Pepe Peiró llega a Birmingham con una consigna que combina ambición y prudencia: España viaja «con todo y a por todo», pero sin convertir el campeonato de Europa en una simple colección de pronósticos de medallas. La selección española, formada por 93 atletas, afronta desde el próximo lunes en el Alexander Stadium la gran cita internacional del año con una pregunta de mayor alcance que el número de podios: hasta qué punto ha consolidado su crecimiento competitivo y si dispone de una estructura capaz de sostenerlo en el tiempo.
La cita tiene además un valor simbólico. Será la primera edición de los Europeos disputada en suelo inglés, en un estadio que ya ha acogido grandes acontecimientos del atletismo internacional. Para España, competir allí significa medirse con una de las potencias continentales en su propio escenario y comprobar la distancia real respecto a los países que suelen dominar la clasificación por medallas y puntos. Peiró reconoce la fortaleza británica, pero también sostiene que el equipo español no acude como comparsa. La amplitud de la convocatoria y la diversidad de sus opciones explican esa confianza.
Un equipo construido sobre varias generaciones
La lista española reúne figuras consolidadas, especialistas que buscan confirmar su posición y jóvenes llamados a asumir responsabilidades en los próximos ciclos olímpicos. Quique Llopis defenderá su plata continental en las vallas; María Pérez vuelve a presentarse como una de las referencias de la marcha; Mohamed Attaoui y David Barroso concentran expectativas en los 800 metros; y nombres como Marta García, Fátima Diame, Carolina Robles, Adrián Ben o Dani Arce amplían el radio de acción de la selección.
La importancia de esta combinación no es únicamente deportiva. En un campeonato de Europa, una delegación numerosa puede competir en varias rondas, sumar finalistas y acumular puntos aunque no todos sus integrantes opten al podio. Esa profundidad permite evaluar la salud de un sistema con más precisión que una actuación aislada. Un país puede celebrar varias medallas y, sin embargo, mostrar debilidades en las posiciones intermedias; también puede mejorar de forma sustancial si multiplica sus finalistas, aunque el balance dorado no sea extraordinario.
Por eso Peiró concede un valor especial a la clasificación por puntos. Su planteamiento refleja una tensión habitual en el deporte de alto nivel: la medalla ofrece visibilidad inmediata, mientras que los puestos de finalista revelan la cantidad de atletas capaces de competir cerca de la élite. Para una federación, esa segunda medida es decisiva. Una selección que coloca regularmente a sus deportistas entre los ocho mejores genera experiencia, atrae recursos y crea referentes para las categorías inferiores.

La respuesta a un campeonato nacional irregular
El principal antecedente inmediato no fue perfecto. Los Campeonatos de España celebrados en Málaga dejaron resultados por debajo de las expectativas, especialmente por las condiciones meteorológicas del segundo día. Peiró introduce una cautela razonable: no se puede medir el estado de toda una selección a partir de un campeonato nacional afectado por circunstancias concretas. El calor, el viento o una mala combinación de horarios pueden alterar marcas y decisiones tácticas, sobre todo en pruebas técnicas y en las carreras que exigen administrar esfuerzos.
Sin embargo, tampoco conviene utilizar la meteorología como explicación universal. Birmingham ofrecerá un contexto distinto, con condiciones más homogéneas para todos, pero la presión competitiva será mayor y las rondas exigirán respuestas rápidas. La mejora deberá comprobarse en aspectos tangibles: capacidad para avanzar de ronda, gestión de las carreras tácticas, regularidad en los concursos y resistencia mental cuando el resultado dependa de un solo intento o de los últimos metros.
El propio seleccionador ha intentado proteger al grupo de una presión excesiva. Habla de una cifra «alrededor de ocho» medallas como escenario factible, pero evita presentarla como una obligación. Esa formulación puede ser útil: fija una referencia pública sin convertirla en un examen binario. Si el rendimiento se juzga únicamente por el metal, un cuarto puesto puede parecer un fracaso; si se analiza la evolución completa, una final alcanzada tras mejorar marca personal o superar una ronda inesperada también puede representar un avance significativo.
Las pruebas donde España puede marcar diferencias
La marcha aparece como uno de los pilares más fiables. María Pérez es la apuesta personal de Peiró porque su trayectoria combina resultados, experiencia y capacidad para competir bajo presión. Su presencia puede aportar una medalla, pero también liderazgo dentro de un grupo que necesita transformar la expectativa en ejecución. En este tipo de campeonatos, la experiencia de una atleta acostumbrada a gestionar ritmos, sanciones y cambios de escenario tiene un efecto que va más allá de su clasificación individual.
Los relevos constituyen otro termómetro relevante. El seleccionador identifica a los equipos de 4×400, tanto mixto como femenino, como los que parten con mejor posición en el ranking, mientras que el relevo corto femenino conserva una expectativa permanente de competitividad. Estas pruebas dependen menos de una figura aislada que de la coordinación del conjunto: entregas limpias, selección de componentes, orden de las postas y capacidad para correr bajo presión. Una buena actuación en Birmingham reforzaría la idea de que España puede competir colectivamente, no solo mediante talentos individuales.
