El texto de Joan-Carles Martí recuerda que el fútbol funciona como la principal religión laica contemporánea. Esta afirmación se sostiene en la capacidad del deporte para generar templos, liturgias y fieles que peregrinan, heredan camisetas o se convierten en momentos de éxito. En Valencia, esa fe tiene un rostro concreto: Mario Alberto Kempes, quien llegó al Valencia en 1976 y partió al Mundial de Argentina 1978 para regresar como máximo goleador y campeón.
Kempes como símbolo de apropiación emocional
La generación valencianista que vio jugar al Matador cada domingo en Mestalla experimentó una forma particular de identificación. Dos de los tres goles de la final contra Países Bajos fueron obra suya. Esa victoria convirtió al delantero de melena indomable en héroe nacional argentino y, simultáneamente, en referente local. La apropiación sentimental no requiere residencia permanente: basta con haber compartido gradas para sentir que el título de 1978 también pertenece a la ciudad.
Este mecanismo explica por qué el fútbol produce adhesiones más intensas que muchas instituciones políticas o religiosas tradicionales. Los datos de audiencia del Mundial 2022 mostraron que más de 3.500 millones de personas siguieron al menos un partido, cifra que ningún otro evento cultural alcanza de forma simultánea.
La remodelación de Mestalla en 1982 y el proyecto 2030
El Mundial de España 1982 obligó a reformar el graderío de Mestalla para cumplir los estándares de la FIFA. Aquella intervención cambió la fisonomía del estadio y marcó el inicio de una larga etapa de adaptaciones. Casi cincuenta años después, Valencia aspira a ser sede del Mundial 2030 con el Nou Mestalla. El ciclo que comenzó con la llegada de Kempes podría cerrarse con la inauguración de un nuevo recinto financiado en parte por la organización del torneo.

Los estudios de impacto económico encargados por la Generalitat estiman que la sede valenciana generaría entre 450 y 600 millones de euros en actividad directa e indirecta durante los años previos y posteriores al evento. Sin embargo, el mismo documento advierte que el 70 % de esos recursos se concentraría en sectores de hostelería y construcción, dejando fuera a colectivos más vulnerables del área metropolitana.
El lenguaje futbolístico en política y economía
Martí señala que expresiones como “jugar en campo contrario”, “marcar perfil” o “salir a ganar el partido” han pasado del estadio a los despachos. Esta colonización lingüística reduce la complejidad de los conflictos a un esquema binario de vencedores y vencidos. En la práctica, una sociedad no puede organizarse como una eliminatoria: las políticas públicas requieren negociación continua y la economía necesita medir resultados más allá de la clasificación semanal.
El riesgo aparece cuando los actores políticos adoptan la lógica del marcador como único criterio de éxito. Datos del Centro de Investigaciones Sociológicas muestran que el 62 % de los españoles considera que la confrontación entre partidos ha aumentado en los últimos cinco años. Parte de esa percepción se alimenta de un marco interpretativo que premia la victoria sobre el acuerdo.
Perspectivas de aficionados, instituciones y sector económico
Los hinchas valencianistas valoran principalmente la continuidad emocional que representa el Nou Mestalla. Para ellos, el nuevo estadio simboliza el relevo generacional desde Kempes hasta los jugadores actuales. Las instituciones municipales destacan la oportunidad de reposicionar Valencia como ciudad internacional, mientras que los economistas locales advierten sobre el endeudamiento que podría derivarse si los ingresos previstos por turismo no se materializan.
Las asociaciones vecinales del barrio de Benimaclet han expresado reservas sobre el impacto en el tráfico y el precio de la vivienda. Sus informes recogen que en las zonas cercanas a estadios remodelados en otras ciudades el alquiler subió una media del 18 % en los tres años posteriores a la inauguración.
Riesgos de la binariedad y tendencias futuras
Trasladar la lógica del fútbol fuera del estadio puede erosionar la capacidad de una sociedad para gestionar la diversidad de intereses. Cuando cada discrepancia se interpreta como una falta merecedora de tarjeta, se reduce el espacio para el compromiso. El Mundial 2030, si se confirma, ofrecerá a Valencia la posibilidad de actualizar sus infraestructuras, pero también someterá a prueba la cohesión social si los beneficios se distribuyen de forma desigual.
Los próximos años decidirán si el nuevo templo del valencianismo reproduce el mismo patrón de apropiación emocional que vivió la generación de Kempes o si, por el contrario, genera nuevas fracturas entre quienes acceden al estadio y quienes quedan fuera de su radio de influencia económica y cultural.
