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FIFA niega contactos de Infantino con Trump

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La FIFA ha respondido con una negación tajante a una información del New York Post que situaba a Gianni Infantino en busca de apoyo político de Donald Trump después del fracaso de un controvertido plan relacionado con la venta del Mundial. “Pura ficción”, declaró el máximo organismo del fútbol a Reuters, al asegurar que el presidente de la organización no llamó en los últimos días al mandatario estadounidense ni a ningún integrante de su administración.

La disputa no es un simple cruce de versiones. El artículo del periódico neoyorquino describía a un Infantino aislado, intentando comunicarse repetidamente con Trump después de que su propuesta fuera descartada el viernes y en medio de una oleada de críticas. La FIFA, en cambio, no ofreció una explicación extensa sobre el proyecto ni sobre las circunstancias de su rechazo: concentró su respuesta en negar los contactos telefónicos. Esa diferencia deja abierta una cuestión relevante: qué ocurrió realmente con el plan y por qué su caída ha adquirido una dimensión política tan visible.

El episodio llega en un momento especialmente sensible para Infantino. Sus opciones de obtener un nuevo mandato para el periodo 2027-2031 empiezan a ser objeto de cuestionamientos, y cualquier percepción de debilidad puede influir en el comportamiento de las confederaciones y federaciones que participan en la elección presidencial. En el sistema de la FIFA, el poder no depende únicamente de la opinión pública o de los grandes clubes. También se construye mediante alianzas regionales, capacidad de distribuir recursos y confianza en la dirección estratégica de la institución.

Una relación política convertida en factor de poder

Infantino y Trump han cultivado una relación estrecha y han aparecido juntos en acontecimientos futbolísticos de gran relevancia. El vínculo se volvió más visible alrededor del Mundial organizado por Estados Unidos, México y Canadá, una competición que convirtió a Washington en un socio indispensable para la FIFA tanto por su dimensión económica como por su influencia diplomática. La cooperación con Estados Unidos puede facilitar acuerdos comerciales, seguridad, infraestructura y interlocución institucional, pero también expone a la organización a una lectura política más intensa.

La cercanía entre ambos dirigentes no implica por sí sola que exista una subordinación de la FIFA a la Casa Blanca. Sin embargo, crea una asociación pública difícil de ignorar. Cuando un proyecto impulsado por el presidente de la FIFA fracasa y, al mismo tiempo, circula una versión según la cual busca respaldo presidencial, la imagen de la organización queda atrapada entre dos interpretaciones: una institución deportiva con autonomía propia o una estructura que necesita protección política para sostener iniciativas controvertidas.

Ese dilema afecta a la credibilidad institucional. La FIFA ha intentado durante los últimos años presentarse como una organización global capaz de hablar con gobiernos de ideologías distintas y operar más allá de las rivalidades nacionales. La exposición reiterada de Infantino junto a líderes políticos, aunque pueda responder a necesidades diplomáticas reales, dificulta esa pretensión de neutralidad. El problema no es la existencia de contactos oficiales, habituales en la organización de un Mundial, sino la posibilidad de que las decisiones deportivas y comerciales parezcan depender de relaciones personales.

El proyecto fallido y el silencio que alimenta dudas

La información disponible no detalla la naturaleza exacta del plan de venta del Mundial ni los motivos formales por los que fue descartado. Esa falta de datos impide evaluar su viabilidad económica, jurídica o política. También obliga a separar dos hechos distintos: la FIFA niega que Infantino telefoneara a Trump o a miembros de su administración, pero no niega que el presidente de la organización mantuviera conversaciones políticas por otros canales, ni explica el alcance de la propuesta que provocó las críticas.

En una institución de alcance global, el silencio puede resultar tan significativo como una declaración. Si una iniciativa afecta los derechos comerciales del Mundial, su explotación audiovisual, la distribución de ingresos o la relación con patrocinadores, los miembros de la FIFA tienen motivos para reclamar transparencia. El torneo es la principal fuente de ingresos y visibilidad de la organización; por eso cualquier intento de modificar su modelo de comercialización puede repercutir en federaciones que dependen de los programas de financiación y desarrollo asociados a la competición.

La reacción del organismo parece diseñada para contener un daño inmediato: desmentir una escena concreta y calificarla de ficticia. Es una estrategia comprensible cuando una noticia amenaza con instalar la imagen de un dirigente sin apoyos. Pero puede ser insuficiente si la controversia de fondo permanece sin aclarar. La experiencia de otras crisis corporativas muestra que negar un detalle no siempre resuelve las preguntas sobre el proceso que lo originó. Cuanto menos explique la FIFA el proyecto rechazado, mayor será el espacio para versiones interesadas, filtraciones y especulaciones.

