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El retroceso voluntario en banquillos de élite

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El fútbol profesional atraviesa una fase en la que varios entrenadores consolidados optan por roles secundarios tras haber dirigido equipos de primer nivel. Esta decisión rompe con la trayectoria lineal que tradicionalmente lleva de las categorías base a la titularidad absoluta. Juanma Lillo, con experiencia en diecisiete clubes distintos, ha manifestado su interés en incorporarse como asistente de la selección mexicana bajo Rafa Márquez. Su trayectoria incluye etapas como primer entrenador en el Al Sadd y en equipos españoles, pero también periodos fructíferos junto a Jorge Sampaoli y Pep Guardiola.

Las experiencias de Oltra y Ayestaran como anclajes concretos

José Luis Oltra ha explicado con detalle cómo su relación previa con Quique Setién en el Valencia y en el Sevilla facilita la colaboración actual en el Alavés. El técnico valenciano de 57 años destaca que la confianza mutua permite compartir ideas sin que el rol secundario genere fricciones. Pako Ayestaran, por su parte, ha combinado funciones de primer entrenador, director deportivo y asistente a lo largo de tres décadas. Su reciente etapa junto a Unai Emery en la Premier League terminó hace pocas semanas, y el propio Ayestaran señala que la madurez adquirida le permite dosificar intervenciones y respetar los momentos de reflexión del titular.

Estos casos no responden a un único motivo. Algunos entrenadores buscan estabilidad familiar tras años de desplazamientos constantes, mientras otros valoran la posibilidad de seguir aprendiendo sin la presión de las ruedas de prensa diarias. La decisión de Paco Jemez de ayudar puntualmente a Nuno Espírito Santo en el West Ham ilustra un patrón intermedio: aceptó el rol de forma temporal y ya ha descartado repetirlo porque se considera más orientado al liderazgo principal.

Contrastes entre ambición individual y lealtad compartida

La perspectiva de los clubes revela una ventaja clara: contar con un segundo de amplia experiencia reduce el margen de error en la toma de decisiones tácticas y en la gestión de vestuario. Sin embargo, surge el riesgo de que el asistente acumule influencia excesiva y genere tensiones cuando las expectativas de ambos no coinciden. El ejemplo histórico de Brian Clough y Peter Taylor, que lograron dos títulos europeos con el Nottingham Forest, muestra cómo la complementariedad puede elevar el rendimiento colectivo, pero también cómo una ruptura posterior puede dañar la imagen pública de ambos.

Desde el punto de vista de los jugadores, la presencia de un segundo experimentado ofrece canales adicionales de comunicación y feedback más cercano. En cambio, algunos futbolistas perciben que la jerarquía se diluye y que las instrucciones pueden llegar de fuentes distintas. Los medios de comunicación, habituados a centrarse en la figura del entrenador principal, tienden a minimizar el aporte de los asistentes hasta que se produce un cambio de titular.

El peso de la madurez frente a la prisa por destacar

Uno de los elementos diferenciadores de esta tendencia es la mayor disposición de los técnicos veteranos a aceptar un rol subordinado cuando ya han acumulado suficiente recorrido. La madurez permite reconocer los momentos en que conviene aportar datos y los momentos en que es preferible guardar silencio. Esta capacidad de dosificación contrasta con la actitud de algunos asistentes más jóvenes que, tras unos meses, presionan por obtener mayor protagonismo o incluso cuestionan públicamente al titular.

El caso de Robert Moreno con Luis Enrique ilustra cómo la impaciencia puede precipitar una ruptura. Moreno, que había actuado como segundo, asumió la selección española de forma interina y posteriormente buscó mantener el cargo, lo que derivó en un conflicto público. Situaciones similares han ocurrido en otros clubes donde el asistente interpreta que su aportación justifica un ascenso inmediato.

Riesgos estructurales y proyecciones futuras

La normalización de estos retrocesos voluntarios podría alterar el mercado de entrenadores. Los clubes podrían preferir contratar parejas consolidadas en lugar de perfiles individuales, lo que reduciría las oportunidades para técnicos que solo han trabajado como primeros. Además, existe el peligro de que la lealtad exigida al segundo limite su capacidad de disentir en momentos críticos, afectando la calidad del debate interno.

En el horizonte inmediato, es probable que más selecciones y clubes europeos busquen asistentes con experiencia previa como titulares, especialmente en contextos de transición o reconstrucción. Esta práctica podría extenderse a ligas emergentes donde la presión mediática es menor y el aprendizaje compartido resulta más valorado. Sin embargo, la sostenibilidad del modelo dependerá de que las instituciones regulen claramente las funciones y los mecanismos de resolución de conflictos entre ambos roles.

La evolución de esta tendencia también plantea preguntas sobre la formación de futuros entrenadores. Si el camino habitual deja de ser ascendente, las academias y federaciones podrían necesitar revisar sus programas para incluir módulos específicos sobre colaboración en cuerpos técnicos y gestión de egos compartidos. El equilibrio entre ambición personal y contribución colectiva seguirá siendo el factor determinante para que estas parejas funcionen a largo plazo.

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