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El Athletic de Víctor Martín busca otra velocidad

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El Athletic Femenino afronta el tramo final de la pretemporada con una modificación que afecta a la identidad competitiva del equipo más que a su fotografía de plantilla. La llegada de Víctor Martín al banquillo, en sustitución de Javi Lerga, introduce una exigencia reconocible en las declaraciones de Irene Oguiza: más intensidad, más agresividad y, sobre todo, una intención vertical mucho más marcada. El nuevo técnico quiere que sus futbolistas ataquen los espacios a la espalda de la defensa y conviertan cada recuperación en una posibilidad de avanzar con rapidez.

El cambio llega en un momento de evaluación limitada, pero suficientemente revelador. El Athletic empató sin goles frente al Deportivo y el Logroño, perdió por 1-0 ante el Tenerife y solo encontró su primera victoria, además de sus primeros tantos, en la semifinal de la Euskal Herria Kopa contra el Alavés, resuelta por 3-0. El miércoles disputará la final ante la Real Sociedad en Irun y el domingo 30 de agosto debutará en la Liga F frente al Badalona Women, en Lezama. En apenas unos días, el cuerpo técnico deberá transformar indicaciones de entrenamiento en comportamientos estables de competición.

La pretemporada ya señala el principal dilema

Los resultados de preparación no permiten establecer conclusiones definitivas, pero sí dibujan una pregunta relevante: ¿puede el Athletic acelerar su juego sin perder los mecanismos que le han permitido competir históricamente? Los tres primeros encuentros dejaron un balance de cero goles a favor en dos empates y una derrota mínima. El 3-0 ante el Alavés corrigió parcialmente esa tendencia, aunque un solo partido no basta para demostrar que el equipo haya resuelto sus problemas de producción ofensiva.

La verticalidad no consiste simplemente en jugar deprisa. Exige que la primera pase después de recuperar el balón encuentre una línea de progresión, que las atacantes interpreten cuándo correr y cuándo fijar a las centrales, y que el equipo mantenga distancias suficientemente cortas para no quedar partido. Cuando esas condiciones no se cumplen, la aceleración se convierte en precipitación: pérdidas en zonas peligrosas, ataques demasiado cortos y una exposición innecesaria a las transiciones rivales.

La explicación de Oguiza resulta significativa porque procede de una futbolista con peso interno y conocimiento del club. La capitana no describe una revolución, sino un proceso de adaptación. Según su relato, el vestuario tuvo que explicar al nuevo entrenador cómo funciona normalmente el Athletic, mientras Martín trasladaba sus propios métodos de trabajo. Después de un mes de preparación, ambas partes han alcanzado acuerdos operativos. Esa frase revela una negociación cultural: el entrenador puede cambiar los ritmos y las prioridades, pero no parte de un grupo sin historia ni de una plantilla dispuesta a aceptar cualquier transformación.

El banquillo cambia antes que la plantilla

La otra clave del verano es la ausencia de grandes novedades en los fichajes. La modificación más visible se produce en el banquillo, no en el mercado. Esa circunstancia aumenta el valor estratégico del trabajo de Martín, pero también limita su margen de maniobra. Si la plantilla conserva una estructura similar, el nuevo modelo tendrá que construirse con las capacidades existentes: las velocidades de las extremos, la lectura de las centrocampistas, la precisión de las primeras pases y la disponibilidad física de las laterales.

Este contexto puede favorecer una transición más ordenada. Un entrenador que recibe una base conocida tiene más posibilidades de identificar rápidamente los automatismos útiles y corregir los hábitos que considere insuficientes. También puede aprovechar la continuidad para instalar principios sin cargar el proceso con demasiadas incorporaciones. Sin embargo, la falta de refuerzos puede convertirse en una restricción si el plan vertical exige perfiles que la plantilla no posee en número suficiente. La estrategia necesita jugadoras capaces de atacar espacios, pero también centrales preparadas para defender muchos metros y mediocampistas capaces de filtrar pases bajo presión.

La continuidad institucional del Athletic añade otra dimensión. En un club que sostiene una identidad deportiva muy definida, el entrenador no opera únicamente con criterios de rendimiento inmediato. Debe integrar exigencia competitiva, formación, pertenencia y una relación estrecha con el entorno. La verticalidad puede ser compatible con esa identidad, pero no si se entiende como una renuncia a la posesión responsable o al control territorial. La cuestión no es si el equipo jugará más rápido en términos absolutos, sino si sabrá elegir mejor los momentos para hacerlo.

