Ezequiel Ávila, conocido como Chimy, abandonó el Betis tras la activación de una cláusula contractual que permitió al club terminar su vínculo con una indemnización de 50.000 euros. La decisión, planificada desde el mercado de invierno anterior, sorprendió al delantero argentino de 32 años, quien había rechazado ofertas para salir de Sevilla y manifestado su deseo de cumplir el contrato hasta el final.

En el podcast Referentes, Ávila describió el deporte como “un tráfico humano legalizado”, donde el jugador genera ingresos solo mientras produce resultados. Una vez que deja de rendir, pasa a ser “una máquina vieja” que debe ser reemplazada. Esta visión refleja un desequilibrio estructural: los clubes controlan las salidas unilaterales mientras los futbolistas enfrentan trayectorias cortas y dependientes del rendimiento inmediato.
El rosarino, con pasado humilde, también señaló que ya disputó “el partido más importante” de su vida al superar las dificultades del barrio. En dos años y medio en el Betis disputó 68 partidos, marcó ocho goles y dio cinco asistencias, siempre en un rol secundario bajo la dirección de Pellegrini. Su caso ilustra cómo la lealtad contractual choca con la lógica comercial de los equipos.
