Borja Iglesias se ha convertido en el primer futbolista gallego en conquistar un Mundial. El delantero del Celta, que soñaba de niño con emular a Fernando Torres, entró en la historia de España tras la victoria en la final ante Argentina. Su participación en el torneo fue mínima: apenas dos minutos en octavos contra Portugal. Sin embargo, su presencia en la convocatoria de De la Fuente representa un reconocimiento a su trayectoria reciente y a su capacidad para cohesionar al grupo.

Valor más allá del campo
Tras una etapa irregular en el Betis, el regreso a Vigo revitalizó su rendimiento y le abrió las puertas de la selección. En un contexto donde escasean los delanteros centro de referencia, Iglesias aportó madurez, juego asociativo y solvencia ante defensas cerradas. De la Fuente valoró especialmente su perfil humano: un jugador dispuesto a defender públicamente causas que considera justas, incluso cuando eso genera polémica, como ocurrió tras el caso Rubiales.
La recompensa no es solo deportiva. Iglesias ha demostrado que la estabilidad emocional y la coherencia personal pueden convertirse en activos dentro de una selección donde los roles están muy definidos. Su nombre ya figura junto a los grandes hitos del fútbol gallego, más allá de las estadísticas.
