Edurne Pasaban, nacida en Tolosa en 1973 y primera mujer en completar los catorce ochomiles, recuerda sus comienzos como una experiencia casi irreconocible frente al alpinismo actual. En una entrevista con Sport, explica que su vínculo con la montaña nació en el País Vasco, donde sus padres la llevaron desde niña a caminar entre montes, aunque ninguno de ellos fuera alpinista.
A los 14 años comenzó a escalar en un club de montaña y progresó por los Pirineos, los Alpes y los Andes hasta llegar al Himalaya. Su ascensión al Everest, en 2001, confirmó una trayectoria construida cuando el alpinismo apenas tenía visibilidad y ser profesional de la montaña no se consideraba una opción laboral estable. Para Pasaban, el mayor logro no fue solo completar los 14 ochomiles, sino poder vivir de aquello que la apasionaba.

Una carrera marcada por la exigencia
Pasaban también tuvo que vencer una barrera menos visible: la desconfianza hacia las mujeres en las grandes expediciones. Cuando llegó a su primer ochomil, con 24 años, escuchó que cuestionaban quién la había llevado hasta allí, mientras sus compañeros varones no afrontaban el mismo escrutinio. Su éxito deportivo fue, por tanto, también una respuesta a un entorno que exigía demostrar constantemente su legitimidad.
Con ocho ochomiles conquistados, la presión social y la comparación con sus amigas, que formaban sus propias familias, provocaron una crisis que la llevó a pedir ayuda psicológica y psiquiátrica. Ese proceso de autoconocimiento resultó decisivo tanto para continuar como para afrontar después la retirada. La experiencia muestra que la resistencia mental, tan celebrada en el alpinismo, no consiste en soportarlo todo, sino en reconocer cuándo es necesario detenerse.
La alpinista admite que echa de menos la adrenalina, pero no idealiza las cumbres: el momento culminante dura apenas unos minutos y está dominado por los nervios. Ha perdido a catorce compañeros y sufrió la amputación de varios dedos de los pies. Por eso define el miedo como un aliado y sitúa la humildad en el centro de su aprendizaje: soñar en grande sin perder conciencia de los propios límites.
Después de años en Nepal, Pasaban orienta su legado hacia la educación infantil en zonas remotas del Himalaya mediante su fundación. Su nueva etapa traduce la experiencia acumulada en una forma distinta de compromiso: devolver a las comunidades de la montaña parte de lo que recibió.
