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El penal que no fue

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La escena duró apenas unos segundos, pero alcanzó para reabrir una discusión que en el fútbol argentino nunca termina de cerrarse: qué se considera penal cuando interviene el VAR y por qué dos miradas técnicas pueden llegar a conclusiones tan distintas sobre la misma acción. En la jugada más controvertida del River-Tigre por la cuarta fecha del Torneo Clausura, Ángel Correa cayó dentro del área tras un cruce con Nahuel Banegas, los jugadores de River reclamaron infracción y Andrés Gariano dejó seguir. Desde la cabina tampoco llamaron al árbitro a revisar. El episodio no solo alteró el clima del partido; también volvió a poner bajo tensión la legitimidad de las decisiones arbitrales en un torneo donde la confianza institucional ya venía erosionada.

Javier Castrilli, exárbitro de peso simbólico dentro del arbitraje argentino, resumió la molestia con una frase que funcionó como diagnóstico y acusación a la vez: “Cuesta trabajo entender cómo un árbitro no sancione penal esta acción, ¿verdad? …y con VAR… En el fútbol argentino todo es posible…”. Su intervención importa menos por el tono que por el lugar desde el que proviene. Castrilli no habló como un aficionado más, sino como una referencia histórica de la disciplina que suele intervenir cuando percibe que el umbral mínimo de criterio uniforme se está resquebrajando. En este tipo de casos, el valor de su mensaje no reside en decidir si hubo o no infracción, sino en exponer la fragilidad del consenso arbitral.

La jugada tuvo un desarrollo técnico claro: recuperación de Correa en mitad de cancha, descarga hacia Lucas Beltrán, filtrado al área y disputa cerrada entre Banegas, Barrionuevo y el delantero campeón del mundo. Cuando Banegas fue al piso e impactó en el gemelo derecho de Correa, el atacante cayó y River pidió penal de inmediato. El VAR acompañó el criterio de campo. Ese doble aval sobre la misma acción es lo que convierte el caso en algo más que una simple polémica: si árbitro principal y sala de video coinciden en una lectura que una parte amplia del estadio considera errónea, el problema deja de ser aislado y pasa a ser sistémico.

El impacto más inmediato se vio en River, pero la derivación más profunda alcanza a todo el ecosistema competitivo. Para un plantel y un cuerpo técnico, una decisión así no es un detalle: modifica el mapa emocional del partido, condiciona la administración de riesgos y alimenta la sensación de que el esfuerzo deportivo puede quedar subordinado a un criterio ajeno o, peor, inconsistente. En torneos cortos, donde una sola jugada puede alterar la tabla y la clasificación a copas o playoffs, la percepción de arbitrariedad pesa casi tanto como la arbitrariedad misma. Cuando la confianza cae, cada contacto dentro del área empieza a leerse bajo sospecha, y esa sospecha altera la conducta de jugadores, entrenadores y hasta dirigentes.

Hay aquí una primera idea que conviene subrayar: el debate ya no gira solo alrededor de si fue penal, sino alrededor de la capacidad del sistema para producir decisiones previsibles. En fútbol, la unanimidad es imposible; la previsibilidad, en cambio, debería ser un estándar mínimo. Si una misma clase de contacto recibe tratamientos distintos según estadio, árbitro o temperatura del partido, la competencia pierde calidad regulatoria. El problema no es la existencia del error humano, que es inevitable, sino la repetición de criterios opacos o inestables que impiden distinguir un desacierto puntual de una falla estructural.

Una segunda lectura apunta al VAR como promesa parcialmente incumplida. La tecnología no elimina la interpretación, apenas la ordena. En la práctica, el video arbitraje fue diseñado para corregir errores claros y manifiestos, no para reemplazar el juicio del juez. Pero en ligas con fuerte presión ambiental y baja tolerancia pública al fallo, esa frontera se desdibuja. Cuando el VAR no interviene en una acción que amplios sectores consideran revisable, deja de operar como garantía y pasa a ser parte del conflicto. El caso River-Tigre muestra una paradoja conocida: el sistema que debía reducir la controversia termina amplificándola porque sus límites no están lo suficientemente transparentes para el espectador ni lo bastante estables para los protagonistas.

La experiencia comparada ayuda a dimensionar el problema. En competiciones como la Premier League o la Champions League, los comités arbitrales suelen publicar criterios más explícitos sobre el uso del VAR y, aunque eso no evita discusiones, sí reduce el margen para la sospecha de discrecionalidad. En Argentina, donde la desconfianza histórica hacia el arbitraje convive con una alta sensibilidad política y mediática, cada silencio institucional se paga caro. Cuando no hay explicación pública, el vacío lo llenan la interpretación partidaria, la presión de los clubes y el juicio instantáneo de las redes. La consecuencia es conocida: el árbitro pasa a ser evaluado no por la precisión de sus decisiones, sino por su capacidad de resistir el conflicto.

También hay una tercera línea de análisis menos visible pero decisiva: el efecto que este tipo de episodios tiene sobre la autoridad del propio VAR. Si la herramienta se usa de forma selectiva o si su criterio de intervención parece errático, se corre el riesgo de degradar su utilidad. Los futbolistas aprenden rápido qué protestas prosperan y cuáles no; los cuerpos técnicos ajustan su estrategia emocional en función de ese aprendizaje. A largo plazo, eso genera un mercado de expectativas distorsionado: se reclama antes de jugar, se sospecha antes de analizar y se discute antes de aceptar. En ese clima, incluso las decisiones correctas quedan expuestas a ser leídas como caprichosas.

Los diferentes actores del fútbol miran este episodio desde ángulos no siempre compatibles. River ve una infracción no sancionada que pudo modificar el partido y, por extensión, su propia campaña. Tigre recibe el beneficio de una decisión que lo favorece, pero también carga con la sospecha externa de haber sido protegido por una lectura demasiado indulgente. El árbitro principal defiende una interpretación de campo que, si no está bien explicada, queda desarmada en la opinión pública. Y el VAR aparece como un actor decisivo pero poco legible, capaz de incidir en el resultado sin dejar una narrativa convincente sobre su intervención o su abstención. Nadie queda del todo conforme, y esa es precisamente la señal de un sistema que necesita revisar su protocolo de comunicación además de sus criterios técnicos.

La tendencia futura dependerá menos de una jugada aislada que de la respuesta institucional que reciba. Si la dirigencia arbitral y la liga eligen el silencio, casos como este se acumularán como pruebas de una desorganización mayor. Si, en cambio, se fortalecen la difusión de criterios, la capacitación unificada y la rendición de cuentas posterior a cada fecha, el VAR puede recuperar parte de la credibilidad perdida. No hará desaparecer el desacuerdo, pero sí puede volverlo razonado. En el fútbol contemporáneo, donde el escrutinio es permanente y cada imagen se multiplica en segundos, la autoridad ya no se sostiene solo con el silbato: exige consistencia, explicación y un estándar común que sobreviva a la presión del momento.

El riesgo de fondo es que el debate quede reducido a la bronca del día siguiente, cuando en realidad lo que está en juego es mucho más amplio. Una competencia que no consigue hacer entendibles sus decisiones arbitrales termina debilitando su propio producto deportivo. Y cuando esa erosión se instala, no importa demasiado si la jugada de River ante Tigre era penal o no; importa que cada partido empiece a parecer una nueva versión de la misma duda.

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