Felipe Contepomi dejó una señal nítida tras la última ventana internacional: para Los Pumas, el mejor momento del ciclo todavía está lejos. A partir de la derrota ante Sudáfrica y de la discusión pública que generó la sanción a Tomás Albornoz, el entrenador argentino planteó que el equipo todavía tiene margen amplio de crecimiento, con 14 meses por delante para la Copa del Mundo y seis partidos más en esta temporada para seguir ajustando su rendimiento.
La lectura del entrenador coincide con una idea conocida en el rugby de alto nivel: el pico de funcionamiento de un seleccionado no suele aparecer de manera lineal ni mucho menos un año antes de un Mundial. Esa lógica, desarrollada en distintos procesos por técnicos como Eddie Jones, se apoya en ciclos con avances, mesetas y retrocesos. En ese marco, Contepomi parece asumir que lo visto hasta ahora no debe confundirse con el techo del equipo, sino con una fase todavía incompleta de construcción.

El partido ante Sudáfrica ofreció algunos indicadores concretos de progreso. Los Pumas sostuvieron mejor la disciplina defensiva, evitaron desordenarse ante una de las ofensivas más exigentes del rugby actual y lograron reducir el daño en su propio campo. De las ocho entradas sudafricanas en los 22 metros argentinos, los campeones del mundo solo concretaron dos tries; el otro aporte al marcador fue un penal de Sacha Feinberg-Mngomezulu desde una posición exigente. En varios pasajes, el equipo argentino consiguió frenar la secuencia de presión, uno de los rasgos más difíciles de neutralizar frente a los Springboks.
La comparación con el rival también ayuda a dimensionar el punto. Sudáfrica atacó más y tuvo más posesión, pero no logró desordenar con continuidad a la defensa argentina, ni con el juego de sus backs, ni con la potencia de los forwards, ni con el uso del pie. El intento argentino de sacar la pelota de contacto y descargar sobre marcas tuvo momentos productivos, incluido el try de Pedro Rubiolo, aunque se fue diluyendo cuando la posesión se volvió escasa. En un test match dominado por la presión rival, la capacidad de elegir cómo jugar se reduce y, con ella, también las alternativas para sostener el control del partido.
Ese es, en esencia, el debate de fondo que atraviesa a este proceso. Los Pumas no se juegan solo en el resultado inmediato, sino en dos variables de largo alcance: la eficacia en ataque y la capacidad de impedir que el adversario ingrese y sume en la zona decisiva. Bajo esa lógica, cada ingreso a los 22 metros adquiere un peso desproporcionado. Frente a Sudáfrica, Argentina convirtió en una de las tres ocasiones en que logró instalarse allí; la otra acción cercana pudo terminar en try de Santiago Moroni y cambiar por completo la historia del encuentro.
La referencia histórica también ofrece contexto. Sudáfrica atravesó en 2018 una etapa de resultados irregulares bajo Rassie Erasmus, con seis derrotas en 14 partidos, incluida la caída en Mendoza ante los Pumas, antes de consagrarse campeona del mundo un año después. Ese antecedente refuerza una idea que el rugby repite con frecuencia: un seleccionado puede estar lejos de su pico competitivo durante buena parte del proceso y, sin embargo, llegar al punto justo cuando importa. La cuestión no es acumular brillo prematuro, sino ordenar la evolución para que el equipo alcance su mejor versión en el calendario correcto.
Contepomi parece moverse sobre esa misma premisa. El desafío inmediato será sostener señales de mejora sin apresurar conclusiones, en un calendario que todavía ofrece margen para corregir detalles de obtención, disciplina, contacto y toma de decisiones. La primavera de 2027 aparece como la referencia implícita de todo el proceso: el momento en el que el entrenador espera que la historia que hoy se está escribiendo deje de ser una hipótesis de vestuario y se vuelva visible para todo el rugby argentino.
