InicioDeportesFútbolEspaña y Canarias: identidad abierta

España y Canarias: identidad abierta

Fecha:

Artículos relacionados

El oro de 2006 dejó una herencia decisiva, pero también una exigencia nueva para el baloncesto español

Veinte años después, el Mundial conquistado por España en Saitama sigue siendo mucho más que el primer gran título de la selección abso

Ter Stegen convierte la ausencia de su padre en una lección sobre la familia

Marc-André ter Stegen ha explicado que su padre abandonó a la familia cuando él tenía diez años y que nunca volvió a verlo. E

El récord de Flick redefine el debate sobre el nuevo modelo competitivo del Barcelona

El Barcelona de Hansi Flick ha convertido las cuatro primeras jornadas de LaLiga en una declaración de intenciones. Cuatro victorias, 17

Leclerc queda pendiente de autorización médica tras su accidente en Monza antes del estreno del Madring

Ferrari mantiene todas sus previsiones abiertas sobre la participación de Charles Leclerc en el regreso de la Fórmula 1 a

Una pancarta sobre Ceuta y Melilla reabre el debate político en un estadio de Fez

Los aficionados del Magreb de Fez, conocido como MAS Fez, exhibieron este domingo una gran pancarta con el lema «Ceuta y Melilla,

Durante años, la selección española funcionó como un espejo incómodo: para unos, era la confirmación de una pertenencia común; para otros, una etiqueta demasiado cargada de código cultural, político y emocional. El texto de Roberto Miño Reig parte de esa fractura simbólica para sostener una tesis que va más allá del fútbol: las identidades nacionales y regionales ya no se sostienen por la pureza, sino por su capacidad de integrar diferencias sin exigir uniformidad. La idea no es nueva en términos históricos, pero sí gana relevancia en un momento de fatiga con los relatos excluyentes y de competencia creciente entre territorios por atraer talento, inversión y afinidad social.

La clave del argumento está en la nueva generación de futbolistas españoles, presentada como una España menos inquisitiva y más plural. No se trata solo de perfiles diversos, sino de una forma distinta de representar el país: jóvenes de distintos orígenes, con acentos, trayectorias, religiones y códigos de vida distintos, que no piden permiso para ser españoles. Esa naturalidad tiene efectos concretos en la esfera pública. Normaliza una idea de país menos reglada y, sobre todo, reduce el coste simbólico de pertenecer. En términos sociológicos, cuando una identidad deja de exigir homogeneidad, amplía su base de adhesión y rebaja el conflicto de entrada.

Esa lectura tiene una traducción especialmente nítida en Canarias. La comparación con Roma y con Adriano no es solo retórica: sirve para defender que una comunidad política se fortalece cuando incorpora orígenes distintos sin diluirlos. En el caso canario, el mensaje es aún más preciso porque el archipiélago ha construido una identidad compartida sobre una diversidad interna muy marcada. No hablamos de una variedad folclórica, sino de diferencias reales en léxico, hábitos, paisaje, memoria histórica y relación con el territorio. La cohesión canaria no ha dependido de borrar esas diferencias, sino de convertirlas en parte de una misma arquitectura afectiva.

Hay aquí un primer punto de fondo que merece atención: la identidad no es un inventario de rasgos, sino una infraestructura de pertenencia. Esto cambia el debate de forma radical. Si la identidad se entiende como lista cerrada, cada rasgo ajeno se vive como amenaza. Si se entiende como marco común, la diversidad deja de ser una anomalía y pasa a ser una fuente de legitimidad. Ese giro explica por qué determinados símbolos colectivos funcionan mejor cuando no imponen una narrativa única. También explica por qué la selección española, en esta etapa, puede resultar más cercana a sectores que antes la observaban con distancia: no porque haya dejado de ser España, sino porque ha dejado de actuar como si hubiera una sola manera correcta de encarnarla.

