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El distanciamiento de la Scaloneta y Milei: antecedentes y consecuencias

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La clasificación de la Selección Argentina al Mundial de 2026 generó un escenario donde el vínculo entre logros deportivos y agendas políticas se fracturó de manera visible. El Gobierno de Javier Milei había intentado asociar el éxito de la Scaloneta con su propio relato libertario, pero gestos como la exhibición de la bandera por Malvinas y las declaraciones de Lionel Messi sobre la situación económica alteraron ese plan. Este episodio revela tensiones estructurales entre el poder ejecutivo y las figuras del deporte nacional, con raíces que se remontan a décadas de interacciones entre fútbol y Estado en Argentina.

Orígenes del vínculo entre fútbol y política argentina

Desde mediados del siglo XX, los gobiernos argentinos han buscado capitalizar los triunfos de la selección para fortalecer su legitimidad. Durante el peronismo de los años cuarenta y cincuenta, el Estado promovió el fútbol como herramienta de cohesión social, integrando clubes populares en políticas de bienestar. Décadas después, la dictadura militar de 1978 utilizó el Mundial organizado en el país para proyectar una imagen de normalidad internacional, a pesar de las violaciones a los derechos humanos que ocurrían en paralelo. Estos precedentes establecieron un patrón donde el deporte funciona como amplificador de narrativas oficiales, aunque con resultados variables según el contexto económico y social del momento.

En épocas más recientes, la gestión kirchnerista entre 2003 y 2015 incorporó referencias constantes a la selección en campañas de comunicación, asociando la victoria de 2014 en Brasil con proyectos de inclusión. La llegada de Javier Milei al poder en 2023 introdujo una variante distinta: un intento explícito de etiquetar al equipo como “libertario y antiperonista” desde redes sociales y medios afines. Esta estrategia partía de la popularidad de Lionel Messi y del entrenador Lionel Scaloni, pero subestimó la autonomía histórica de los jugadores frente a alineamientos partidarios.

El desarrollo del episodio en Atlanta y sus detonantes

Durante la fase final del torneo, los futbolistas desplegaron una bandera en defensa de la soberanía sobre las Islas Malvinas, acompañada de declaraciones que ratificaban la posición argentina sobre el territorio. Messi, además, señaló la falta de empleo y las dificultades para llegar a fin de mes que atraviesa la población. Estos pronunciamientos contrastaron con el relato oficial que vinculaba el rendimiento del equipo con las políticas de ajuste implementadas por el Ejecutivo. Fuentes cercanas al plantel confirmaron posteriormente que la selección no contempla una visita a la Casa Rosada, independientemente del resultado de la final.

La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, había difundido la versión de que banderas vinculadas a Malvinas estaban prohibidas en el estadio, una afirmación que luego se aclaró como ajena a las competencias del Gobierno argentino. Este desliz expuso fisuras internas en la coordinación comunicacional y generó críticas incluso dentro del espacio libertario. El canciller Pablo Quirno y el propio Milei intentaron relativizar los hechos, pero el malestar presidencial quedó registrado en conversaciones reservadas con asesores.

Repercusiones inmediatas en la gobernabilidad

La negativa del plantel a participar en actos oficiales representa un revés para la estrategia de apropiación simbólica que Milei había ensayado en los primeros meses de su mandato. Históricamente, los presidentes que lograron recibir a la selección tras triunfos internacionales obtuvieron un impulso temporal en las encuestas, como ocurrió tras el título de 2022. En este caso, la ausencia de ese ritual debilita la narrativa de unidad entre el Ejecutivo y los íconos nacionales, especialmente en un contexto de alta polarización donde el fútbol sigue siendo uno de los pocos espacios de consenso transversal.

El operativo de regreso diseñado por el Ministerio de Seguridad, que excluyó inicialmente al gobierno bonaerense, refleja la cautela institucional ante posibles manifestaciones de apoyo o rechazo. La decisión de esperar el resultado de la final antes de decretar un feriado nacional o un asueto administrativo muestra cómo el Ejecutivo evalúa el costo político de cada medida. Cuando el resultado deportivo no se alinea con las expectativas oficiales, estas herramientas pierden efectividad y pueden volverse contraproducentes.

Impactos en la percepción pública y el tejido social

Las declaraciones de Messi sobre la economía alcanzaron un alcance mayor que las desmentidas oficiales, dado el peso simbólico del capitán en sectores populares. Encuestas realizadas en años previos indican que más del 70 % de los argentinos considera que las opiniones de figuras deportivas influyen en el debate público, independientemente de su alineación ideológica. Este fenómeno amplifica el efecto de gestos como el de la bandera malvinense, que reactivó un reclamo territorial compartido por amplias mayorías más allá de divisiones partidarias.

A nivel social, el episodio refuerza la idea de que los deportistas pueden actuar como contrapeso informal frente al poder político. En contextos de ajuste económico, la visibilidad de estos pronunciamientos contribuye a mantener viva la discusión sobre empleo y salarios, temas que el Gobierno preferiría mantener en segundo plano durante el Mundial. La fractura entre la selección y la Casa Rosada podría traducirse en una menor disposición de otros sectores, como sindicatos o organizaciones sociales, a participar en actos protocolares vinculados al Ejecutivo.

Perspectivas a largo plazo para el sistema político

La experiencia actual sugiere que los intentos de asociar logros deportivos con proyectos ideológicos específicos enfrentan límites estructurales en Argentina. La selección representa una identidad nacional que trasciende ciclos electorales, y cualquier intento de apropiación genera resistencias internas cuando choca con reclamos históricos como el de Malvinas o con percepciones generalizadas sobre la realidad económica. Este patrón podría repetirse en futuros torneos, obligando a los gobiernos a diseñar estrategias más sutiles de vinculación con el deporte.

En términos de política exterior, la reafirmación de la soberanía sobre las islas por parte de los jugadores mantiene vigente un tema que el Gobierno había intentado modular en sus relaciones con el Reino Unido. La falta de respaldo oficial a esa postura en redes libertarias expone divisiones internas sobre cómo gestionar cuestiones sensibles de política internacional durante eventos masivos. A mediano plazo, estos episodios contribuyen a consolidar una cultura donde las instituciones deportivas preservan márgenes de autonomía frente al Ejecutivo, reduciendo el riesgo de que el fútbol se convierta en un instrumento exclusivo de propaganda estatal.

El caso también ilustra cómo las decisiones de no asistir a actos oficiales pueden tener efectos acumulativos en la legitimidad percibida del poder. Cuando la selección opta por mantenerse al margen, se genera un vacío simbólico que otros actores políticos pueden intentar ocupar, alterando el equilibrio de fuerzas en el debate público. Este tipo de dinámicas, observadas ya en otros países latinoamericanos con fuerte tradición futbolística, tienden a reforzar la independencia de las instituciones deportivas y a limitar el margen de maniobra de los gobiernos en la construcción de relatos triunfalistas.

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