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El susto de Pogacar que cambió la Vuelta

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Hay carreras que se ganan y otras que anuncian una carrera entera. La Vuelta a España de 2019 pertenece a la segunda categoría para Tadej Pogacar. El esloveno terminó tercero, a 2:55 del vencedor, Primoz Roglic, pero el dato más importante no fue la posición final: fue la sensación de que un corredor de 20 años, en su primera gran vuelta, podía alterar la jerarquía de un pelotón construido alrededor de nombres mucho más consolidados.

Aquel episodio vuelve a adquirir relevancia porque Pogacar regresa ahora a la Vuelta con una condición radicalmente distinta. Ya no es el joven que busca confirmar una prometedora temporada de debut, sino el favorito que concentra la vigilancia táctica, la presión mediática y la responsabilidad de un UAE Team Emirates convertido en una de las estructuras dominantes del ciclismo mundial. La comparación entre ambos momentos permite medir no solo su evolución, sino también cuánto ha cambiado el propio ecosistema de las grandes vueltas.

El dato decisivo no fue el podio

Pogacar llegó a la Vuelta de 2019 después de una primera campaña WorldTour que ya contenía señales extraordinarias. Había ganado etapas en la Volta al Algarve y el Tour de California, la general de esta última prueba y cuatro clasificaciones de mejor joven, además del campeonato esloveno contrarreloj. La Vuelta era apenas su octava carrera WorldTour, pero no acudió como un debutante convencional: acudió con un historial competitivo que justificaba la expectativa, aunque no todavía la obligación de ganar.

El contexto de su equipo también importa. El UAE de entonces estaba lejos de la profundidad actual. Fabio Aru debía ejercer como referencia montañosa junto a Pogacar, pero no pudo tomar la salida en la decimotercera etapa. La mayor fortaleza colectiva estaba en los esprints, con Fernando Gaviria en un momento alto de su trayectoria y Juan Sebastián Molano como lanzador. Sin embargo, Gaviria solo alcanzó un tercer puesto en la cuarta etapa. El equipo acudió con una lógica parcialmente orientada a las llegadas masivas y terminó encontrando su mayor rendimiento en un joven escalador que todavía no era el centro absoluto del proyecto.

Ese desajuste entre el plan inicial y el resultado revela una primera conclusión: el rendimiento de Pogacar no fue simplemente una victoria individual sobre rivales concretos, sino una demostración de que podía asumir responsabilidades que la estructura no había diseñado completamente para él. Ganó tres etapas, más que cualquier otro corredor de aquella edición, y se convirtió en el principal factor de incertidumbre de la clasificación general.

Tres ataques, tres lecciones tácticas

La primera victoria llegó en Andorra, en una jornada corta y feroz: menos de 100 kilómetros y unos 3.300 metros de desnivel positivo. Ese tipo de etapa reduce la importancia de la acumulación de fuerzas y aumenta el valor de la lectura instantánea. Pogacar entendió que las dudas del Movistar entre defender el liderato y buscar la etapa podían abrir una ventana. No necesitó controlar toda la jornada; le bastó con identificar el momento en que el control colectivo dejó de ser eficaz.

El segundo triunfo, en el Monumento Vaca Pasiega, tuvo una lectura diferente. Con 4.179 metros de desnivel, la selección se produjo por resistencia y no solo por aceleración. Pogacar fue el único capaz de mantener el ritmo de Roglic, entonces líder, y el propio esloveno cedió la victoria a su compatriota en la línea de meta. Aquel gesto tuvo un valor deportivo y simbólico: Pogacar no solo estaba cerca del líder, también podía convertirse en un aliado circunstancial de quien acabaría ganando la carrera.

La tercera victoria fue la más reveladora. En la etapa reina, con la general tensionada y múltiples intereses cruzados, Pogacar atacó en Peña Negra, a aproximadamente 40 kilómetros de meta. Nadie respondió de inmediato. Sus rivales estaban ocupados intentando descolgar a Roglic o evitando perder su rueda. Esa indecisión permitió que el joven esloveno enlazara con los corredores escapados y avanzara hacia la meta con una libertad que, en una gran vuelta, suele estar reservada a quienes ya han demostrado que pueden ganar.

Fernando Escartín, director deportivo de la Vuelta, describió años después el alcance de aquella maniobra: Pogacar llegó a situarse a unos tres minutos y, durante un tramo, fue líder virtual. La reacción posterior del grupo principal evitó que la carrera cambiara de ganador, pero no impidió que el esloveno desplazara a Nairo Quintana del tercer puesto. Roglic conservó la general; Alejandro Valverde mantuvo la segunda posición; Pogacar quedó tercero. La clasificación final fue estable, pero la autoridad táctica de la carrera había sido puesta en cuestión.

