Fernando Signorini, preparador físico histórico de Diego Maradona, ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que el fútbol profesional suele esquivar: la legitimidad moral de ciertas victorias. En una extensa conversación, el argentino nacido en 1950 calificó el gol con la mano ante Inglaterra en 1986 como una porquería y una trampa. Sus palabras no se limitan a un lance puntual; cuestionan el propio sentido del éxito deportivo en una industria que premia el resultado por encima de cualquier otro valor.
La competencia como perversión del arte
Signorini sostiene que la rivalidad obligatoria distorsiona el propósito formativo del fútbol. En lugar de impulsar la superación personal, la competencia empuja a los jugadores a superar al otro a cualquier precio. Esta lógica, según él, explica por qué se toleran gestos como el de Maradona: el sistema los celebra siempre que generen ventaja. El preparador contrasta esta dinámica con su experiencia junto a Menotti, quien defendía un fútbol ligado al arte y a la cultura antes que al negocio.
La distinción resulta relevante porque revela un cambio de paradigma. Antes, las urgencias eran históricas y colectivas; hoy están ligadas al espectáculo y al retorno económico. Cuando los clubes y federaciones priorizan audiencias y patrocinios, cualquier recurso que asegure la victoria adquiere justificación automática.

La hipocresía mediática y el liderazgo de Messi
Otro eje central de la entrevista es la transformación de Lionel Messi en líder carismático. Signorini recuerda que, durante años, se criticó al argentino por su aparente frialdad y por no cantar el himno. Esa misma prensa que lo cuestionaba ahora enciende velas cada vez que cumple años. El cambio de actitud coincide con los títulos obtenidos, lo que demuestra que la admiración está condicionada al resultado.
Este fenómeno genera un efecto perverso: los jugadores aprenden que su valor depende del trofeo y no de la coherencia personal. Messi, según Signorini, aceptó el rol de líder porque el entorno lo empujó, no porque lo deseara desde el principio. La misma dinámica se observa en casos como el de De Paul, que dejó Europa para acompañar a Messi en Miami.
El negocio por encima de los valores
Signorini vincula estas contradicciones con la estructura económica del fútbol actual. Los propietarios de clubes como el Inter Miami representan intereses geopolíticos que poco tienen que ver con el deporte. El preparador menciona conexiones familiares con figuras históricas del anticastrismo, incluidas personas vinculadas a atentados. La presencia de Messi en ese entorno, sostiene, sirve para legitimar un relato que el poder necesita difundir.
La misma lógica opera en la FIFA. La organización aplica criterios distintos según el país implicado, y los jugadores callan porque dependen del sistema. Signorini recuerda que Maradona intentó confrontar a la federación, pero fracasó al conformarse con ser el mejor del mundo sin aspirar a algo más profundo.
Perspectivas contrapuestas sobre el éxito
Desde el punto de vista de los clubes y patrocinadores, cualquier victoria que aumente ingresos es legítima. Los aficionados, en cambio, dividen sus opiniones entre quienes defienden la astucia del goleador y quienes reclaman coherencia ética. Los propios jugadores se encuentran atrapados: criticar el sistema puede costarles contratos y visibilidad.
Los datos de audiencia confirman esta tensión. Los partidos de la fase final de la Champions concentran el interés precisamente porque solo participan los equipos con mayor capacidad económica, tal como señala Signorini. El resto de la competición pierde atractivo porque no ofrece el mismo nivel de espectáculo ni de estrellas.
Riesgos futuros y tendencias probables
Si la tendencia continúa, el fútbol corre el riesgo de convertirse en un producto cada vez más homogéneo y menos formativo. Los jóvenes jugadores imitarán conductas que garantizan visibilidad en lugar de desarrollar un juego basado en el respeto y la generosidad. La ausencia de figuras como Menotti o Signorini en los banquillos de élite acelera este proceso.
Una posible reacción podría venir de los propios futbolistas si deciden organizarse en torno a reivindicaciones éticas y no solo salariales. Sin embargo, el poder económico de los propietarios y federaciones hace improbable un cambio estructural a corto plazo. El fútbol seguirá siendo, como advierte Signorini, un opio del pueblo que distrae de cuestiones más profundas mientras perpetúa las mismas dinámicas de división y consumo.
