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Bomberos voluntarios: relevo en riesgo

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El Real Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Santander ilustra una tensión estructural que atraviesa muchos servicios de emergencia en España: la dependencia de personal no remunerado que sostiene intervenciones críticas mientras enfrenta un progresivo agotamiento de efectivos. Álvaro Gutiérrez, oficial jefe con 23 años de servicio, resume la situación con claridad: la formación exige tiempo, la conciliación con empleos externos resulta cada vez más difícil y la ausencia de sueldo disuade a nuevas incorporaciones. Entre 300 y 350 servicios anuales, que incluyen aperturas de viviendas, rescates de personas mayores y labores preventivas, siguen realizándose gracias a turnos nocturnos de hasta doce horas que se suman a jornadas laborales ordinarias.

El coste oculto de la disponibilidad continua

La exigencia formativa de los bomberos voluntarios no difiere sustancialmente de la que reciben los cuerpos remunerados. Se incluyen módulos de extinción, rescate en altura, reanimación cardiopulmonar y uso de desfibriladores, además de revisiones previas de vehículos y material antes de cada guardia. Esta preparación continua genera un perfil altamente cualificado que, sin embargo, no recibe contraprestación económica. El resultado es un filtro de acceso que selecciona principalmente a personas con empleos estables y flexibilidad horaria, lo que reduce el abanico de perfiles disponibles y acelera el envejecimiento del colectivo.

Este mecanismo de selección tiene consecuencias directas sobre la capacidad de respuesta. Cuando el número de voluntarios disminuye, los turnos se concentran en menos personas, incrementando el riesgo de fatiga acumulada y elevando la probabilidad de bajas por agotamiento. En contextos como Santander, donde los incendios forestales y las emergencias urbanas comparten recursos limitados, cualquier reducción de efectivos voluntarios obliga a los cuerpos profesionales a absorber mayor carga, con el consiguiente impacto presupuestario para las administraciones locales.

Transformación del mercado laboral y sus efectos

El descenso de candidaturas no obedece únicamente a la falta de salario. Las nuevas generaciones priorizan empleos que ofrezcan horarios predecibles y márgenes de descanso suficientes para mantener vida familiar y desarrollo personal. La guardia nocturna habitual, que en Santander comienza a las nueve de la noche y finaliza a las nueve de la mañana, choca frontalmente con estas expectativas. Quienes ya forman parte del cuerpo aceptan este sacrificio porque lo perciben como una extensión de su compromiso cívico, pero el relevo generacional no se produce al mismo ritmo.

Una consecuencia menos visible es la pérdida de diversidad de habilidades dentro del cuerpo. Cuando los voluntarios provienen mayoritariamente de sectores con horarios compatibles, se reduce la variedad de competencias técnicas y conocimientos locales que antes enriquecían las intervenciones. Esta homogeneización puede afectar la eficacia en escenarios complejos que requieren conocimientos específicos del territorio o de determinadas profesiones complementarias.

Perspectivas contrapuestas entre actores implicados

Los voluntarios defienden que la profesionalidad se mide por la formación y no por el contrato laboral, y argumentan que su labor ahorra recursos públicos significativos al complementar los servicios remunerados. Las administraciones locales, por su parte, valoran la existencia de estos cuerpos porque permiten mantener cobertura sin ampliar plantillas fijas, aunque reconocen la dificultad para atraer nuevos miembros sin modificar el modelo de incentivos. Los bomberos profesionales, mientras tanto, observan con preocupación que la reducción de voluntarios puede derivar en una mayor presión sobre sus propios turnos y en una posible degradación de los tiempos de respuesta en zonas periféricas.

El debate sobre posibles compensaciones económicas parciales o beneficios fiscales genera divisiones internas. Algunos voluntarios temen que cualquier forma de remuneración altere el carácter altruista del servicio y atraiga perfiles menos comprometidos; otros consideran que medidas como la exención de tasas municipales o la cobertura de gastos de desplazamiento podrían facilitar el acceso sin desvirtuar el modelo. Esta tensión refleja un dilema más amplio sobre cómo sostener servicios esenciales en un contexto de escasez de tiempo disponible entre la población activa.

Riesgos de desatención y escenarios futuros

Si la tendencia de descenso de voluntarios se mantiene, el principal riesgo es la aparición de vacíos de cobertura durante horas nocturnas y fines de semana, precisamente los periodos en que se concentra gran parte de la actividad de estos cuerpos. Una menor capacidad preventiva en grandes eventos o en labores de apoyo a personas mayores podría traducirse en un incremento de derivaciones hacia servicios de urgencias hospitalarios ya saturados.

Entre las opciones que se perfilan, destacan la creación de programas de voluntariado corporativo con empresas locales que liberen parcialmente a sus empleados, o la integración de tecnología de monitorización que reduzca la necesidad de presencia física constante. Ninguna de estas vías elimina la necesidad de contar con personal formado y disponible, pero podrían aliviar la carga actual. Sin embargo, la implantación de estas medidas requiere coordinación entre ayuntamientos, empresas y asociaciones de bomberos que hasta ahora ha sido limitada.

El caso de Santander no es aislado. En otras localidades de tamaño medio la misma combinación de exigencias formativas, ausencia de compensación y cambio en las prioridades laborales está produciendo efectos similares. La continuidad de estos cuerpos dependerá de la capacidad de las administraciones para diseñar incentivos que reconozcan el valor del servicio sin convertirlo en un empleo remunerado al uso, preservando al mismo tiempo los estándares de preparación que han permitido mantener un nivel de intervención efectivo durante décadas.

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