El amistoso del Luigi Ferraris dejó una lectura más útil que el marcador: el Deportivo no solo venció a un Genoa menor, sino que confirmó una idea de juego cada vez más reconocible. Antonio Hidalgo está construyendo un equipo que acepta partidos de dominio posicional, reduce el ruido en campo propio y asume que la victoria puede llegar por acumulación de orden, no por arrebato. Frente a un rival que ni siquiera logró rematar a puerta, el Dépor mostró una estructura competitiva que ya no depende de la inspiración aislada, sino de hábitos colectivos más estables.
La imagen de fondo es clara: una defensa blindada, una media con varios perfiles interiores y un uso funcional de los laterales para sostener la salida y la vigilancia. Esa elección tiene sentido en verano, cuando el técnico prioriza control y automatismos, pero también plantea una pregunta relevante para la temporada: ¿hasta qué punto puede un equipo crecer sin convertir esa seguridad en amenaza real? El partido ofreció una respuesta parcial. Control hubo de sobra; profundidad, bastante menos.

La apuesta de Hidalgo por un once más reconocible de inicio y otro más orgánico después de la hora de juego revela una intención táctica que trasciende el ensayo. El entrenador parece haber asumido que la versión más fiable del Deportivo pasa por un núcleo de jugadores capaces de sostener el ritmo y por un segundo tramo más abierto a la inercia de los suplentes. No es un matiz menor: en una plantilla con lesiones en banda y piezas aún en fase de ajuste, la gestión de la estructura importa casi tanto como la calidad individual.
Ahí aparece el primer gran hallazgo del verano. El equipo ha reforzado su coraza, pero corre el riesgo de quedar atrapado en un fútbol demasiado corto de metros y de agresividad ofensiva. Ese dilema no es exclusivo del Dépor; muchos equipos de mitad de tabla o de ascenso construyen primero desde la contención y después descubren que defender bien no garantiza producir ocasiones. En Segunda, según la lógica de las últimas temporadas, los equipos que más puntos convierten desde el empate son los que logran añadir ruptura por fuera o llegada desde segunda línea. Sin ese paso, el control se vuelve estéril.
La aparición de Mella cambió el tono del partido en apenas unos segundos. Su carrera por la derecha funcionó como un recordatorio de lo que este Deportivo necesita para no hacerse previsible: profundidad, amenaza y desorden útil. El valor de su irrupción no está solo en la ocasión que generó, sino en el efecto que produjo sobre el comportamiento del rival. Cuando un extremo obliga a estirar la última línea, el bloque contrario deja de sentirse cómodo, y esa simple variación abre espacios para el mediocampo. En un equipo tan inclinado al control, ese tipo de sacudida puede valer más que una posesión larga sin filo.
El caso de Mella también ofrece una lectura de club. Las lesiones en banda han empujado a Hidalgo a profundizar en una fórmula más centralizada, pero la cantera y los perfiles jóvenes siguen siendo la vía más directa para romper esa inercia. En términos competitivos, un jugador de desborde no solo aporta goles o asistencias: modifica el mapa mental del adversario. Eso explica por qué una plantilla que aspire a algo más que sobrevivir necesita, además de orden, dos o tres futbolistas capaces de alterar la geometría del partido sin aviso previo.
El estreno de Angeliño fue otro síntoma de moderación. Jugó una hora, más de lo previsto, y dejó la impresión de un lateral medido, casi tímido, que cumplió sin imponerse. Hay una lógica detrás de ese perfil: primero, devolverle ritmo; después, exigirle altura y amplitud sostenida. La competencia con Quagliata abre un escenario interesante, porque incluso la idea de un doble lateral sugiere que Hidalgo no piensa solo en sumar metros, sino en diseñar superioridades específicas. Para el Dépor, ese tipo de soluciones puede ser valioso ante rivales cerrados, pero también exige precisión extrema para no perder equilibrio en las transiciones.
En ese tablero, Kevin Sánchez y Eddahchouri representan dos apuestas distintas sobre el peso de los secundarios. Sánchez ha pasado de cesión discreta a actor relevante: forzó el empate en Florencia y dio el triunfo en Génova, dos intervenciones que no se explican por azar. Su movilidad y su desborde en banda encajan con un equipo que necesita abrir defensas sin abandonar la disciplina. Eddahchouri, en cambio, vive en una frontera más frágil. Su intervención en el 0-1 demuestra que siempre participa en algo, aunque no siempre de la manera ortodoxa que tranquiliza a un banquillo. Para un tercer delantero, esa ambigüedad puede ser virtud o sentencia; la pretemporada, en su caso, está funcionando como examen de permanencia.
La foto más humana del encuentro quizá sea la de Loureiro con la mano en el hombro de Mella mientras esperaba para entrar. No es un detalle sentimental, sino deportivo. Esa cercanía encaja con la idea que Hidalgo proyecta sobre él: un futbolista de confianza, útil en diferentes alturas del campo y capaz de asumir tareas de tercer central en repliegue cuando el partido lo pide. En un fútbol cada vez más mutante, ese tipo de piezas híbridas son las que sostienen un proyecto cuando faltan piezas fijas por lesión o por mercado. El Deportivo está reuniendo precisamente ese tipo de perfiles.
La discusión de fondo no es si este equipo compite bien en agosto, sino qué clase de equipo quiere ser cuando la temporada entre en su fase crítica. Hay dos caminos posibles. Uno consiste en consolidar un bloque sólido, poco expuesto y muy difícil de tumbar. El otro exige añadir verticalidad, más desborde y una mayor capacidad para convertir dominio en daño real. Los dos pueden convivir, pero no en la misma proporción todo el curso. Si el Dépor se queda solo en el primero, habrá noches de autoridad y demasiados empates grises. Si encuentra el segundo sin romper el primero, tendrá un techo mucho más alto.
El margen de mejora está ahí y, precisamente por eso, el mensaje del amistoso no debe exagerarse ni reducirse. La solidez ya no es una promesa: es un rasgo visible. La profundidad, en cambio, sigue siendo una deuda intermitente. Lo que ocurra en las próximas semanas dirá si Mella, Angeliño, Sánchez y Eddahchouri son piezas de una rotación útil o el inicio de una jerarquía más ambiciosa. El Dépor parece haber encontrado la estructura básica; ahora necesita demostrar que también sabe romper partidos sin renunciar a ella.
