InicioDeportesÚltima horaHacheros, memoria y futuro en Bariloche

Hacheros, memoria y futuro en Bariloche

Fecha:

Artículos relacionados

El oro de 2006 dejó una herencia decisiva, pero también una exigencia nueva para el baloncesto español

Veinte años después, el Mundial conquistado por España en Saitama sigue siendo mucho más que el primer gran título de la selección abso

Ter Stegen convierte la ausencia de su padre en una lección sobre la familia

Marc-André ter Stegen ha explicado que su padre abandonó a la familia cuando él tenía diez años y que nunca volvió a verlo. E

El récord de Flick redefine el debate sobre el nuevo modelo competitivo del Barcelona

El Barcelona de Hansi Flick ha convertido las cuatro primeras jornadas de LaLiga en una declaración de intenciones. Cuatro victorias, 17

Leclerc queda pendiente de autorización médica tras su accidente en Monza antes del estreno del Madring

Ferrari mantiene todas sus previsiones abiertas sobre la participación de Charles Leclerc en el regreso de la Fórmula 1 a

Una pancarta sobre Ceuta y Melilla reabre el debate político en un estadio de Fez

Los aficionados del Magreb de Fez, conocido como MAS Fez, exhibieron este domingo una gran pancarta con el lema «Ceuta y Melilla,

La Fiesta de la Nieve volvió a dejar una escena que excede la postal turística: en la costanera de Bariloche, con llovizna, nieve tenue y público reunido frente al Centro Cívico, el concurso de hacheros Celestino Quijada reactivó una práctica que condensa identidad, trabajo rural y espectáculo comunitario. No se trata solo de medir quién corta más rápido un rollizo. Lo que está en juego es la persistencia de un oficio en un entorno urbano que lo observa como tradición, memoria y, también, como producto cultural. La concurrencia de apellidos repetidos, la presencia mayoritaria de familias vinculadas al bosque y el homenaje explícito a Quijada muestran que el certamen sigue anclado en una genealogía concreta, no en una recreación folclórica vacía.

El dato central es claro: el concurso mantiene vivo un repertorio de habilidades asociado al trabajo maderero patagónico, pero lo hace en una etapa muy distinta de su historia. Hoy compite dentro de una fiesta masiva, frente a espectadores que llegan por entretenimiento y no por necesidad laboral. Esa transición modifica el sentido del evento. Antes, cortar leña era una tarea de subsistencia y abastecimiento; ahora, el mismo gesto se transforma en demostración, patrimonio y marca territorial. El valor del concurso ya no reside solo en la destreza, sino en su capacidad para narrar una relación antigua entre Bariloche y su hinterland rural.

La figura de Celestino Quijada explica por qué este concurso tiene más espesor que un homenaje ceremonial. Nacido en El Manso en 1916, huérfano desde muy joven, atravesó la infancia en condiciones de privación extrema y luego llegó a Bariloche en busca de trabajo. El reconocimiento municipal que dio nombre al certamen no fue un gesto decorativo: reconoció la trayectoria de un trabajador que se convirtió en símbolo de una comunidad de hacheros y de una historia de movilidad social hecha a fuerza de monte, disciplina y oficio. Que haya ganado siete concursos consecutivos durante la Fiesta de la Nieve no solo lo convirtió en leyenda local; consolidó una narrativa de excelencia vinculada al trabajo manual, en un tiempo en que casi no existen mecanismos públicos para jerarquizar ese tipo de saberes.

Esa dimensión patrimonial tiene consecuencias concretas para varios actores. Para las familias participantes, el concurso ofrece visibilidad pública, legitimación y continuidad simbólica de una tradición que de otro modo quedaría confinada a la vida privada o al circuito rural. Para el municipio y la organización de la fiesta, funciona como un activo cultural que diferencia a Bariloche de otras celebraciones invernales, aportando autenticidad frente a un calendario turístico cada vez más homogéneo. Y para el público, ofrece algo escaso: una competencia comprensible al instante, donde la técnica, la fuerza y el ritmo se perciben sin mediaciones. Ese tipo de espectáculo tiene una ventaja importante en una época saturada de eventos digitales: se entiende con los ojos y con el oído.

