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El miedo como aliada en la cima de los 14 ochomiles

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Edurne Pasaban representa un caso singular en el alpinismo de élite: la primera mujer que completó los catorce ochomiles en un contexto donde la visibilidad femenina era prácticamente nula. Su trayectoria no solo marca un récord deportivo, sino que expone las tensiones entre ambición extrema, salud mental y expectativas sociales que siguen vigentes en los deportes de riesgo dos décadas después.

¿Por qué el miedo salvó a Pasaban?

La alpinista vasca ha repetido en varias ocasiones que el miedo no fue un obstáculo, sino un mecanismo de supervivencia. Esta afirmación contrasta con la narrativa habitual del alpinismo, donde la valentía se asocia con la negación del riesgo. Pasaban distingue entre sentir miedo y dejarse paralizar por él. Esa distinción permitió que tomara decisiones como dar la vuelta en expediciones cuando las condiciones lo exigían, algo que muchos de sus compañeros no hicieron y que costó vidas. El dato de haber perdido catorce compañeros de cordada ilustra la magnitud del riesgo real que enfrentan quienes persisten en el Himalaya sin margen de error.

La presión social que casi detiene a la primera mujer en los 14 ochomiles

En 2006, con ocho ochomiles ya escalados y una posición consolidada, Pasaban vivió una crisis que la obligó a detenerse. El entorno que rodeaba a sus amigas de la misma edad —matrimonios, hijos, propiedades— generó una disonancia que el mundo masculino del alpinismo no sufría de la misma forma. Los hombres podían prolongar su carrera sin el mismo escrutinio. Esta asimetría de género en la percepción del tiempo vital explica por qué muchas deportistas de élite retrasan o renuncian a la maternidad. Pasaban reconoce hoy que, de haber tenido un hijo entonces, probablemente no habría completado los catorce ochomiles. Esa reflexión introduce un debate poco explorado: el coste personal real que implica romper techos de cristal en disciplinas donde el margen de error es mortal.

Del campamento base al aula: herramientas transferibles

Las habilidades que Pasaban desarrolló tras su pausa en 2006 —autoconocimiento, gestión de la frustración y límite claro entre ambición y supervivencia— se han convertido en el núcleo de sus clases en el IE Business School. Cuando lleva a estudiantes de 20 y 21 años a Nepal y la montaña les impide alcanzar el campamento previsto, observa en ellos la misma frustración que ella aprendió a procesar. Este enfoque pedagógico traslada la experiencia del ochomilismo a entornos corporativos y académicos donde el fracaso suele interpretarse como derrota personal. El mensaje no es motivacional en el sentido clásico, sino preventivo: preparar a los jóvenes para que el primer revés no los paralice.

La Fundación Montañeros por el Himalaya y el retorno tangible

La decisión de crear una fundación centrada en educación infantil en Nepal surge directamente de las expediciones repetidas. Pasaban observó que las comunidades locales entregaban recursos y conocimiento a cambio de muy poco. En lugar de limitarse a agradecimientos simbólicos, optó por canalizar parte de su visibilidad hacia escuelas en zonas remotas donde los niños caminan horas o abandonan los estudios para recoger leña. Este modelo de responsabilidad social vinculado a la práctica deportiva contrasta con iniciativas más mediáticas que priorizan la imagen del deportista sobre el impacto medible. La fundación mantiene un enfoque estrecho —educación básica— que evita la dispersión habitual en proyectos solidarios vinculados al deporte de élite.

Riesgos persistentes dos décadas después

Aunque se habla más de salud mental en el deporte profesional, Pasaban recibió recientemente la llamada de una joven de 16 años que se dirigía al profesionalismo y que, aun disponiendo de herramientas teóricas, no las utilizaba por miedo a defraudar a su entrenador y a su familia. Este caso muestra que el tabú no ha desaparecido, solo se ha desplazado hacia etapas más tempranas. El riesgo actual no radica en la ausencia de psicólogos en los equipos, sino en la persistencia de estructuras de poder que penalizan la vulnerabilidad. Las expediciones mixtas siguen siendo minoritarias y las deportistas siguen recibiendo comentarios que cuestionan su presencia en el campo base, tal como ocurrió con Pasaban a los 24 años.

El duelo de la retirada y la vida después del ochomil

La transición tras 2010 no fue menos exigente que las propias expediciones. El vacío de adrenalina y la pérdida de identidad como alpinista de élite requirieron el mismo autoconocimiento que había desarrollado en 2006. Pasaban distingue entre nostalgia y dependencia: reconoce que echará de menos la intensidad de la alta montaña, pero ha construido una existencia donde esa carencia no la define. Esta madurez contrasta con casos de exdeportistas que no logran reorientarse y permanecen atrapados en la búsqueda de la siguiente cima, literal o metafórica. Su trayectoria sugiere que el éxito en la retirada depende menos de logros acumulados que de la capacidad de reconocer cuándo el cuerpo y la mente exigen un cambio de escenario.

Perspectivas futuras para el himalayismo femenino

El aumento de expediciones femeninas y mixtas es visible, pero el ritmo de cambio sigue siendo lento. La normalización del apoyo psicológico en etapas formativas sigue dependiendo de que entrenadores y familias acepten que pedir ayuda no equivale a debilidad. Si el ejemplo de Pasaban sirve de referencia, el verdadero avance se medirá cuando las jóvenes alpinistas puedan completar sus objetivos sin tener que elegir entre familia y cumbre, o entre visibilidad y salud mental. El legado de la primera mujer en los catorce ochomiles no reside solo en los récords, sino en haber demostrado que el miedo bien gestionado permite regresar para contarlo.

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