La publicación de Uno hace la diferencia, del medallista olímpico colombiano Carlos Mario Oquendo, llega en un momento en que el deporte infantil y juvenil enfrenta una tensión creciente: las familias buscan oportunidades de formación y movilidad social, mientras los niños son expuestos cada vez más pronto a la lógica de la competencia, los resultados y la visibilidad pública. El libro propone trasladar aprendizajes del alto rendimiento a la crianza deportiva, pero también plantea una advertencia relevante: una metodología útil para acompañar procesos no debe convertirse en una fórmula para acelerar la infancia.
La experiencia de Oquendo tiene un peso particular. Su medalla de bronce en BMX en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 fue el resultado visible de años de preparación física, mental, nutricional y familiar. Sin embargo, su reflexión no se limita a la carrera que le permitió subir al podio. También aborda lo que ocurre después: la pérdida de patrocinios, la incertidumbre económica, la necesidad de estudiar, la construcción de una marca personal y la búsqueda de nuevas actividades profesionales. Esa mirada amplia puede influir tanto en los padres de jóvenes deportistas como en clubes, entrenadores, patrocinadores y entidades públicas.
Una guía que puede ordenar el acompañamiento familiar
Uno de los aportes potencialmente más valiosos de la propuesta es cambiar el foco de la familia. En lugar de medir el proceso exclusivamente por medallas, Oquendo destaca la disciplina, el esfuerzo, el disfrute y la formación del carácter. Su relato sobre la respuesta de su madre —aceptar un último lugar si el deportista había dado su máximo, pero cuestionar la falta de compromiso— ofrece una regla sencilla: el resultado importa, pero no puede ser el único criterio para valorar al niño.
Ese enfoque puede reducir algunas prácticas perjudiciales que aparecen en el deporte de base. La presión constante por ganar suele generar ansiedad, abandono temprano y conflictos entre padres e hijos. Cuando la aprobación familiar depende del marcador, el entrenamiento deja de ser un espacio de aprendizaje y se convierte en una prueba permanente de valor personal. Una cultura que reconozca la constancia, la cooperación y la capacidad de afrontar la derrota puede ayudar a que más niños permanezcan activos durante más tiempo.
La división del libro en tres momentos —antes, durante y después— también tiene una utilidad práctica. El “antes” obliga a preguntar qué busca la familia y cuál es el papel de los padres; el “durante” incorpora entrenamiento, nutrición, preparación mental y redes de apoyo; y el “después” introduce asuntos que suelen ignorarse, como los medios de comunicación, los patrocinios y la financiación. Esta estructura puede servir para que las decisiones no se tomen únicamente cuando aparece una victoria, una lesión o una oferta comercial.

Además, el planteamiento puede fortalecer la corresponsabilidad familiar. La referencia de Oquendo al “papá de alto rendimiento” muestra que acompañar a un deportista exige tiempo, organización y disposición emocional. No se trata solo de llevar al niño a entrenar, sino de coordinar horarios, cuidar el descanso, sostener conversaciones difíciles y evitar que toda la vida familiar quede subordinada a un calendario competitivo. Esta perspectiva podría mejorar la relación entre hogares y escuelas deportivas, siempre que no convierta a los padres en administradores obsesivos del rendimiento.
El riesgo de convertir una experiencia en receta
La principal cautela está en la posibilidad de que el público interprete la metodología como una fórmula universal. La trayectoria de Oquendo es relevante, pero se desarrolló en un contexto específico: una familia determinada, un deporte concreto, unas condiciones económicas y una época particular. Lo que funcionó para él y para su hermano no necesariamente producirá el mismo resultado en otros hogares. El éxito deportivo depende de variables difíciles de controlar, entre ellas el talento, la salud, la calidad del entrenamiento, el acceso a escenarios, la estabilidad emocional y la disponibilidad de recursos.
El propio discurso del libro parece alejarse de una promesa de campeones, pero el mercado deportivo puede leerlo de otra manera. Padres que buscan una ventaja competitiva podrían utilizar cualquier guía como un manual de optimización temprana: más horas de práctica, más torneos, dietas restrictivas, exposición en redes sociales y búsqueda anticipada de patrocinadores. Si la metodología se separa de su énfasis en el bienestar y se convierte en un sistema de exigencia, su efecto podría ser contrario al que pretende.
La advertencia sobre el niño de dos años proyectado hacia un campeonato panamericano ilustra ese peligro. La especialización prematura puede limitar el desarrollo motor, aumentar la probabilidad de lesiones por sobreuso y reducir la motivación. También puede hacer que el niño relacione el afecto de sus padres con su desempeño. A esas edades, la prioridad debería ser el juego variado, la exploración y la adquisición de hábitos saludables, no la construcción de una carrera deportiva con objetivos internacionales.
Existe, además, un riesgo de desigualdad. La recomendación de contar con preparación mental, nutrición adecuada, equipo de apoyo, formación académica y asesoría de marca resulta razonable, pero no todos los hogares pueden pagar esos servicios. Si el modelo de alto rendimiento se presenta como una suma de recursos imprescindibles, las familias con mayor capacidad económica ampliarán su ventaja sobre quienes dependen de programas públicos o de clubes comunitarios. La metodología podría contribuir a democratizar información, pero no elimina las brechas de infraestructura, transporte, equipamiento y tiempo disponible.