Pero hay un punto menos cómodo que conviene no omitir. La conversión de un oficio duro en espectáculo puede terminar simplificando las condiciones reales que lo hicieron posible. El hachero celebrado en la costanera no es una figura abstracta; remite a jornadas prolongadas, exposición al frío, esfuerzo físico extremo y dependencia histórica de economías regionales poco protegidas. La fiesta rescata el prestigio simbólico del trabajo, aunque no necesariamente mejora la situación material de quienes todavía viven de tareas similares. Ahí aparece una tensión de fondo: la sociedad urbana reconoce la épica del trabajo forestal, pero suele hacerlo desde la distancia, sin discutir las cadenas productivas, los ingresos ni la informalidad que históricamente rodearon a esos oficios.

La fuerte presencia del apellido Quijada entre los competidores es otro dato elocuente. Indica continuidad comunitaria, pero también concentración de capital simbólico en ciertos linajes familiares que han sostenido la transmisión del oficio. Esa herencia ayuda a preservar técnica y relato, aunque puede dejar en segundo plano a nuevos participantes que no provienen de esas redes. En eventos de este tipo, la tradición tiene una virtud y un riesgo: conserva autenticidad, pero puede volver menos permeable el acceso. Si el concurso pretende seguir siendo relevante dentro de una década, necesitará equilibrar memoria familiar con apertura generacional, sin desdibujar su identidad original.

Desde el punto de vista cultural, la competencia también opera como una herramienta de cohesión territorial. Bariloche suele ser observada desde fuera como destino de nieve y servicios turísticos; sin embargo, el certamen recuerda que la ciudad se sostiene sobre una geografía humana más amplia, en la que conviven barrios urbanos, comunidades mapuches, trayectorias rurales y economías del bosque. En ese sentido, el concurso no solo entretiene: corrige una mirada parcial sobre la ciudad. La costanera se convierte por unas horas en una escena donde el visitante ve algo que normalmente queda fuera del circuito de consumo turístico: la memoria del trabajo que ayudó a construir la región.

La lectura económica tampoco es menor. La Fiesta de la Nieve concentra atención mediática y circulación de público, y cada actividad con identidad propia contribuye a extender estadía, diversificar el gasto y reforzar la marca del destino. Un certamen con historia, nombre propio y relato familiar agrega densidad a la programación, algo valioso en un mercado donde muchas fiestas compiten con propuestas similares. De hecho, la singularidad del concurso de hacheros puede ser más útil para el posicionamiento de Bariloche que un espectáculo importado de mayor costo pero sin arraigo local. La autenticidad, en turismo cultural, suele tener más rendimiento que la novedad vacía.

El futuro, sin embargo, no está asegurado. Hay al menos tres riesgos visibles. El primero es el desgaste simbólico: si el concurso se repite sin actualización narrativa, puede quedar reducido a una rutina de temporada. El segundo es el desajuste generacional: la continuidad de los oficios forestales y del conocimiento técnico no es automática en contextos donde los jóvenes migran hacia servicios, comercio o empleos urbanos. El tercero es la presión ambiental y regulatoria sobre las actividades vinculadas a la madera, cada vez más atravesadas por debates sobre manejo sustentable, conservación y uso responsable del recurso. Si la tradición no dialoga con esas discusiones, corre el riesgo de quedar encapsulada en el pasado.

La mejor proyección para este certamen no pasa por convertirlo en una pieza de museo, sino por sostenerlo como práctica viva, con reglas claras, transmisión intergeneracional y un relato que reconozca tanto el esfuerzo histórico como las exigencias actuales. Bariloche tiene aquí una oportunidad rara: mostrar que una fiesta popular puede ser, al mismo tiempo, celebración, archivo y discusión sobre el trabajo que fundó una comunidad. El sonido de las hachas sobre los troncos no solo acompaña la nieve; también recuerda que la identidad local sigue escribiéndose en torno a oficios que el tiempo no ha logrado borrar.

Últimas noticias