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Cruz Azul ante el espejo de sus decisiones técnicas

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Cruz Azul atraviesa una etapa que, vista desde los resultados, debería invitar a la celebración y no a la sospecha. La institución volvió a conquistar la Concachampions, levantó el título de la Liga MX y añadió el Campeón de Campeones a una temporada de evidente protagonismo. La Máquina dejó atrás varios años marcados por la inestabilidad, los cambios constantes y la dificultad para convertir buenas campañas en trofeos. Sin embargo, precisamente el éxito reciente abrió una discusión incómoda: ¿qué parte de esos campeonatos corresponde al proyecto diseñado por Iván Alonso y qué parte a decisiones tomadas fuera de su estructura?

La pregunta surgió en Fox Sports Radio después de la primera derrota de Cruz Azul bajo la conducción de Joel Huiqui, resultado que puso fin a una racha de diez partidos invicto. El tropiezo, aislado en términos deportivos, fue utilizado como punto de partida para revisar la relación entre los entrenadores elegidos por Alonso y los técnicos que finalmente llevaron títulos a las vitrinas. Fabián Estay, Óscar Guzmán, Nacho Hierro y Carlos Velasco trasladaron la conversación desde el resultado puntual hacia un asunto de mayor alcance: la autoridad real del director deportivo dentro de la construcción del equipo.

El origen de una estructura que volvió a competir

Iván Alonso llegó a La Noria a comienzos de 2024 con la tarea de ordenar un proyecto deportivo que necesitaba recuperar identidad. Su apuesta inicial fue Martín Anselmi, un entrenador que propuso un futbol intenso, asociativo y reconocible. Bajo esa conducción, Cruz Azul recuperó protagonismo, conectó de nuevo con su afición y alcanzó un nivel competitivo que contrastó con la irregularidad de temporadas anteriores. El Apertura 2024, con un registro histórico de puntos, confirmó que la institución había encontrado una fórmula futbolística capaz de competir de manera sostenida.

El problema es que el fútbol profesional no mide los procesos únicamente por su estética o por la regularidad de las fases regulares. Anselmi mejoró el funcionamiento colectivo, pero no consiguió ganar un título antes de su salida intempestiva. Esa diferencia entre jugar bien y coronarse se volvió decisiva cuando el club tuvo que evaluar su continuidad. Para Alonso, el desafío consistía en proteger una idea; para la directiva, también estaba en juego la necesidad de transformar el dominio territorial y los buenos números en campeonatos concretos.

Después de Anselmi, Alonso eligió a Nicolás Larcamón para prolongar la línea de trabajo. El argentino mantuvo a Cruz Azul en los primeros lugares y entregó cifras positivas, pero su ciclo terminó antes de la liguilla del Clausura 2026, cuando el equipo todavía tenía objetivos relevantes por disputar. La decisión generó sorpresa porque no se produjo después de una crisis prolongada ni de una eliminación contundente. El mensaje implícito fue que, para la dirigencia, la confianza en el proyecto podía romperse incluso cuando el rendimiento seguía siendo competitivo.

La comparación se volvió más compleja con Vicente Sánchez. El uruguayo asumió después de la salida de Anselmi y condujo al equipo hasta la conquista de la Concachampions 2025. En términos estrictamente deportivos, su gestión produjo un título internacional; aun así, la directiva decidió no darle continuidad. Más tarde, Joel Huiqui tomó el cargo en la recta final del Clausura 2026 y completó una secuencia improbable: ganó la Liga MX y posteriormente el Campeón de Campeones.

La paradoja de los campeones que no fueron elegidos

La observación de Estay —“los campeones de Cruz Azul, los DT, los ha puesto el presidente”— apunta a una tensión institucional más importante que la discusión sobre nombres. Alonso eligió a Anselmi y Larcamón, los entrenadores que devolvieron al club una identidad competitiva; pero los títulos recientes llegaron con Sánchez y Huiqui, técnicos que asumieron en circunstancias distintas y que, según el debate televisivo, no fueron incorporados directamente por el director deportivo.

La paradoja no invalida el trabajo de Alonso. Un director deportivo no se limita a contratar al entrenador. También participa en la conformación del plantel, en la planificación de fichajes, en la estructura de rendimiento, en la metodología de trabajo y en la creación de condiciones para que un equipo compita. Si Cruz Azul volvió a ganar después de una prolongada sequía, sería reduccionista atribuir ese éxito exclusivamente al técnico que dirigió la final. El desempeño de un entrenador interino suele apoyarse en una plantilla construida durante meses y en una cultura competitiva que alguien tuvo que organizar.

Pero la otra parte del argumento tampoco puede ignorarse. La selección del entrenador es una de las decisiones más visibles y más determinantes de cualquier proyecto. Marca el modelo de juego, define la relación con el vestuario y establece quién tendrá autoridad para tomar decisiones durante las crisis. Cuando los técnicos elegidos por un director deportivo no son los que levantan los trofeos, aparece una pregunta legítima sobre la distribución de responsabilidades: si los éxitos se atribuyen a la conducción presidencial y los fracasos a la planeación deportiva, la estructura pierde claridad.