Primera idea: correr puede ser una herramienta de control

La interpretación más interesante del nuevo proyecto es que un fútbol más vertical no tiene por qué ser menos elaborado. En el fútbol femenino de alto nivel, muchas ventajas aparecen cuando un equipo recupera con sus líneas juntas y ataca antes de que la rival reorganice su bloque. La velocidad, en ese caso, no es una negación del control, sino una forma distinta de ejercerlo: el Athletic controla el partido al decidir dónde y cuándo se producen las transiciones.

El 3-0 contra el Alavés encaja parcialmente con esa lógica. La primera victoria de la preparación no prueba por sí misma la consolidación del modelo, pero sí ofrece un indicio práctico: cuando el equipo encuentra vías para traducir intensidad en ocasiones, el resultado puede cambiar con rapidez. La diferencia entre los tres partidos iniciales y la semifinal no debe leerse como una tendencia matemática, aunque sí como una señal de que el grupo empieza a conectar presión, recuperación y llegada.

La prueba real llegará contra rivales capaces de negar espacios. Ante un bloque bajo, correr a la espalda será más difícil y el equipo tendrá que generar ventajas mediante circulación, cambios de orientación y movimientos entre líneas. Si la propuesta depende únicamente de encontrar metros detrás de la defensa, será previsible. Si la verticalidad funciona como una prioridad dentro de un repertorio más amplio, puede elevar la amenaza ofensiva sin reducir la capacidad de adaptación.

La capitana como puente entre dos culturas

La renovación de Oguiza hasta 2029 aporta estabilidad a este proceso. A sus 26 años, la centrocampista se encuentra en una etapa de madurez deportiva y seguirá vinculada al club durante un periodo que permite construir alrededor de referencias internas. Su deseo de terminar la carrera como zurigorri y convertirse en una “One Club Woman” expresa una relación emocional con la institución, pero también tiene consecuencias deportivas: las jugadoras con recorrido pueden actuar como traductoras de los cambios para un vestuario en transformación.

Ese papel no está exento de tensión. Una capitana debe respaldar al entrenador, pero también transmitir las dudas del grupo; debe defender la identidad del club y aceptar que esa identidad puede evolucionar. Cuando Oguiza habla de acuerdos entre el cuerpo técnico y las futbolistas, está describiendo un modelo de adaptación que reduce el riesgo de ruptura. El entrenador marca la dirección, pero el vestuario participa en la manera de incorporarla. La eficacia de esa relación se medirá cuando lleguen los malos resultados, no durante una pretemporada en la que el margen de error todavía es amplio.

Para las jugadoras jóvenes, el cambio puede abrir oportunidades. Un sistema que busca atacar espacios necesita movimientos agresivos y capacidad para asumir riesgos, cualidades que pueden favorecer a futbolistas en crecimiento. Pero también puede penalizar errores de lectura. La intensidad debe acompañarse de criterios claros: cuándo saltar a la presión, qué distancia mantener, quién cubre la espalda y cómo se reacciona tras una pérdida. Sin esa pedagogía, la exigencia puede confundirse con una acumulación de esfuerzos.

Real Sociedad y Badalona: dos exámenes distintos

La final de la Euskal Herria Kopa ante la Real Sociedad ofrece un examen de proximidad y de identidad. Más allá del trofeo, un derbi permite observar si el Athletic puede imponer su nuevo ritmo frente a una rival familiar, con referencias compartidas y poco espacio para la sorpresa. La Real sabrá que la primera salida del balón será un objetivo prioritario y probablemente exigirá al Athletic demostrar que puede atacar sin exponerse de manera desordenada.

El debut liguero ante el Badalona Women tendrá otra naturaleza. El primer partido oficial obligará a gestionar presión, expectativas y puntos en juego. La prioridad no será únicamente confirmar que el equipo corre más, sino comprobar que puede sostener el plan durante noventa minutos. En una temporada larga, la intensidad tiene un coste físico. Una presión agresiva que funciona en agosto puede perder eficacia si no se administra la carga o si las lesiones reducen las alternativas del banquillo.

También habrá que observar la respuesta ante los distintos escenarios del marcador. Un Athletic vertical que se adelanta tendrá que saber proteger la ventaja sin renunciar a su identidad. Si encaja primero, necesitará atacar con urgencia sin caer en el intercambio de golpes. Esos momentos ofrecerán información más fiable que los amistosos: mostrarán si las consignas de Martín son principios de juego o simplemente una reacción lógica de la pretemporada.