La primera gran idea: atacar también es gestionar la incertidumbre

El ataque de Peña Negra suele recordarse por su distancia y por la juventud de su protagonista. Su significado más profundo está en otra parte: Pogacar convirtió la duda de los demás en una herramienta ofensiva. En una carrera con cuatro corredores de enorme reputación —Roglic, Valverde, Quintana y el propio Pogacar—, nadie quería asumir el coste de perseguir demasiado pronto ni el riesgo de favorecer a un rival directo. El esloveno aprovechó esa parálisis.

La lección es aplicable a la evolución del ciclismo de grandes vueltas. El control mediante equipos fuertes sigue siendo decisivo, pero funciona peor cuando los intereses de los favoritos dejan de coincidir. Un líder puede querer defender la carrera; un segundo clasificado, buscar la victoria; un tercero, proteger el podio; y un corredor joven, aprovechar la oportunidad. En ese escenario, la potencia colectiva pierde valor si no existe una decisión común sobre quién debe asumir la persecución.

Pogacar no ganó la general porque la distancia y la respuesta del grupo terminaron imponiendo límites. Pero sí mostró una capacidad que más tarde definiría su carrera: saber distinguir entre un ataque destinado a obtener segundos y otro destinado a transformar la psicología de la competición. En 2019 consiguió ambas cosas. Sus rivales tuvieron que moverse no porque el plan inicial lo exigiera, sino porque él les obligó a revisar sus prioridades.

UAE pasó de acompañar el talento a blindarlo

La transformación del UAE Team Emirates es inseparable de la transformación de Pogacar. En 2019, la estructura aún dependía de una combinación de líderes con trayectorias diferentes y de un bloque de velocistas. En la actualidad, el equipo se construye alrededor de una figura capaz de disputar etapas de montaña, contrarrelojes, clásicas y clasificaciones generales. Esa versatilidad ha elevado el valor comercial del corredor, pero también ha encarecido la obligación táctica de la plantilla.

Cuando un equipo acompaña a una promesa, puede aceptar pérdidas de tiempo, experimentos y ataques sin una consecuencia inmediata para el proyecto. Cuando acompaña al favorito, cada movimiento se interpreta como parte de una estrategia de defensa o de conquista. Los compañeros deben controlar fugas, proteger al líder del viento, posicionarlo antes de los puertos y responder a ataques de rivales. El margen para improvisar se reduce, aunque el corredor conserve el instinto ofensivo que lo hizo diferente.

Este cambio afecta a todo el mercado deportivo del ciclismo. Un campeón capaz de competir por objetivos distintos durante casi toda la temporada atrae patrocinadores, eleva la audiencia y permite al equipo justificar inversiones en talento, tecnología y personal. Pero también concentra el riesgo. Una caída, una enfermedad o una mala preparación pueden alterar la visibilidad y el retorno de una estructura que ha orientado buena parte de sus recursos hacia un único líder.

El favorito ya no disfruta de la sorpresa

La Vuelta de 2019 ofrecía a Pogacar un escenario ideal para atacar: los rivales dudaban de su capacidad para sostener tres semanas de competición y no tenían todavía un protocolo específico para neutralizarlo. Esa ventaja desaparece cuando el corredor es el principal favorito. El pelotón conoce su explosividad, su resistencia y su disposición a moverse lejos de meta. También conoce el coste de dejarle varios minutos, como ocurrió durante aquella etapa de la Sierra de Gredos.

Para sus rivales, la respuesta lógica será endurecer la carrera antes de que Pogacar pueda elegir el momento. Eso puede traducirse en un mayor control de las fugas, ritmos elevados en los puertos previos y ataques de corredores secundarios para obligar al UAE a gastar hombres. La paradoja es evidente: cuanto más se intenta aislar al favorito, más posibilidades existen de convertir la carrera en una sucesión de movimientos difíciles de controlar. La vigilancia puede reducir sus opciones, pero también puede crear el desorden que mejor aprovecha.

Para Pogacar, el desafío no consiste únicamente en ser el más fuerte. Debe decidir cuándo no atacar. En 2019 podía permitirse correr con ambición casi experimental: un mal cálculo habría afectado a un podio posible, no necesariamente a una campaña entera. Ahora cada aceleración será evaluada como una declaración de dominio. Gastar energía para ganar una etapa puede ser rentable si consolida la general, pero puede resultar contraproducente si abre una oportunidad a rivales más conservadores.

