Joseph Blatter, expresidente de la FIFA entre 1998 y 2015, volvió a cuestionar públicamente la gestión de Gianni Infantino tras la final del Mundial 2026, disputado en Estados Unidos, México y Canadá. España se impuso 1-0 a Argentina en la prórroga. Blatter afirmó que el torneo perdió credibilidad por la injerencia política y reclamó un cambio de rumbo en el organismo rector del fútbol.

El mensaje de Blatter en X fue directo: el certamen más extenso de la historia concluyó con los campeones correctos, pero el trayecto hasta el silbato final erosionó la confianza en la institución. El exdirigente instó a aficionados, jugadores y federaciones nacionales a recuperar el control del deporte y devolverlo a sus raíces bajo una conducción distinta.
La intervención política como punto de quiebre
Uno de los episodios que Blatter resaltó fue la anulación de la tarjeta roja al delantero estadounidense Folarin Balogun tras una intervención pública del presidente Donald Trump. El exmandatario suizo recordó que las expulsiones se revierten únicamente mediante reglas, evidencia y órganos independientes, no por llamadas telefónicas de líderes políticos. Esta secuencia planteó interrogantes sobre la autonomía de la FIFA frente a gobiernos anfitriones.
El caso del árbitro somalí Omar Artan, impedido de ingresar a Estados Unidos, reforzó la misma línea crítica. Blatter señaló que cuando un país sede niega la entrada a un árbitro, el torneo no debería celebrarse allí, y la responsabilidad principal recae en la propia FIFA por abandonar principios básicos de neutralidad.
El riesgo de convertir el fútbol en escenario político
La relación entre Infantino y Trump, descrita por Blatter como excesivamente cercana, representa un precedente peligroso. Cuando un presidente de la FIFA permite que la política condicione decisiones deportivas, el daño trasciende un solo partido. Las federaciones nacionales, que hasta ahora han guardado silencio, podrían enfrentar presiones internas para cuestionar esa dinámica si desean preservar la legitimidad del deporte ante sus bases.
La extensión del medio tiempo en la final, presentada como pausa de hidratación y comparada con el Super Bowl, añadió otra capa de preocupación. Este ajuste, junto con las pausas por hidratación introducidas durante el torneo, sugiere una tendencia a adaptar el fútbol a formatos de entretenimiento masivo en lugar de mantener sus ritmos tradicionales.
Perspectivas contrapuestas dentro del ecosistema futbolístico
Desde la óptica de Infantino y la actual administración, la organización de un Mundial en tres países requirió flexibilidad y coordinación con autoridades locales, incluida la Casa Blanca. Sin embargo, Blatter sostiene que esa flexibilidad no puede extenderse hasta sacrificar reglas arbitrales ni permitir que un mandatario influya en sanciones. Las federaciones europeas, históricamente más celosas de la independencia del deporte, podrían empezar a manifestar reservas similares en futuras asambleas.
Los jugadores y aficionados, por su parte, observan cómo episodios como el de Balogun erosionan la percepción de justicia deportiva. Si la sensación de que las decisiones se toman por teléfono se consolida, el interés por torneos organizados bajo la égida de la FIFA podría verse afectado a mediano plazo.
El historial de Blatter y su peso en el debate actual
Blatter fue apartado de la FIFA en 2015 tras acusaciones de soborno y lavado de dinero, con suspensiones que alcanzaron los doce años en total. Absuelto en 2025 de los cargos de fraude y falsificación, su regreso al debate público revive tensiones sobre quién tiene autoridad moral para criticar la gobernanza actual. Aun así, sus argumentos sobre neutralidad arbitral y rechazo a injerencias políticas encuentran eco en sectores que consideran que la FIFA debe mantener distancia de cualquier poder estatal.
La entrevista concedida semanas antes a L’Equipe anticipaba ya estas preocupaciones. Allí Blatter advertía que la FIFA había abandonado el principio de garantizar visas para todos sus funcionarios oficiales, abriendo la puerta a que un país anfitrión imponga condiciones políticas al desarrollo del torneo.
Riesgos estructurales para el futuro de la institución
Si la percepción de que las decisiones arbitrales pueden alterarse por presiones políticas se instala, el valor simbólico de las competiciones FIFA se resiente. Las apuestas deportivas, los derechos de transmisión y los patrocinios dependen en buena medida de la credibilidad de las reglas. Una erosión sostenida en ese ámbito podría traducirse en menores ingresos y mayor escrutinio regulatorio por parte de organismos internacionales.
La posibilidad de que otras selecciones o federaciones repliquen el gesto de Trump en futuros torneos añade incertidumbre. Sin un mecanismo claro que impida este tipo de intervenciones, la FIFA podría verse obligada a negociar con cada gobierno anfitrión condiciones que antes se daban por sentadas.
El llamado de Blatter a un nuevo liderazgo no se limita a un cambio de personas. Apunta a restablecer protocolos que separen claramente las esferas política y deportiva. Las federaciones nacionales que decidan respaldar esa exigencia tendrán que evaluar el costo de confrontar a una administración que controla los recursos y la distribución de sedes. El equilibrio entre esos intereses definirá la capacidad de la FIFA para organizar torneos creíbles en la próxima década.
