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Guillermo elogió a Paredes

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El empate entre Vélez y Boca dejó una lectura que va más allá del marcador: volvió a quedar expuesta la influencia de Leandro Paredes en un partido grande y, al mismo tiempo, la relación de Guillermo Barros Schelotto con el mundo Boca, un vínculo que nunca termina de enfriarse. El entrenador de Vélez no solo analizó el desarrollo del encuentro; también reconoció, con una franqueza poco habitual en la competencia, que había hablado con Rodolfo Arruabarrena sobre el nivel del volante xeneize apenas terminó el duelo. Ese gesto, casi doméstico, revela algo más amplio: en el fútbol argentino, los partidos siguen organizándose alrededor de figuras capaces de modificar el ritmo colectivo por sí solas.

La referencia a Paredes no es casual ni protocolar. En un fútbol donde la presión alta y la intensidad suelen fijar el tono del debate, el mediocampista ofreció otra clase de dominio: control, pausa y decisión técnica para acelerar o frenar según el momento. Cuando Guillermo admite que no podían “ir a presionar” porque Paredes resolvía de primera, está describiendo una dificultad táctica concreta. El problema no fue solo la calidad individual del futbolista, sino la imposibilidad de aislarlo sin desordenar al resto del equipo. Eso explica por qué Boca mejoró en el segundo tiempo: con su capitán como eje, encontró continuidad en la circulación, avances con sentido y una presencia territorial que había estado ausente durante buena parte del primer tramo.

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Ese dato tiene una proyección mayor para Boca. Un equipo que depende de la claridad de su volante central gana una herramienta de control en partidos cerrados, pero también expone una dependencia delicada: cuando Paredes no recibe limpio o no está rodeado por intérpretes confiables, el equipo pierde fluidez. La escena ante Vélez fue útil para medir ambos lados de la balanza. En el primer tiempo, el local logró incomodar y adelantarse; en el segundo, el ajuste xeneize se apoyó en la lectura de Paredes para recuperar el dominio. En torneos largos, esa capacidad de volver al propio plan después de un mal inicio suele separar a los equipos competitivos de los que apenas compiten por tramos.

La consecuencia también alcanza a Vélez. Guillermo reconoció que su equipo debió haber sacado una ventaja mayor en la etapa inicial y que luego le faltó llegar “en conjunto” al área rival. Esa autocrítica es importante porque marca una tensión clásica en los conjuntos que intentan sostener protagonismo ante rivales de mayor jerarquía individual: no alcanza con jugar bien durante un tramo si no se traduce en una diferencia real. El empate final, que el entrenador calificó como justo, deja una advertencia para el Fortín. Cuando se desperdician momentos favorables ante un rival con recursos, el partido puede cambiar de dueño sin que medie un colapso visible. No hace falta una superioridad abrumadora; basta con una figura que ordene la transición, como sucedió con Paredes.

La dimensión emocional tampoco es menor. Guillermo volvió a recibir señales de afecto en La Bombonera, un escenario que conserva una memoria intensa sobre él y su hermano Gustavo. En otro contexto, ese reconocimiento podría parecer un dato secundario, pero en realidad ayuda a entender por qué algunas figuras continúan teniendo autoridad aun cuando ya no representan al club desde el banco o desde la cancha. El respeto construido en una etapa exitosa se transforma en capital simbólico, y ese capital opera en la lectura pública de cada cruce posterior. Cuando Guillermo habla del cariño de la gente de Boca como algo “de por vida”, está describiendo una relación que supera el resultado inmediato y que, en términos estrictamente futbolísticos, condiciona la temperatura de cualquier retorno al club.

El episodio deja además una señal para el debate más amplio sobre el juego argentino. En un campeonato donde suele celebrarse la fricción y la intensidad, partidos como este recuerdan que la diferencia real muchas veces la produce quien piensa el ritmo antes que quien lo acelera sin pausa. Paredes representa ese perfil de mediocampista que revaloriza la posesión como instrumento de control, no como un fin estético. Si Boca consigue sostener esa vía, ganará una identidad más estable para resolver encuentros que se traban en espacios reducidos. Si no logra rodearlo de continuidad, el equipo seguirá dependiendo de ráfagas y de la inspiración aislada, una fórmula más frágil para competir al nivel que exige su historia.

También hay un efecto de arrastre para el resto de la liga. Cuando un jugador de este tipo marca diferencias, obliga a los rivales a ajustar sus mecanismos defensivos y a repensar la forma de presionar. No se trata solo de estudiar a Boca; se trata de evitar que el partido quede bajo el control de un mediocampista con pase corto, visión y lectura de apoyos. Ese tipo de adaptación suele elevar el nivel general de los encuentros, pero también desnuda una realidad incómoda para varios planteles: no abundan jugadores capaces de sostener el balón bajo presión y, al mismo tiempo, administrar el tiempo competitivo. En ese vacío, nombres como el de Paredes adquieren un valor estratégico que trasciende el resultado de una fecha.

El empate, entonces, no cerró una historia menor sino una escena útil para leer el presente de Boca, el recorrido de Vélez y la persistencia de ciertas jerarquías en el fútbol argentino. Guillermo lo dijo con claridad, quizá con la naturalidad que da haberlo visto de cerca: Paredes no solo juega bien; altera el diseño del partido. Y cuando un futbolista consigue eso, su influencia deja de pertenecer a una noche aislada y pasa a convertirse en una clave para entender cómo se mueven hoy los equipos que quieren imponer condiciones en los momentos decisivos.

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