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Controles antidopaje en el Tour revive fantasmas de 1998

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Noticias inesperadas que se producen en el Tour despiertan las neuronas de la memoria y sitúan a este periodista junto a un montón de colegas de varias nacionalidades frente a las comisarías policiales francesas en 1998. Fue el Tour más horroroso de la historia, el que ganó Marco Pantani, ‘El Pirata’, ídolo completo de los italianos que cayó en desgracia por culpa de las drogas y acabó muriendo en un hotel triste y viejo el día de los enamorados de 2004. Sólo tenía 34 años. Su madre se pasó una década tratando de ver un complot mafioso en la muerte de su hijo, pero nada extraño aparte de la cocaína se encontró como causa del fallecimiento.

El impacto de los controles nocturnos

Que el primero y el segundo de la general del Tour en la víspera de la 15a etapa sean despertados muy de madrugada para pasar un control antidopaje antes de una dura etapa de montaña se enmarca en la sospecha, lo que estaría justificado a todas luces, o se traslada a la exageración máxima y a pensar siempre si estos mismos criterios se aplicarían a otros deportes. Y si encima empieza a enturbiar el día al que iba segundo, que se cae y abandona, pues entonces cabe pensar que no tenía mucho sentido el examen nocturno.

El ciclismo tocó fondo hace 28 años. Fue un Tour para olvidar con textos que alertaban que no sólo desaparecía la ronda francesa, sino el ciclismo en general. Se cerraron las puertas de muchos patrocinios, nadie quiso durante un montón de tiempo invertir en un deporte al que costó concienciar que las pastillas sólo eran aceptables para recuperarse de una dolencia o enfermedad crónica, que algún ciclista la tiene, y no para mejorar el rendimiento.

Investigaciones posteriores y la Operación Puerto

En Tours posteriores cuando el acoso todavía no estaba alineado a ciertas prácticas periodísticas, llegaron informadores, ajenos al mundo del ciclismo, que perseguían a los auxiliares de los equipos siguiéndolos hasta los contenedores para ver los desperdicios que arrojaban en la basura. Como si fueran hambrientos jabalíes abrían las bolsas a la busca y captura de inyectables, bolsas de sangre y todo lo que fuera sospechoso de dopaje. Nada encontraron, porque, aunque las trampas prosiguieron unos años más, no eran tan tontos de tirar al contenedor cercano a su hotel un elemento dopante como si fuera una manzana podrida.

La salida del Tour 2006 fue otro drama. Se produjo semanas después de la intervención de la UCO, ahora más atareada en otras temáticas, que supuso la detención principal de Eufemiano Fuentes, médico canario que tenía una nómina de clientes famosos tan larga como la de los defraudadores de Hacienda. Siempre quedó la duda de si sólo trataba a ciclistas o a otros deportistas. Pero el ciclismo poco pudo que justificar ante la evidencia clara de dopaje por parte de un gurú que ahora ya está jubilado.

La sombra de Lance Armstrong

Por si fuera poco, el azote continuó con la condena a perpetuidad de Lance Armstrong que lo había sido todo durante siete años en el Tour. Fue un dominio aplastante. Durante aquella época ya se sabía el nombre del ganador y sólo faltaba apostar por los dos compañeros de podio en París, casi siempre Jan Ullrich y luego alguna cara nueva. El dopaje es un tema cansino y siempre, por las secuelas del pasado, los que más destacan se tienen que justificar más que los que ruedan más tranquilos.

El Tour, y el resto de grandes eventos ciclistas en todo el calendario, tanto masculino como femenino, hace años que ruedan tranquilos en el aspecto de trampas más allá de alguna jugarreta que se hace en carreta, pero sin que los periodistas tengan que anotar cada día el nombre de los designados para pasar el habitual control antidopaje después de cada etapa. En los malditos tiempos pretéritos era una norma apuntar a los ciclistas para saber, una vez publicado un caso de dopaje, cuándo y dónde había dado positivo el afectado.

Lecciones del pasado y el presente del deporte

Luego había que estar todo el invierno pendiente de si se tenía que modificar la clasificación general en los puestos de honor. Por eso, cuando un control antidopaje vuelve a ser noticia afloran en la memoria malos recuerdos que sólo sirven para escribir que cualquier tiempo pasado, al menos en el Tour, no fue mejor que el actual. Los protocolos actuales exigen mayor transparencia y coordinación entre la UCI y las autoridades nacionales, lo que reduce el margen de error en la aplicación de pruebas. Sin embargo, la percepción pública sigue marcada por aquellos escándalos que obligaron a una reforma estructural del deporte.

Las generaciones más jóvenes de ciclistas desconocen en muchos casos los detalles de aquella época, pero los veteranos del periodismo recuerdan cómo se perdió la confianza de patrocinadores durante más de una década. Hoy los equipos invierten en programas de educación y en laboratorios certificados que garantizan trazabilidad completa de los tratamientos médicos. Esta evolución permite que el foco vuelva a centrarse en el rendimiento deportivo sin la constante sombra de la sospecha.

Los controles siguen siendo necesarios para mantener la integridad de la competición, pero su ejecución debe equilibrarse con el respeto a los ritmos de recuperación de los atletas antes de etapas decisivas. La historia demuestra que los excesos en cualquier dirección generan consecuencias negativas tanto para los corredores como para la credibilidad de la prueba.

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