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El Covirán Granada convierte el físico en identidad competitiva

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El Covirán Granada afronta su regreso a la segunda categoría del baloncesto español con una plantilla diseñada alrededor de una idea reconocible: aumentar el peso físico del equipo para competir en un escenario distinto al de la Liga Endesa. El club cerró su roster el 7 de julio, varias semanas antes del inicio de los entrenamientos, y comenzará a trabajar el próximo jueves con todos sus jugadores disponibles. La rapidez de la planificación contrasta con la incertidumbre que suele acompañar a los equipos recién descendidos y revela una decisión estratégica: convertir la pérdida de categoría en una oportunidad para redefinir su modelo competitivo.

La nueva plantilla combina experiencia, tamaño y capacidad atlética. Hasta ocho jugadores tienen 30 años o más y la mitad del plantel alcanza o supera los dos metros de altura. Andy Van Vliet, última incorporación, lidera el grupo con 2,13 metros; Abdou Thiam mide 2,11, Mus Barro 2,08, Fallou Niang 2,02, Tannert McGrew 2,03 y Pere Tomàs exactamente 2,00. A esa estructura se suma Mathieu Kamba, de 1,96 metros, cuya explosividad puede tener un impacto superior al que su estatura sugiere.

El descenso aceleró una planificación que antes parecía imposible

El descenso desde la Liga Endesa, prácticamente asumido desde diciembre, tuvo una consecuencia paradójica para el Covirán Granada: le permitió preparar el futuro con más margen. Mientras otros clubes pueden prolongar hasta el final del verano la resolución de sus plantillas, el conjunto granadino pudo negociar y cerrar piezas sin estar condicionado por una lucha de última hora por la permanencia. La plantilla completa el 7 de julio es una señal de orden operativo, pero también la prueba de que la entidad aceptó pronto el nuevo escenario.

Ese calendario tiene valor deportivo y económico. Un equipo que empieza a entrenar con todos sus efectivos puede dedicar más tiempo a instalar automatismos, repartir roles y corregir desequilibrios. En una competición de segunda categoría, donde los partidos suelen estar más expuestos a rachas, contactos y posesiones de alto desgaste, la preparación física y táctica puede marcar diferencias desde las primeras jornadas. El Granada no tendrá que construir su identidad durante la competición: llega con una propuesta que ya está implícita en la composición de su plantilla.

Sin embargo, cerrar pronto no equivale necesariamente a acertar. La anticipación reduce la incertidumbre, pero también puede limitar la capacidad de reaccionar ante lesiones, cambios de mercado o un encaje táctico inferior al esperado. La verdadera medida de esta ventaja no será la fecha en que se anunció el último fichaje, sino la velocidad con la que los jugadores conviertan sus características individuales en un sistema colectivo.

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La altura no es un dato: es una apuesta de juego

La acumulación de centímetros responde a algo más profundo que el deseo de dominar el rebote. La presencia de Van Vliet, Thiam y Barro concede al Granada una estructura interior capaz de proteger el aro, cerrar espacios y condicionar las decisiones del rival. Si el equipo consigue que esos jugadores mantengan una posición adecuada y reciban ventajas cerca de la canasta, podrá generar tiros de alto porcentaje y obligar a las defensas a hundirse.

La primera lectura apunta al rebote, una variable esencial porque ofrece posesiones adicionales y limita las segundas oportunidades del adversario. Pero la segunda es más ambiciosa: el tamaño puede ayudar a imponer ritmos altos. Un equipo grande no tiene por qué ser lento si corre con orden, ocupa bien las calles laterales y dispone de interiores capaces de iniciar el contraataque después de capturar el rebote. En ese escenario, la altura deja de ser una herramienta exclusivamente defensiva y se convierte en un mecanismo para acelerar el partido.

El factor determinante será la movilidad. Los centímetros solo producen ventaja si se transforman en desplazamientos útiles: ayudas defensivas, bloqueos consistentes, continuaciones hacia el aro y capacidad para cambiar de dirección sin conceder espacios. En la Liga Endesa, cualquier problema de velocidad puede quedar expuesto frente a bases y alas con gran capacidad de desequilibrio. En una categoría diferente, el Granada puede encontrar emparejamientos más favorables, pero no debe confundir la superioridad física media con una garantía automática de dominio.

El verdadero contrapeso está en la dirección

El diseño del equipo presenta una contradicción productiva. Jonathan Rousselle y Lluís Costa no destacan precisamente por su físico, pero serán los encargados de ordenar a un grupo de jugadores grandes y potentes. Esa combinación sitúa la lectura del juego y la calidad de las decisiones en el centro del proyecto. Los bases tendrán que acelerar cuando exista ventaja, frenar cuando el equipo pierda equilibrio y encontrar a los interiores en posiciones donde su tamaño tenga valor real.