El mediofondo ofrece una mezcla de certezas y posibilidades. Attaoui llega, según Peiró, cerca de su mejor versión y ya mostró en Málaga un cambio de ritmo de alto nivel, aunque con margen de mejora táctica. Barroso ha mantenido una temporada sólida y afronta el campeonato con continuidad competitiva. En 1.500 metros, Adrián Ben conserva su perfil competitivo y Mariano García aporta el peso de un campeón del mundo. La cuestión será si pueden imponer su carrera o adaptarse a finales lentas y tácticas, un escenario en el que la colocación suele ser tan importante como la marca.
En el 800 femenino, la valoración positiva de las tres representantes ensancha las opciones españolas. Esa pluralidad importa porque reduce la dependencia de un único resultado. Si varias atletas alcanzan semifinales o final, la selección no solo sumará puntos: también demostrará que existe una base capaz de reproducir el rendimiento en una especialidad tradicionalmente exigente.
La generación que debe convertir promesas en resultados
Peiró destaca entre los jóvenes a McGrath y Aldara, una señal de que Birmingham también se interpreta como una plataforma de relevo. El salto de una categoría prometedora al nivel absoluto suele estar lleno de obstáculos: el ritmo de las rondas es más alto, los rivales cometen menos errores y la exposición mediática puede modificar la gestión de la competición. Una actuación valiosa no tiene por qué traducirse en medalla. Para estos atletas, ganar experiencia en un estadio lleno, competir en una final o sostener el nivel ante rivales de primer orden puede ser más importante que un resultado puntual.
La presencia de jóvenes en una selección amplia produce además un efecto interno. Los atletas emergentes entrenan y compiten junto a referentes como María Pérez o Mariano García, observan sus rutinas y aprenden a manejar viajes, calentamientos y momentos decisivos. Esa transmisión no aparece en las estadísticas, pero ayuda a explicar por qué algunos equipos logran mantener una generación competitiva durante años y otros dependen de ciclos aislados.
El caso de las bajas de Ana Peleteiro y Jordan Díaz recuerda, al mismo tiempo, la fragilidad de cualquier pronóstico. Son ausencias importantes por razones diferentes y privan al equipo de dos nombres con capacidad para alterar el balance final. Peiró confía en que ambos lleguen a los Europeos de pista cubierta de marzo en Valencia. La expectativa abre una segunda ventana de evaluación, aunque también evidencia que una estructura sólida debe disponer de alternativas cuando sus principales figuras no pueden competir.
El déficit que se ve lejos de los focos
La parte más significativa de la entrevista aparece cuando Peiró habla del dinero. Si el atletismo español recibiera más apoyo económico, lo dirigiría hacia las disciplinas que no brillan con la misma intensidad que la longitud o el 1.500 masculino. La referencia no es menor: el problema no consiste necesariamente en la falta de campeones, sino en la escasez de atletas de nivel próximo a la élite en determinadas pruebas.
Los lanzamientos son el ejemplo más claro. Cuando una federación dispone de pocos atletas seleccionables en una especialidad, una lesión, un cambio de entrenador o una mala temporada pueden dejar un vacío inmediato. La inversión debería cubrir varios niveles: detección temprana de talentos, instalaciones adecuadas, técnicos especializados, apoyo médico y continuidad para que los deportistas no abandonen antes de alcanzar la madurez competitiva. Sin esa cadena, los éxitos individuales no se convierten en una tradición nacional.
El razonamiento también puede aplicarse a otras pruebas menos visibles. La financiación concentrada en las disciplinas que ya producen resultados ofrece réditos rápidos, pero corre el riesgo de ampliar las desigualdades internas. En cambio, fortalecer los sectores deficitarios tarda más y exige aceptar temporadas sin grandes titulares. El beneficio aparece después, cuando la selección puede competir con mayor equilibrio y no depende de tres o cuatro especialidades para sostener toda su clasificación.
Birmingham como diagnóstico, no como veredicto
El campeonato permitirá medir varias tendencias a la vez: la capacidad de los favoritos para responder, la madurez de los jóvenes, la eficacia de los relevos y la profundidad de las disciplinas menos consolidadas. El resultado tendrá consecuencias sobre la percepción pública del atletismo español y sobre la capacidad de la federación para defender nuevas inversiones. Ocho medallas convertirían la cita en un éxito visible, pero una mejora amplia en finalistas podría ser incluso más relevante para el futuro.
La verdadera prueba consistirá en saber si la confianza de Peiró descansa únicamente en una generación talentosa o en un proyecto capaz de producir rendimiento de forma repetida. Birmingham no resolverá por sí solo las carencias de los lanzamientos ni garantizará el relevo de las figuras ausentes. Sí puede ofrecer, en cambio, una radiografía precisa: quién está preparado para competir ahora, qué jóvenes pueden sostener el siguiente ciclo y qué áreas necesitan dejar de depender de la improvisación.
España llega con ambición, pero también con una oportunidad de medir su evolución sin maquillajes. Las medallas decidirán los titulares; los finalistas, los puntos y la distribución de los resultados dirán mucho más sobre el estado real del atletismo nacional. La apuesta de Peiró por ir «con todo y a por todo» solo tendrá valor duradero si Birmingham sirve para convertir la confianza de hoy en una estructura más amplia y resistente mañana.