En el caso de Cruz Azul, esa ambigüedad se hace más sensible porque los cambios no respondieron siempre al mismo patrón. Anselmi representó una ruptura futbolística y logró que el club volviera a ser reconocible. Larcamón sostuvo la competitividad, pero no completó su ciclo. Sánchez obtuvo un título internacional y no permaneció. Huiqui, inicialmente asociado con una solución de emergencia, terminó conquistando dos trofeos. Las trayectorias muestran que el contexto de llegada no determina por sí solo el desenlace; también influye la oportunidad, la gestión del vestuario, la respuesta de los jugadores y el margen de decisión que recibe cada técnico.

El poder presidencial y el riesgo de la doble conducción

La discusión de Fox Sports también coloca bajo la lupa el papel de Víctor Velázquez. Si el presidente interviene directamente en la elección de entrenadores, como sugirió Estay, Cruz Azul enfrenta el desafío de delimitar funciones. En los clubes modernos, la convivencia entre la propiedad, la presidencia y la dirección deportiva exige reglas claras. El presidente puede fijar objetivos institucionales y aprobar decisiones estratégicas, pero la evaluación del modelo futbolístico debería recaer en profesionales con una visión de mediano plazo.

Cuando esa frontera se vuelve difusa, cada resultado puede modificar el centro de poder. Una derrota como la sufrida ante Huiqui puede activar cuestionamientos al técnico, aunque el equipo haya acumulado diez partidos sin perder. Una racha positiva, por el contrario, puede reforzar una solución provisional sin que exista una evaluación completa de sus capacidades para sostener el proyecto durante una temporada entera. El riesgo no está en que el presidente participe; está en que las decisiones parezcan depender de impulsos, percepciones externas o resultados inmediatos.

El historial reciente de Cruz Azul muestra por qué la continuidad necesita criterios públicos y verificables. Si un entrenador es removido pese a mantener al equipo en puestos competitivos, la institución debería explicar si la causa fue táctica, disciplinaria, económica o relacionada con la relación interna. De lo contrario, el vestuario recibe señales contradictorias: el rendimiento puede ser suficiente para competir, pero no necesariamente para conservar el empleo; ganar un título puede no garantizar continuidad; y una derrota puede reabrir debates que parecían cerrados.

Lo que está en juego después de la celebración

La primera consecuencia de esta controversia será probablemente interna. Alonso deberá demostrar que su influencia no depende únicamente de los entrenadores que contrata, sino de la capacidad para sostener una política deportiva coherente. Para lograrlo, Cruz Azul tendrá que definir qué espera de Huiqui: si se trata de un conductor de transición que aprovechó una coyuntura favorable o de la figura destinada a consolidar el siguiente ciclo. La respuesta determinará la planificación de la plantilla, los fichajes y la gestión de los jugadores que no encajen en el modelo.

También estará en juego la credibilidad del club frente al mercado. Los entrenadores y futbolistas evalúan algo más que el salario cuando consideran una oferta: observan quién toma las decisiones, cuánto tiempo suele durar un proyecto y qué margen de autonomía existe. Un club que gana títulos pero cambia de rumbo con frecuencia puede atraer talento por su presupuesto, aunque tendrá más dificultades para convencer a profesionales que buscan desarrollar un proceso estable. La reputación institucional se construye tanto con trofeos como con consistencia.

Para el fútbol mexicano, el caso ofrece una discusión de fondo sobre la profesionalización de las áreas deportivas. La Liga MX ha incorporado directores deportivos y estructuras de análisis, pero todavía conviven modelos muy distintos: algunos clubes concentran el poder en la presidencia, otros lo delegan en ejecutivos especializados y varios operan mediante acuerdos informales. Cruz Azul puede convertirse en un ejemplo de madurez administrativa si aprovecha el debate para establecer responsabilidades precisas, métricas de evaluación y procedimientos de sucesión.

Hay, además, una dimensión social que no debe subestimarse. La afición de Cruz Azul conoce el costo emocional de las promesas incumplidas y de los proyectos interrumpidos. El regreso de los títulos renovó la confianza, pero esa confianza puede deteriorarse si la institución comunica sus decisiones de manera confusa. Los seguidores no exigen que cada apuesta sea exitosa; esperan entender por qué se toma y cuál es el plan si no funciona. En un club con una historia de sequías y frustraciones, la transparencia se vuelve parte del rendimiento.

La prueba definitiva será sostener el modelo

La derrota ante Huiqui no debería convertir una racha negativa en una crisis automática, del mismo modo que los campeonatos no deberían cerrar cualquier debate sobre la estructura. La verdadera evaluación comenzará cuando Cruz Azul enfrente lesiones, bajas de rendimiento, presión internacional y la obligación de defender sus títulos. Ese escenario revelará si el equipo posee una identidad que trasciende al entrenador de turno o si sus éxitos dependieron de una combinación irrepetible de plantel, confianza y contexto.

La gestión de Iván Alonso merece ser valorada con una perspectiva completa: bajo su llegada, Cruz Azul volvió a competir, recuperó una idea de juego y construyó una base que terminó siendo campeona. Al mismo tiempo, la crítica sobre los técnicos que eligió contiene una advertencia válida. Un proyecto sólido necesita que la autoridad, la responsabilidad y el mérito estén alineados. Si el club consigue integrar la visión de Alonso con la experiencia ganadora de Sánchez y Huiqui, la controversia puede servir para fortalecerlo. Si continúa alternando decisiones sin explicar el criterio, incluso una etapa de títulos corre el riesgo de convertirse en otra sucesión de ciclos inconclusos.

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