miradas debería anular a las otras.

Una controversia posible está relacionada con el lenguaje del homenaje. Definir a Fares como “héroe de Malvinas” expresa reconocimiento y afecto, pero también puede ocultar la complejidad de la experiencia de los veteranos si se utiliza como una etiqueta automática. La condición heroica no debería impedir hablar del sufrimiento, del abandono posterior, de la enfermedad o de los problemas de reinserción que afectaron a muchos excombatientes. En el caso de Fares, la noticia informa que murió después de una larga enfermedad, pero no establece una relación causal entre esa enfermedad y su participación en el conflicto. Mantener esa precisión es indispensable para no transformar el respeto en una afirmación no documentada.

La institución también deberá diferenciar memoria de propaganda. Un club puede reivindicar el vínculo de un socio con Malvinas sin utilizar la pieza para alimentar antagonismos políticos o comerciales. El hecho de que la vitrina esté abierta a la comunidad será una señal positiva solo si el acceso se acompaña con un relato plural y responsable.

Un modelo pequeño con efectos que pueden crecer

El impacto sectorial de la iniciativa se observa en el modo en que redefine la función cultural de los clubes del interior. Las grandes instituciones deportivas suelen contar con archivos, museos, departamentos de historia y programas educativos. En clubes de escala local, esas estructuras son menos frecuentes y dependen en buena medida del trabajo voluntario de socios, historiadores y dirigentes. La experiencia de Historiadores Albirrojos muestra que la producción de memoria puede comenzar con recursos modestos, siempre que exista una red comprometida.

El caso también ofrece una referencia para otras entidades de Mendoza y del país. Cada club posee una historia de socios que participaron en acontecimientos políticos, sociales o militares. La identificación de esos recorridos puede generar archivos orales, colecciones fotográficas y exhibiciones temporales. Pero la replicación no debería basarse en copiar una vitrina. Requiere investigar los fondos documentales, verificar testimonios, solicitar autorizaciones y establecer criterios de conservación.

La ausencia de cifras de visitantes, presupuesto o financiación impide medir todavía el resultado cuantitativo del proyecto. Sin embargo, hay indicadores cualitativos claros: la familia participó de la presentación, el objeto fue incorporado al Museo Emilio Menéndez y el club anunció la disponibilidad para escuelas, instituciones y público general. El siguiente paso será transformar esas posibilidades en un programa regular. Una visita escolar ocasional tiene valor; un calendario de recorridos, materiales pedagógicos y encuentros con veteranos tendría un efecto mucho más profundo.

La experiencia de los museos comunitarios demuestra que la permanencia de una colección depende menos del tamaño inicial que de la continuidad de la documentación y de las actividades. En el estadio, el museo puede beneficiarse del flujo natural de espectadores, pero deberá resolver cuestiones prácticas: horarios fuera de los partidos, accesibilidad, seguridad, seguros, control de humedad y protección frente al contacto directo. La emoción del público no sustituye el trabajo técnico.

Qué puede ocurrir después del acto

La tendencia más probable es que la vitrina funcione como punto de partida para una política de memoria más amplia. El club podría reunir testimonios de familiares, digitalizar documentos, organizar charlas durante fechas conmemorativas y vincular el museo con escuelas del departamento de San Martín. También podría construir un archivo de socios y vecinos relacionados con la historia local, sin limitarse a Malvinas. Eso permitiría que la memoria fuera un componente estable de la vida institucional y no una actividad aislada.

El desarrollo de ese proyecto dependerá de tres variables. La primera es la gobernanza: el Departamento de Cultura y los grupos de historiadores necesitarán reglas claras sobre selección, custodia y actualización de contenidos. La segunda es la transmisión: los materiales deberán adaptarse a diferentes edades y evitar tanto la banalización como el exceso de solemnidad. La tercera es la participación: familiares, veteranos, docentes y socios deben tener canales para corregir datos, aportar testimonios y discutir interpretaciones.

También existe una oportunidad digital. Una ficha en línea con la historia de Fares, fotografías autorizadas, documentación y un registro de actividades permitiría ampliar el acceso más allá del estadio. Pero la digitalización introduce riesgos de privacidad y de uso indebido de imágenes familiares. La publicación de datos personales, documentos militares o fotografías sensibles debería contar con consentimiento explícito y con una política que defina qué puede reproducirse y con qué finalidad.

El riesgo de que la memoria quede encerrada en una vitrina

El principal riesgo no es que el homenaje genere demasiada atención, sino que reciba atención solo una vez. Las ceremonias deportivas tienen una vida breve: comienzan antes del partido y suelen desaparecer cuando empieza el juego. Si la vitrina no cuenta con responsables, presupuesto mínimo y una agenda educativa, puede deteriorarse física o simbólicamente. Un objeto mal conservado transmite, involuntariamente, que la memoria no fue una prioridad sostenida.

Otro riesgo es la estetización de la guerra. Presentar el uniforme sin explicar el contexto puede convertir una experiencia de violencia en una imagen conmovedora desprovista de preguntas. El club no está obligado a ofrecer un tratado de historia contemporánea, pero sí a evitar que el objeto sea utilizado como decoración patriótica. La información sobre la trayectoria de Fares debe estar separada de las afirmaciones que no hayan sido verificadas, y la narrativa debe reconocer la complejidad del conflicto.

Existe, finalmente, un riesgo de dependencia institucional. Si el proyecto queda ligado a un grupo reducido de dirigentes o historiadores, un cambio de autoridades podría interrumpirlo. La mejor protección será incorporar el museo a la estructura formal del club, establecer convenios con escuelas y organizaciones de veteranos, y preservar copias digitales de los registros. La memoria comunitaria necesita afecto, pero también procedimientos.

El homenaje a Emilio Fares tiene valor porque conecta tres escalas que normalmente aparecen separadas: la historia nacional de Malvinas, la vida de una familia y la identidad cotidiana de un club mendocino. Su mayor aporte no está únicamente en exhibir una indumentaria de 1982, sino en demostrar que los espacios deportivos pueden asumir una función pública sin dejar de ser lugares de pertenencia. El desafío comienza después del aplauso: convertir la donación en una conversación sostenida, rigurosa y abierta para que el recuerdo de Milo no dependa solo de una fecha ni de una vitrina.

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