Cuando la medalla deja de ser el único capital
El mensaje sobre la etapa posterior a la competencia tiene implicaciones importantes para el sistema deportivo colombiano. Oquendo explica que los apoyos de marcas y entidades públicas pueden desaparecer cuando disminuyen los resultados. Esa dependencia revela una fragilidad estructural: muchos deportistas son valorados mientras producen visibilidad y medallas, pero quedan sin acompañamiento cuando se retiran, enfrentan una lesión o atraviesan una transición de rendimiento.
Promover estudios, habilidades de comunicación y emprendimiento puede reducir esa vulnerabilidad. La formación profesional de Oquendo y su posterior incursión en proyectos empresariales muestran que una carrera deportiva no tiene por qué ser el único eje de identidad ni la única fuente de ingresos. Para los atletas jóvenes, entender que el deporte puede abrir puertas en educación, liderazgo, gestión, contenidos y negocios resulta más realista que esperar una trayectoria indefinida basada exclusivamente en victorias.
Sin embargo, esta solución también tiene límites. La construcción de una marca personal no garantiza ingresos estables. Depende de la audiencia, de los algoritmos de las plataformas, de la capacidad de producir contenidos y de la confianza de los anunciantes. Existe el riesgo de que los deportistas terminen sometidos a una doble exigencia: rendir en la pista y mantenerse permanentemente visibles en internet. La exposición puede afectar su privacidad, convertir la vida familiar en contenido comercial y generar una presión adicional sobre menores que todavía no están en condiciones de comprender las consecuencias de su imagen pública.
También conviene evitar que el emprendimiento sea presentado como respuesta individual a un problema institucional. No todos los atletas pueden convertirse en conferencistas, empresarios o creadores digitales, ni es razonable exigirles que compensen con iniciativa personal la falta de políticas de transición profesional. El Estado, las federaciones y los patrocinadores deberían establecer programas de educación financiera, orientación laboral, atención psicológica y continuidad académica. La responsabilidad no puede recaer únicamente en la capacidad de cada deportista para reinventarse.
Una influencia posible en clubes y políticas públicas
El libro puede abrir una conversación útil entre familias, entrenadores y organizaciones deportivas. Los clubes podrían incorporar protocolos para prevenir la especialización temprana, evaluar cargas de entrenamiento y detectar señales de agotamiento emocional. También podrían exigir que los entrenadores expliquen a los padres cuáles son los objetivos de cada etapa y qué riesgos existen cuando se imponen calendarios competitivos desproporcionados.
En el ámbito público, la propuesta ofrece argumentos para fortalecer programas que combinen deporte, educación y salud. El rendimiento no debería medirse solo por la cantidad de medallas obtenidas, sino también por la permanencia escolar, la reducción del abandono, la prevención de lesiones y la transición exitosa a la vida laboral. Esta perspectiva permitiría evaluar si la inversión deportiva está formando personas con más oportunidades, incluso cuando no llegan a representar al país.
La dificultad estará en traducir principios generales a criterios verificables. Decir que se debe cuidar al niño es insuficiente si no existen límites sobre cargas físicas, controles médicos independientes, mecanismos de denuncia y formación obligatoria para entrenadores. Del mismo modo, hablar de nutrición puede ser positivo, pero una orientación mal aplicada puede derivar en restricciones alimentarias, estigmatización del cuerpo o trastornos de la conducta alimentaria. La metodología necesitará ser acompañada por profesionales cualificados y adaptarse a la edad, la disciplina y las condiciones particulares de cada deportista.
El verdadero desafío: formar sin apropiarse del proyecto
La idea de que la decisión de llegar al alto rendimiento debe corresponder al hijo, cuando tenga madurez suficiente, introduce un criterio decisivo: el deporte debe ampliar la autonomía del joven, no reemplazarla. Los padres pueden facilitar oportunidades, establecer rutinas y enseñar responsabilidad, pero no deberían apropiarse de una carrera que pertenece al niño. La frontera es delicada, sobre todo cuando aparecen inversiones económicas, expectativas familiares o la posibilidad de obtener reconocimiento social.
La influencia de Oquendo será positiva si ayuda a que las familias formulen mejores preguntas: ¿el niño disfruta?, ¿descansa lo suficiente?, ¿puede cambiar de disciplina sin sentirse culpable?, ¿mantiene vínculos fuera del deporte?, ¿está estudiando y desarrollando otras capacidades? Será problemática si esas preguntas son reemplazadas por otras centradas exclusivamente en rankings, patrocinadores y proyecciones internacionales.
El libro llega con la autoridad de una medalla, pero su valor más duradero no dependerá de que produzca nuevos campeones olímpicos. Dependerá de si logra instalar una comprensión más completa del deporte: como espacio de disciplina y oportunidades, pero también como actividad que debe respetar los ritmos de la infancia, la diversidad de trayectorias y la incertidumbre del futuro. Preparar a un deportista para ganar es una tarea exigente; prepararlo para vivir con o sin victorias exige una responsabilidad todavía mayor.