El impacto excede la pizarra del Athletic

La evolución del Athletic interesa a un ecosistema más amplio. La Liga F continúa consolidando su profesionalización y cada equipo compite por mejorar su rendimiento, atraer público y sostener proyectos deportivos reconocibles. Una propuesta más agresiva por parte de un club histórico puede elevar la exigencia de los partidos y presionar a otros cuerpos técnicos a desarrollar respuestas específicas. La competencia no se limita a los puntos: también se disputa la capacidad de ofrecer un producto atractivo y técnicamente identificable.

Para las aficionadas, la verticalidad puede traducirse en partidos con más llegadas y una conexión emocional inmediata. Pero el espectáculo no debe medirse únicamente por el número de ocasiones. Una presión mal coordinada produce encuentros abiertos, sí, aunque también puede deteriorar la calidad colectiva. La audiencia más exigente distingue entre ritmo y caos. El Athletic tendrá que demostrar que su apuesta genera ocasiones desde comportamientos entrenados, no desde la improvisación.

Desde la perspectiva de la cantera, el nuevo modelo puede convertirse en una ventaja si se incorpora de forma coherente a las categorías inferiores. Enseñar a reconocer espacios, orientar el cuerpo para jugar hacia delante y reaccionar tras pérdida facilita la transición de las jóvenes al primer equipo. El riesgo aparece cuando el primer equipo exige una velocidad de ejecución que no está respaldada por una base formativa suficiente. La continuidad de Oguiza y de otras referentes puede ayudar a amortiguar esa brecha, pero la transformación sostenible exige trabajo en toda la estructura.

La apuesta tiene tres riesgos concretos

El primero es táctico. Si las rivales identifican que el Athletic busca sistemáticamente el pase profundo, pueden hundir su defensa y obligarle a atacar en espacios reducidos. En ese escenario, las centrocampistas deberán ofrecer soluciones distintas y las laterales tendrán que aportar amplitud. El modelo será vulnerable si la circulación horizontal se considera una pérdida de tiempo en lugar de una fase necesaria para abrir el bloque contrario.

El segundo riesgo es físico. Intensidad y agresividad requieren esfuerzos repetidos de alta velocidad, especialmente para las futbolistas encargadas de presionar y romper al espacio. La acumulación de partidos, entrenamientos y viajes puede afectar al rendimiento y aumentar la probabilidad de lesiones. La gestión de cargas, la rotación y la profundidad real de la plantilla serán tan importantes como las instrucciones del entrenador.

El tercero es cultural. Una transición mal comunicada puede generar la impresión de que el club debe abandonar sus rasgos tradicionales para modernizarse. Esa oposición es falsa, pero puede aparecer en el debate público si los resultados no acompañan. Martín necesitará explicar qué elementos son innegociables y cuáles pueden cambiar. El vestuario, por su parte, tendrá que asumir que la experiencia acumulada no garantiza el éxito de un modelo nuevo.

Qué puede cambiar hasta el invierno

La primera fotografía fiable del proyecto debería llegar entre octubre y diciembre, cuando el Athletic haya enfrentado distintos estilos y la novedad del entrenador haya dejado de ser un factor sorpresa. Para entonces será posible evaluar tres indicadores: la cantidad y calidad de ocasiones generadas tras recuperación, la capacidad para defender las pérdidas cuando el equipo ataca con muchas jugadoras y la respuesta ante rivales que conceden pocos espacios.

Si esos indicadores mejoran, el club podría consolidar una identidad más agresiva sin necesidad de una remodelación profunda. La continuidad contractual de Oguiza hasta 2029 facilitaría ese proceso y ofrecería liderazgo en el campo. Si, por el contrario, el Athletic produce más transiciones pero no aumenta su eficacia, el debate se desplazará hacia la planificación de la plantilla. La falta de fichajes dejaría de ser una señal de estabilidad para convertirse en una posible limitación competitiva.

El primer objetivo de Víctor Martín no debería ser que el Athletic parezca un equipo completamente distinto, sino que sea más reconocible en sus decisiones. Atacar los espacios cuando existen, conservar la pelota cuando no aparecen y presionar con una estructura que permita volver a defender son las tres condiciones que determinarán el éxito de su idea. La Euskal Herria Kopa y el estreno ante el Badalona Women abrirán el escaparate, pero la verdadera evaluación se prolongará durante toda la temporada.

En ese proceso, la frase de Irene Oguiza funciona como una síntesis precisa: el Athletic está aprendiendo una nueva manera de acelerar sin dejar de ser el Athletic. El resultado dependerá de que la verticalidad se convierta en una herramienta colectiva, no en una consigna aislada. El margen de adaptación existe, pero también la obligación de demostrar que el cambio de banquillo puede producir una mejora medible en el juego y no solo una nueva descripción del proyecto.

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