La coronación de España en el Mundial 2026 cierra un ciclo y abre interrogantes sobre la edición de 2030, que ya se perfila como el torneo más complejo de la historia reciente. Tres países europeos y africanos compartirán la organización principal, mientras Argentina, Uruguay y Paraguay acogerán los partidos inaugurales. Sin embargo, el formato exacto y la sede de la final siguen sin resolverse, lo que genera tensiones entre federaciones, gobiernos y la propia FIFA.
España y Marruecos: la disputa por la final
España considera que la final debe celebrarse en su territorio por tradición y capacidad organizativa demostrada. Marruecos, en cambio, ha acelerado la construcción de un estadio en Casablanca con 115.000 localidades, el mayor del planeta, y argumenta que su candidatura representa un paso histórico para el fútbol africano. Portugal mantiene una posición intermedia, priorizando la cohesión del trío organizador. Esta rivalidad interna ya ha retrasado decisiones que la FIFA esperaba cerrar antes de 2027.
El argumento marroquí se apoya en datos de crecimiento: la selección nacional ha alcanzado cuartos de final en torneos recientes y la infraestructura avanza con plazos ajustados. España replica con estadios consolidados y una red de transporte superior. La decisión final dependerá tanto de criterios técnicos como de equilibrios geopolíticos dentro del Consejo de la FIFA.

La propuesta de 64 selecciones y sus consecuencias
Gianni Infantino abrió la puerta a ampliar el torneo a 64 equipos tras escuchar la petición de la Conmebol, liderada por Alejandro Domínguez. El argumento central es que el centenario del Mundial exige inclusión: cada nación debe tener la posibilidad real de soñar con participar. Con 64 equipos, el sistema de grupos se simplifica y desaparece el complicado cálculo de mejores terceros que complicó la edición de 2026.
Las selecciones emergentes como Cabo Verde o Egipto demostraron en 2026 que el nivel competitivo ha subido en continentes antes marginados. Permitirles acceso directo podría mantener el incentivo de desarrollo en federaciones pequeñas. Sin embargo, un torneo tan extenso exige 128 partidos y genera dudas sobre la calidad media de los encuentros y el desgaste físico de los jugadores en un calendario ya saturado.
Impacto en confederaciones y selecciones pequeñas
La UEFA y la Conmebol perderían peso relativo en la fase final, mientras la CAF y la AFC ganarían plazas. Federaciones europeas ya expresan preocupación por la posible reducción de ingresos televisivos si el producto se percibe como menos élite. En paralelo, países de Oceanía y Asia central ven en la ampliación una oportunidad histórica para romper el monopolio de las grandes potencias.
El modelo de 48 equipos ya demostró que equipos modestos pueden competir con dignidad. Extenderlo a 64 podría acelerar la profesionalización de ligas locales en África y Asia, pero también arriesga diluir el prestigio del torneo si demasiados partidos resultan desequilibrados.
Riesgos logísticos del formato transoceánico
La decisión de repartir partidos entre tres continentes introduce desafíos sin precedentes. Los equipos que avancen desde las sedes sudamericanas deberán viajar miles de kilómetros para enfrentarse a rivales europeos o africanos. Los estudios de rendimiento muestran que viajes superiores a ocho horas afectan significativamente la recuperación muscular y el rendimiento táctico.
Además, los costes operativos para federaciones pequeñas aumentarán de forma notable. Alojamiento, seguros y traslados podrían consumir presupuestos enteros de selecciones que apenas cubren sus gastos habituales. La FIFA estudia fondos de compensación, pero aún no ha presentado cifras concretas ni mecanismos de reparto.
Perspectivas de futuro y posibles escenarios
Si prevalece el formato de 64 equipos, el Mundial 2030 podría convertirse en el mayor escaparate global de fútbol jamás visto. Sin embargo, la experiencia de ediciones anteriores indica que la ampliación suele ir acompañada de una comercialización más agresiva y de mayor presión sobre los jugadores. Las ligas nacionales ya advierten de un posible aumento de lesiones por congestión.
La elección de la sede de la final marcará también el tono político del torneo. Una decisión a favor de Marruecos reforzaría la narrativa de expansión hacia el Sur global; una opción española consolidaría el peso tradicional de Europa. En ambos casos, la FIFA deberá gestionar expectativas de tres gobiernos y dos confederaciones con intereses divergentes.
El tiempo apremia. Las federaciones necesitan saber el formato antes de diseñar sus ciclos de preparación y los patrocinadores esperan claridad para planificar inversiones. Cualquier retraso adicional podría afectar la venta de derechos y la organización de las eliminatorias, que ya comienzan a perfilarse con incertidumbre.