La elección de 2027 entra en una zona más incierta

El impacto más inmediato se encuentra en la carrera por la presidencia de la FIFA. Infantino fue reelegido en 2023 para un mandato que se extiende hasta 2027, pero el próximo proceso no dependerá solo de sus resultados deportivos o financieros. La gestión del Mundial, las relaciones con los gobiernos anfitriones, la distribución de recursos y la percepción de control interno serán elementos decisivos para los electores.

Un proyecto rechazado puede convertirse en un problema político si revela una falta de consenso entre las distintas regiones del fútbol. Las confederaciones no tienen necesariamente las mismas prioridades: algunas valoran la expansión de ingresos y competiciones, mientras otras temen una concentración excesiva del calendario, una dependencia creciente de los mercados más ricos o una pérdida de autonomía. Si la iniciativa fue percibida como precipitada o insuficientemente consultada, sus adversarios podrían utilizarla como prueba de que el liderazgo de Infantino toma decisiones antes de construir acuerdos.

La versión publicada por el New York Post añade otra capa de vulnerabilidad. Aunque la FIFA consiga desacreditarla, el hecho de que la noticia haya obligado al organismo a intervenir pone de manifiesto la sensibilidad de la relación con Trump. Los rivales de Infantino podrían presentar esa cercanía como un activo diplomático, pero también como una dependencia. En una elección internacional, la percepción de que un candidato necesita el aval de un líder nacional puede generar resistencia entre federaciones que defienden el carácter global de la FIFA.

Más dinero, más exposición y mayores controles

El caso refleja una transformación más amplia del fútbol internacional. El Mundial ya no es solamente una competición de un mes: es una plataforma de derechos audiovisuales, patrocinios, turismo, infraestructura y diplomacia. Esa dimensión convierte cada decisión comercial en una cuestión de política pública. Los gobiernos buscan beneficios económicos y prestigio; las empresas quieren audiencias globales; las federaciones necesitan ingresos estables; y los aficionados reclaman que la expansión no destruya la identidad del torneo.

En ese contexto, la presión por aumentar el valor del Mundial puede incentivar proyectos innovadores, pero también decisiones difíciles de justificar ante los órganos de gobierno. Una venta o reconfiguración comercial mal explicada podría provocar conflictos con emisoras, patrocinadores tradicionales y asociaciones nacionales. Además, la concentración de negociaciones en pocos mercados, especialmente el estadounidense, puede generar la sensación de que el fútbol internacional se orienta hacia quienes tienen mayor capacidad financiera, no hacia una representación equilibrada de sus miembros.

La controversia ofrece una oportunidad para revisar los mecanismos de control. La FIFA podría publicar los criterios utilizados para evaluar iniciativas comerciales, identificar qué órganos participaron en la decisión y aclarar qué límites existen para la intervención de actores políticos. No se trata de revelar información contractual confidencial, sino de demostrar que los proyectos estratégicos siguen un procedimiento verificable. La transparencia resultaría útil también para Infantino: una explicación institucional reduce la dependencia de desmentidos personales y evita que cada filtración se convierta en una crisis de autoridad.

El precedente para la gobernanza deportiva

El fútbol no es el único ámbito en el que las organizaciones internacionales buscan respaldo de gobiernos poderosos. Los grandes eventos deportivos dependen de permisos, seguridad, visados, estadios y financiación pública. Esa dependencia hace inevitable la negociación política. La cuestión central es si esas relaciones se desarrollan dentro de reglas conocidas o si se apoyan demasiado en vínculos personales entre dirigentes.

La diferencia es importante porque las instituciones deportivas administran bienes que afectan a millones de personas y movilizan enormes cantidades de dinero. Cuando la gestión se percibe como personalista, aumentan las dudas sobre quién define las prioridades y a quién debe rendir cuentas el presidente. La respuesta de la FIFA, al invocar la inexistencia de llamadas, protege a Infantino frente a una acusación concreta, pero también plantea la necesidad de una comunicación más completa sobre sus canales de decisión y sobre la relación entre diplomacia, negocios y gobierno deportivo.

El desenlace dependerá de si la polémica desaparece tras el desmentido o si aparecen nuevos datos sobre el plan descartado. Si no surgen pruebas que contradigan a la FIFA, la información del periódico puede quedar como un episodio de ruido mediático. Pero si la organización mantiene el silencio sobre el proyecto y las críticas continúan, el asunto puede transformarse en un símbolo de los problemas que acompañan al liderazgo de Infantino: ambición comercial, fuerte exposición política y una creciente exigencia de consenso interno.

La elección de 2027 será, en ese sentido, un examen de confianza más que una votación sobre una única propuesta. Las federaciones deberán valorar si la FIFA está ampliando sus ingresos sin comprometer su autonomía, si sus alianzas internacionales fortalecen o condicionan su margen de maniobra y si la toma de decisiones ofrece garantías suficientes. La negación de los contactos con Trump puede cerrar una noticia, pero no resuelve por sí sola esas preguntas de fondo.

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