Tras la final en el MetLife Stadium, Roberto Ayala justificó su acción como un simple empujón motivado por una provocación y ofreció disculpas públicas. Dani Olmo rechaza esa versión: afirma que no recibió ninguna palabra que justificara el golpe y considera que el arrepentimiento expresado por el argentino carece de credibilidad al combinarse con excusas.

El análisis de Olmo apunta a una contradicción clara: quien admite un error pero lo atribuye a estímulos externos no demuestra verdadera asunción de responsabilidad. Este episodio revela tensiones residuales entre selecciones y subraya la importancia de que miembros del cuerpo técnico mantengan control emocional incluso después del pitido final, más allá de las intenciones declaradas de pacificar el incidente.
La respuesta del jugador del Barcelona traslada el foco desde el hecho aislado hacia el valor de reconocer los errores sin adornos, un estándar que define el comportamiento profesional en el fútbol de élite.