La carrera también pertenece a quienes no pueden ganar

La historia suele centrarse en los cuatro nombres del podio, pero la dinámica de 2019 implicó a muchos más actores. Los equipos sin opciones de clasificación general necesitaban entrar en fugas, buscar visibilidad para sus patrocinadores y proteger sus oportunidades de victoria. Los conjuntos con líderes situados detrás de Roglic debían decidir si colaborar en la persecución o esperar que otros asumieran el desgaste. Cada decisión estaba condicionada por objetivos deportivos y económicos distintos.

Para los organizadores, una etapa como la de Peña Negra demuestra el valor de diseñar recorridos capaces de producir incertidumbre. Una jornada con un puerto decisivo a unos 40 kilómetros de meta permitió que el ataque naciera antes de la subida final y que la carrera se desarrollara en varios frentes. El espectáculo no dependió de un sprint ajustado ni de una diferencia mínima en la última rampa, sino de la posibilidad de que la clasificación completa se reordenara.

Existe, sin embargo, una discusión legítima sobre los límites de este modelo. Las etapas extremadamente agresivas pueden generar imágenes memorables, pero también aumentan el desgaste y la exposición al riesgo. Si los equipos endurecen la carrera desde el inicio para aislar al favorito, los corredores menos protegidos pueden afrontar jornadas de estrés elevado, especialmente en descensos, zonas estrechas o aproximaciones a puertos. La búsqueda de espectáculo debe convivir con una gestión más rigurosa de la seguridad.

El nuevo ciclo: más control, más datos y más presión

La evolución del ciclismo profesional apunta hacia una combinación de control científico y audacia individual. Los equipos disponen de más información sobre potencia, consumo energético, tiempos de recuperación y comportamiento de los rivales. Esa precisión puede hacer más difícil que prospere una fuga como la de Pogacar. Pero los datos no eliminan la incertidumbre: un corredor puede atacar por encima de la previsión, una alianza puede romperse o un líder puede quedar aislado después de una caída.

El caso de Pogacar sugiere que la ventaja competitiva del futuro no estará solo en producir más vatios, sino en interpretar mejor el momento táctico. Las escuadras deberán formar corredores capaces de leer situaciones cambiantes y no únicamente gregarios especializados en mantener un ritmo fijo. También tendrán que diseñar planes alternativos para cuando el líder pierda compañeros, cuando una fuga obtenga una ventaja excesiva o cuando un rival lance un movimiento a más de una hora de la meta.

En ese contexto, la Vuelta puede convertirse en un laboratorio particularmente exigente. Su variedad de finales, la concentración de desnivel y la frecuencia de etapas abiertas favorecen ataques no convencionales. Si Pogacar llega con la forma esperada, sus adversarios tendrán dos opciones imperfectas: permitirle correr y arriesgarse a que repita la ofensiva de 2019, o controlar desde lejos y consumir recursos antes de la última semana. Ninguna garantiza neutralizarlo.

La amenaza menos visible está fuera de la carretera

La condición de favorito también introduce riesgos que no aparecen en la clasificación. La atención permanente puede alterar la preparación, la relación con los medios y la manera en que el equipo administra sus esfuerzos. Cada gesto del UAE será examinado: una pérdida de posiciones, una respuesta tardía o una jornada de debilidad pueden convertirse en una crisis narrativa antes de que exista una consecuencia deportiva definitiva.

Hay además un riesgo estratégico para el propio ciclismo. La popularidad de Pogacar puede impulsar audiencias y atraer nuevos seguidores, pero una competición demasiado dependiente de un solo protagonista puede empobrecer la percepción de incertidumbre. Si el resultado parece decidido antes de la montaña, el interés puede desplazarse de la carrera a la confirmación de un pronóstico. Los organizadores y los equipos rivales necesitan construir alternativas competitivas, no esperar únicamente un fallo del campeón.

El precedente de 2019 ofrece precisamente esa esperanza. Pogacar no necesitó disponer del equipo más poderoso ni llevar el maillot de líder para modificar la carrera. Le bastó con aprovechar una combinación de terreno, intereses enfrentados y confianza personal. Ahora llega con más recursos, más experiencia y una responsabilidad mayor. La pregunta ya no es si puede dar un susto a los grandes favoritos, sino si los grandes favoritos pueden obligarle a correr una Vuelta que no se parezca a la que él ayudó a descubrir.

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