En los pasillos de la sede de la FIFA en Zúrich, la estrategia parecía imbatible. Gianni Infantino impulsó la creación de FIFA Forward Enterprise para vender un 20 por ciento de los derechos comerciales del Mundial. El objetivo consistía en inyectar capital fresco mediante una operación que, según cálculos internos, reportaría más de 40 millones de dólares a cada una de las 211 federaciones miembro. La votación en la Asamblea General se presentaba como un trámite sencillo gracias al principio de un país, un voto.
La propuesta se diseñó para neutralizar la resistencia europea. Las federaciones de África, Oceanía y el Caribe, con presupuestos limitados, recibieron la oferta como una oportunidad de financiar proyectos durante un ciclo olímpico completo. Infantino confiaba en que la mayoría cualificada se alcanzaría sin necesidad de grandes debates éticos sobre la mercantilización del torneo.

La respuesta de la UEFA
Aleksander Ceferin y los dirigentes de las 55 federaciones europeas no respondieron con una contraoferta económica. En una reunión cerrada, acordaron suspender toda participación en competiciones de la FIFA si el plan prosperaba. La medida convertía el proyecto en un torneo sin España, Francia, Inglaterra ni Alemania, es decir, sin las selecciones que generan el grueso del interés mediático y de los contratos televisivos.
La amenaza surtió efecto inmediato en los mercados. Analistas de Thrive Capital y banqueros de JP Morgan evaluaron que la participación minoritaria perdería valor competitivo y enfrentaría litigios prolongados. Los patrocinadores globales y las plataformas de televisión miden el atractivo por la presencia de las principales estrellas, no por el peso institucional de las federaciones pequeñas.
Reacción en otras confederaciones
Los dirigentes de Concacaf y de la Confederación Asiática comenzaron a retirar apoyos una vez percibieron el riesgo de un Mundial devaluado. Los contratos televisivos vigentes podrían rescindirse si el producto perdía calidad. La chequera de la FIFA, habitualmente eficaz para resolver disputas internas, encontró un límite ante la perspectiva de un apagón mediático.
Infantino optó por retirar la propuesta antes de someterla a votación. La decisión evitó una confrontación abierta que habría dividido al fútbol mundial en dos bloques enfrentados. España y Portugal, por su parte, condicionaron su candidatura al Mundial 2030 a la retirada definitiva del plan privatizador.
Consecuencias para el modelo de gobernanza
El episodio revela que el poder en el fútbol sigue residiendo en quienes controlan el espectáculo deportivo y los ingresos que genera. Las federaciones pequeñas mantienen igualdad de voto en el congreso, pero los grandes mercados y las estrellas determinan el valor económico del torneo. La jugada de Infantino subestimó esa realidad del mercado.
El repliegue de la FIFA deja abierta la cuestión sobre futuras reformas estructurales. Cualquier intento de incorporar capital privado requerirá ahora un consenso más amplio que incluya a las confederaciones europeas. El equilibrio entre desarrollo global y control comercial permanece sujeto a negociaciones complejas en los próximos años.
La crisis también expone las tensiones entre el modelo asociativo tradicional y las presiones de inversores institucionales. Wall Street mostró interés en el activo mientras este conservara su atractivo mediático; al perderlo, el interés se disipó rápidamente. Infantino evitó así una votación que habría desencadenado la mayor fractura interna en la historia reciente del organismo.
