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Che García afianza a República Dominicana como selección capaz de competir con la élite

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La Selección Nacional de Baloncesto de República Dominicana llega a la parte decisiva de su ruta mundialista con una base competitiva más amplia y una convicción que antes no siempre tuvo: puede enfrentar a las principales potencias sin asumir un papel secundario. El equipo presenta récord de 6-2 en el clasificatorio, con dos ventanas pendientes, y su entrenador, Néstor “Che” García, sostiene que el objetivo de alcanzar la Copa del Mundo está al alcance si se preservan la disciplina y el compromiso que han marcado el proceso.

El dato deportivo tiene una dimensión mayor que la clasificación misma. República Dominicana no depende ya de una generación corta ni de una actuación excepcional de sus principales figuras. Según García, la selección cuenta con 25 jugadores de nivel internacional disponibles para competir en diferentes escenarios. Esa profundidad permite sostener una identidad colectiva aun cuando cambian las convocatorias, una condición particularmente valiosa en las ventanas FIBA, donde las ausencias por compromisos profesionales suelen alterar el rendimiento de muchas selecciones.

Un récord que exige continuidad

El 6-2 conseguido hasta ahora deja a los dominicanos en una posición favorable, pero no elimina la exigencia de las próximas fechas. La selección deberá disputar compromisos en Colombia y Chile antes de cerrar su calendario en casa, en febrero de 2027. Esa secuencia convierte la regularidad en la principal prueba: los buenos resultados previos ofrecen margen, aunque no sustituyen la necesidad de responder fuera de casa y administrar la presión de definir el objetivo ante su público.

García ha insistido en que sus jugadores salen a la cancha sin conceder ventajas psicológicas por el prestigio del rival. La declaración puede parecer una fórmula habitual en el deporte, pero encuentra respaldo en la evolución reciente del combinado: el grupo ha mostrado capacidad para jugar de igual a igual ante equipos de primera línea. El salto no consiste solamente en reunir talento individual, históricamente abundante en el baloncesto dominicano, sino en convertirlo en una estructura capaz de competir con orden, carácter y respuestas tácticas.

La confianza como resultado del trabajo

La transformación que describe el técnico argentino se apoya en un proceso de siete años vinculado al país y en una relación directa con el plantel. García define ese vínculo como el de “un padre con sus hijos”, una expresión que remite a cercanía y protección, pero que también explica una parte de la autoridad que necesita un equipo nacional. En selecciones con jugadores procedentes de ligas, culturas competitivas y jerarquías distintas, la confianza del vestuario no se obtiene solo con pizarras: se construye mediante comunicación constante y reglas compartidas.

Ese aspecto ayuda a entender por qué el entrenador coloca la disciplina al mismo nivel que el talento. Una selección puede reunir nombres de alto nivel, pero su rendimiento se vuelve irregular si cada concentración empieza desde cero. La continuidad de un cuerpo técnico, un lenguaje común y una relación sólida entre jugadores reducen ese riesgo. La profundidad de 25 jugadores mencionada por García adquiere entonces valor estratégico: no se trata únicamente de tener sustitutos, sino de disponer de atletas que comprendan el sistema y asuman responsabilidades sin romper la cohesión del grupo.

El respaldo popular también pesa en la cancha

Para García, los jugadores son conscientes de que detrás de cada partido hay 11 millones de dominicanos atentos al resultado. Esa presión puede ser una carga, pero el técnico la presenta como fuente de impulso. La selección se ha convertido en uno de los espacios donde la afición reconoce una representación nacional competitiva y cercana. El seguimiento masivo fortalece el sentido de pertenencia de los jugadores, aunque también eleva la obligación de evitar que la emoción colectiva derive en complacencia antes de asegurar la clasificación.

La popularidad de García forma parte de esa conexión. El argentino asegura que recibe saludos y solicitudes de fotografías al caminar por las calles, una muestra de reconocimiento poco habitual para un entrenador extranjero. Su estilo expresivo, su permanencia y la identificación con la causa deportiva dominicana han facilitado esa cercanía. No obstante, el afecto público tiene una base concreta: se alimenta de resultados, de una selección reconocible y de la percepción de que el equipo compite con dignidad ante rivales de mayor tradición.

Una identidad que trasciende el torneo

El técnico ha dicho que nunca imaginó trabajar en República Dominicana, aunque conocía el talento de sus jugadores por referencias de su mentor, Julio Toro. Con el tiempo, esa oportunidad derivó en una relación más profunda con el país. García menciona entre sus costumbres favoritas el chicharrón, el sancocho y las tardes bajo un árbol tomando fresco; incluso ha expresado su deseo de terminar sus días en territorio dominicano. Más allá de la anécdota, esa apropiación cultural refuerza la credibilidad de un entrenador que no habla de la selección como un empleo pasajero.

La verdadera medida de este ciclo llegará en las ventanas restantes y, eventualmente, en la cita mundialista. Pero el proceso ya deja una señal relevante: República Dominicana ha ampliado su capacidad para competir y ha consolidado una identidad que no depende de un solo jugador ni de una noche inspirada. Mantener ese estándar requerirá planificación, disponibilidad de talento y disciplina. Si esos elementos se sostienen, la clasificación será menos un punto de llegada que la confirmación de que el baloncesto dominicano ocupa un lugar estable en la conversación internacional.

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