La victoria de la selección española en el Mundial reveló de nuevo cómo el fútbol actúa como fuerza transversal capaz de superar fracturas políticas y sociales. En Menorca, menorquines, visitantes e inmigrantes de origen español, marroquí o latinoamericano compartieron el mismo entusiasmo, dejando de lado tensiones cotidianas durante la final.

Lección de transversalidad
El periodista Iñaki Gabilondo recordó las ligas de la Real Sociedad en 1981 y 1982, cuando abertzales, nacionalistas, socialistas y defensores del régimen anterior vibraban juntos en el viejo Atotxa. Aquella cohesión en una Euskadi marcada por ETA demuestra que el deporte puede generar unidad allí donde la política fracasa de forma sistemática.
El caso menorquín confirma el patrón: el fútbol no elimina las diferencias, pero las suspende temporalmente en torno a un objetivo común. Esta capacidad de integración resulta especialmente valiosa en territorios con alta diversidad migratoria y debates identitarios persistentes. Lo que los actores políticos fragmentan, el balón sigue uniendo sin necesidad de discursos.
