España puso el broche a un Europeo de París memorable con la medalla de plata en equipo acrobático, la rutina que más expectativas había generado durante la temporada. Al ritmo de Berghain, de Rosalía, el conjunto convirtió una prueba de ejecución y dificultad en una propuesta escénica capaz de conectar con un público mucho más amplio que el habitual de la natación artística.
Una plata con impacto internacional
La coreografía se estrenó el 31 de mayo en la Copa del Mundo de Pontevedra, después de que un vídeo difundido dos semanas antes disparara la expectación. Las entradas para aquella presentación se agotaron y la propia Rosalía recibió al equipo y aportó sugerencias para perfeccionar el ejercicio. El interés no respondió únicamente al resultado deportivo: España planteó una identidad reconocible, arriesgada y alejada de las rutinas convencionales.

El equipo español explicó que había priorizado la ejecución sobre una acumulación de dificultad, con el objetivo de elevar las acrobacias y generar una impresión visual distinta. Esa decisión revela una evolución estratégica: en una disciplina cada vez más exigente, la ventaja no siempre está en añadir elementos, sino en hacer que cada movimiento tenga una función narrativa y llegue con claridad al espectador.
España abandona Francia con ocho medallas: un oro, cinco platas y dos bronces. Iris Tió fue la gran protagonista, con seis metales —oro en solo técnico, cuatro platas y un bronce—, mientras que también destacaron las platas del dúo mixto libre, el dúo libre y los otros dos equipos. Los bronces correspondieron a Tió y Jordi Cáceres en los solos libres.
La plata acrobática no fue el único éxito, pero sí el símbolo más claro de una selección inconformista, ambiciosa y dispuesta a competir también desde la creatividad. La rutina no solo cerró la temporada con una medalla: consolidó una forma de entender la natación artística española que busca emocionar tanto como ganar.