La cuestión no consiste en que los directores de juego compensen su menor tamaño con una defensa individual dominante. Su función será más amplia: proteger el balón, controlar el ritmo y evitar que la plantilla física se convierta en un conjunto previsible. Si el rival consigue presionarles y obligarles a jugar lejos del aro, los centímetros del resto pueden quedar desconectados. Si, en cambio, Costa y Rousselle logran superar la primera línea defensiva, el Granada tendrá herramientas para castigar las ayudas con pases interiores, cortes y tiros abiertos.

Este es el primer punto de debate sobre la configuración del roster. La apuesta física puede producir una ventaja estructural, pero exige una dirección capaz de convertirla en posesiones eficaces. La experiencia de ambos bases, unida a la veteranía de buena parte de la plantilla, reduce el riesgo de improvisación. Aun así, la edad media elevada también puede aumentar el desgaste acumulado durante una temporada larga, especialmente si el modelo de juego exige contactos constantes y transiciones frecuentes.

Van Vliet cambia el significado de tener un pívot de 2,13

La llegada de Andy Van Vliet añade una dimensión relevante al planteamiento. Sus 2,13 metros podrían sugerir un perfil de center clásico, pero el jugador procede del Rostock Seawolves y se caracteriza por actuar como ala-pívot, con capacidad para abrir el campo. Esa combinación puede ser una de las claves tácticas del equipo: un interior alto que no obligue necesariamente a ocupar la zona de manera permanente.

Un jugador de ese perfil permite imaginar alineaciones con dos interiores grandes sin que ambos estén condenados a compartir el mismo espacio. Van Vliet puede atraer a su defensor hacia posiciones exteriores, abrir líneas de penetración y crear dudas sobre las ayudas. Al mismo tiempo, Thiam o Barro pueden atacar el rebote ofensivo y establecerse cerca del aro. La amenaza no reside únicamente en el tiro exterior, cuya eficacia deberá demostrarse, sino en el dilema defensivo que plantea su presencia.

La dificultad está en que abrir el campo exige disciplina colectiva. Si Van Vliet se limita a alejarse de la zona sin generar una amenaza creíble, el rival podrá concederle espacio y concentrarse sobre los jugadores interiores. El Granada deberá encontrar un equilibrio entre la explotación del juego cerca del aro y la circulación necesaria para que el ala-pívot reciba tiros en condiciones favorables. Su fichaje, por tanto, no es una simple ampliación de tamaño: es una apuesta por hacer compatible la potencia interior con una ofensiva menos congestionada.

La veteranía protege al equipo, pero también eleva el coste del error

Contar con hasta ocho jugadores de 30 años o más ofrece ventajas evidentes. Los equipos veteranos suelen interpretar mejor los momentos de un partido, conocen la gestión de las faltas y pueden asumir responsabilidades sin que cada mala racha se transforme en una crisis. Para un club que acaba de descender, esa estabilidad puede ser especialmente valiosa. La experiencia ayuda a mantener una identidad cuando el entorno reclama resultados inmediatos.

También hay un efecto sobre el vestuario. Jugadores como Pere Tomàs, capitán y uno de los referentes de mayor continuidad, pueden funcionar como transmisores de una cultura competitiva. La presencia de perfiles con recorrido profesional facilita la integración de los nuevos fichajes y reduce la dependencia de un solo líder. Desde la perspectiva del club, la madurez del grupo puede contribuir a sostener objetivos ambiciosos sin someter el proyecto a cambios constantes.

Pero una plantilla veterana paga un precio: la recuperación se vuelve más importante y la profundidad de la rotación deja de ser una cuestión secundaria. La temporada puede acumular semanas con dos partidos, viajes y contactos físicos. Si el equipo necesita que sus jugadores más grandes sostengan muchos minutos, el riesgo de lesiones musculares y de pérdida de frescura en el tramo decisivo aumentará. La dirección deportiva tendrá que administrar cargas, y el cuerpo técnico deberá aceptar que controlar el ritmo también puede significar jugar posesiones más largas en determinados momentos.

Qué gana cada parte y dónde aparecen las tensiones

Para el club, la nueva configuración ofrece una oportunidad clara de reconstruir credibilidad. Después de cuatro años en la élite, uno de ellos tras una repesca, el regreso a la segunda categoría puede generar frustración entre la afición y presión sobre los responsables. Una plantilla físicamente reconocible permite comunicar una idea sencilla: el Granada quiere competir desde la defensa, el rebote y la dureza. Esa identidad puede ayudar a recuperar conexión con el público si se traduce en esfuerzo visible desde el primer partido.

