Emiliano Martínez llegó al Mundial con una fractura en el dedo anular derecho que obligó a un tratamiento intensivo sin cirugía. El portero de Aston Villa entrenó semanas con yeso y una sola mano, reconociendo que llegó “muy jugado” al torneo. Esta decisión evitó riesgos mayores pero expuso la fragilidad física detrás de la figura clave del arco argentino.

A pesar de las molestias, Martínez fue titular en los tres partidos de fase de grupos. Usó una férula especial que inmoviliza el dedo, aunque admitió que le resulta incómoda y espera retirarla antes del cruce de octavos ante Cabo Verde. Su capacidad para limitar el impacto de la lesión en el rendimiento demuestra un control técnico notable, pero también plantea interrogantes sobre la duración de ese esfuerzo en etapas eliminatorias.
Riesgo calculado y apoyo colectivo
El arquero todavía no entrena a pleno con el grupo y realiza tareas específicas con el preparador de porteros. El respaldo de Lionel Scaloni, junto con Juan Musso y Gerónimo Rulli, resultó decisivo para mantener la confianza durante la recuperación. El uso de pelotas de vóley en los entrenamientos especiales ilustra cómo el cuerpo técnico adaptó las rutinas para proteger la mano lesionada sin sacrificar preparación.
Esta experiencia revela la presión que enfrentan los deportistas de élite para ocultar vulnerabilidades físicas hasta que el torneo avanza. En el caso de Martínez, la determinación de jugar con dolor se ha convertido en un factor adicional de tensión para el plantel argentino en la fase decisiva. El regreso a los entrenamientos tras el día libre marca el inicio de una nueva etapa donde la evolución de la lesión determinará su disponibilidad real.