La segunda consecuencia tiene que ver con el mundo económico y territorial. En un entorno donde regiones y países compiten por retener población joven, captar inversión y sostener actividad cualificada, la imagen de una comunidad abierta pesa tanto como los incentivos materiales. Una sociedad que transmite rigidez cultural envía una señal de cierre; una sociedad que ofrece múltiples formas legítimas de pertenecer reduce fricciones para quien llega o para quien duda si quedarse. Ese fenómeno ya se observa en ciudades europeas que han sabido convertir la diversidad en ventaja reputacional. Barcelona, Lisboa o Dublín no solo atraen por fiscalidad o conectividad: también por la percepción de que allí cabe gente distinta sin tener que mimetizarse por completo.

La tercera lectura, menos celebratoria, apunta a un riesgo real: la identidad abierta también puede ser instrumentalizada. Cuando el discurso de integración se usa como consigna vacía, sin resolver desigualdades de fondo, la pluralidad se vuelve cosmética. La aceptación simbólica de orígenes diversos no elimina por sí sola las brechas educativas, laborales o territoriales que condicionan la pertenencia efectiva. En el fútbol esto se ve con claridad: celebrar la diversidad de la selección no arregla automáticamente las diferencias estructurales que atraviesan a los barrios, a los sistemas de cantera o a las oportunidades de ascenso social. El símbolo abre una puerta; la política pública tiene que sostener el pasillo detrás.

También hay una discusión de fondo entre quienes entienden esta evolución como una maduración democrática y quienes temen que diluya referencias compartidas. Esa tensión no es menor. Una parte del debate público asocia pluralidad con pérdida de cohesión y teme que la ausencia de un relato uniforme desarme el vínculo común. Otra parte sostiene lo contrario: que la cohesión verdadera nace cuando la pertenencia no depende de parecerse al modelo dominante. El caso de la selección española es útil precisamente porque permite observar esa disputa sin pasar por el filtro del discurso partidista. El apoyo masivo a un equipo compuesto por trayectorias diversas sugiere que una mayoría social está preparada para aceptar un concepto de país menos rígido de lo que algunos discursos presuponen.

En Canarias, esa discusión se proyecta hacia el futuro con implicaciones muy concretas. Si el archipiélago quiere competir por talento y sostener población cualificada, no puede limitar su identidad a una liturgia cerrada ni a una nostalgia inmóvil. Necesita presentarse como un espacio donde se puede llegar, permanecer y contribuir sin renunciar a la propia singularidad. Ese es el valor estratégico de una identidad madura: no actúa como un filtro defensivo, sino como una invitación. Y en un territorio fragmentado geográficamente, con costes logísticos, dependencia exterior y desafíos de conectividad, la capacidad de generar sentido de pertenencia compartido es un activo económico además de cultural.

La previsión más razonable es que esta lógica se intensifique. Las comunidades políticas que triunfen en la próxima década no serán necesariamente las más uniformes, sino las que sepan ofrecer un relato común lo bastante amplio como para absorber diferencias sin deshacerse. Eso exigirá instituciones más finas, educación cívica menos dogmática y una narrativa pública menos dependiente de los viejos exámenes de autenticidad. El peligro está en que el debate se simplifique: que unos conviertan la diversidad en una consigna vacía y otros la rechacen por miedo a perder control simbólico. Entre ambos extremos queda la tarea más difícil, que es construir pertenencia sin imponer molde.

La tesis que deja este texto, leída con rigor, es bastante más exigente que un elogio del pluralismo. Sostiene que las patrias más sólidas no son las que vigilan la frontera del significado, sino las que amplían el espacio de la pertenencia. En el caso español, esa intuición coincide con un cambio generacional visible. En el caso canario, conecta con una experiencia histórica todavía más antigua: la de una comunidad que aprendió a ser más ella misma precisamente por aceptar que nunca fue una sola cosa. Ese puede ser el verdadero punto de madurez de una identidad política: dejar de pedir demostraciones y empezar a ofrecer un lugar.

Últimas noticias