Los jugadores, sin embargo, pueden interpretar el descenso de forma diferente. Para algunos, la nueva categoría representa una ocasión de asumir más protagonismo; para otros, una etapa transitoria antes de regresar a la máxima competición. La gestión de los minutos y de los roles será decisiva. Un interior acostumbrado a jugar cerca del aro puede verse obligado a defender lejos de la canasta, mientras que un exterior atlético como Kamba puede tener que convertirse en una pieza defensiva de alto uso.

La competición también tiene intereses contrapuestos. Los rivales del Granada encontrarán un equipo con ventaja potencial en tamaño, pero intentarán llevarlo a escenarios de velocidad, espacios abiertos y defensa sobre el perímetro. La respuesta del resto de la categoría puede ser una carrera por incorporar jugadores más móviles o por atacar sistemáticamente los cambios defensivos del conjunto granadino. Así, una decisión de plantilla puede influir en el mercado y en la preparación táctica de sus adversarios.

La afición, por su parte, puede exigir un ascenso inmediato, aunque el descenso no se corrige únicamente con nombres altos y experiencia. El equipo tendrá que soportar la presión de ser considerado favorito en muchos partidos. En ese contexto, cada tropiezo contra rivales menos presupuestados será interpretado como una falta de adaptación, no como una simple derrota. La plantilla necesita convertir la expectativa en energía competitiva, no en ansiedad.

El escenario más probable: dominio físico con una condición

La proyección más razonable es que el Covirán Granada intente ganar partidos desde la defensa, el rebote y la capacidad para castigar cerca del aro. Si los interiores mantienen la disciplina y los bases controlan las pérdidas, el equipo puede imponer un tipo de partido incómodo para rivales con menos tamaño. La presencia de varios jugadores por encima de los dos metros permitiría cambiar emparejamientos, proteger la zona y sostener quintetos grandes durante buena parte del encuentro.

La condición es que la plantilla no quede atrapada en un baloncesto estático. La segunda categoría exige competir en contextos variados: canchas donde el ritmo se acelera, partidos de baja anotación, defensas cerradas y finales decididos por una o dos posesiones. La capacidad de Van Vliet para abrir el campo y la de Kamba para generar ventajas atléticas pueden ser tan importantes como los centímetros de Thiam o Barro. El Granada tendrá que demostrar que su físico produce soluciones distintas, no una única forma de atacar.

En términos de resultados, la rapidez con la que se cerró el roster debería favorecer un buen inicio, pero el rendimiento se definirá más adelante. Los equipos veteranos suelen beneficiarse de la experiencia en las fases decisivas, aunque necesitan llegar con piernas y una rotación funcional. Si el Granada administra bien los minutos y mantiene una amenaza exterior suficiente, podría convertirse en uno de los proyectos más difíciles de desplazar de la parte alta.

Los riesgos que pueden desmontar la ventaja

El primer riesgo es la movilidad defensiva. La altura puede convertirse en un problema si los interiores sufren en bloqueos directos, cambios y ayudas laterales. El segundo es la dependencia del acierto exterior: abrir el campo no sirve si los rivales no respetan los tiros de los jugadores grandes. El tercero es la salud. Una rotación con muchos jugadores veteranos y varios cuerpos sometidos a contacto frecuente necesita planes concretos de prevención y reemplazo.

Existe además un riesgo de expectativas. El descenso puede empujar al club a interpretar cualquier temporada que no termine en ascenso como un fracaso, incluso si la reconstrucción exige tiempo. Esa presión puede llevar a modificar roles demasiado pronto, buscar soluciones en el mercado sin esperar al desarrollo del grupo o forzar a jugadores importantes por encima de cargas razonables. La estabilidad que permitió cerrar la plantilla en julio debe extenderse también a la toma de decisiones durante el curso.

El Covirán Granada ha elegido una identidad antes de disputar su primer entrenamiento: más centímetros, más experiencia y una notable presencia física. La elección tiene lógica porque responde a las exigencias de una competición distinta y aprovecha el margen que ofreció un descenso anticipado. Pero la ventaja no estará en la báscula ni en la ficha antropométrica. Se decidirá en la coordinación entre bases e interiores, en la movilidad de las ayudas, en la salud del grupo y en la capacidad de transformar el tamaño en ritmo, rebotes y decisiones correctas. El proyecto empieza con una plantilla completa; su verdadera prueba será demostrar que esa planificación temprana puede convertirse en dominio sostenido.

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