Íñigo Pérez sitúa el duelo de este sábado ante el Deportivo de La Coruña como una prueba decisiva para el Villarreal. Sin victorias hasta ahora, el equipo afronta su estreno liguero en La Cerámica con la necesidad de transformar la urgencia en competitividad. El técnico navarro no reclama una reacción basada en la ansiedad, sino una actuación madura que refuerce la confianza y dé dirección al proyecto en este arranque de temporada.

Ganar sin alterar la identidad
El entrenador sostiene que la matriz de juego será la misma en casa y fuera, una declaración relevante en un contexto de resultados adversos: Pérez pretende evitar que la presión empuje al equipo a abandonar su plan. La victoria, por tanto, no aparece solo como una cuestión de puntos, sino como la validación de una idea que necesita continuidad para asentarse.
El Deportivo llega con argumentos para complicar ese propósito. Pérez destacó su propuesta, el conocimiento previo que tiene de su entrenador y un mercado que combina jugadores contrastados con futbolistas ambiciosos. La principal alarma para el Villarreal está en las transiciones ofensivas: el técnico advierte de que el rival puede castigar con pocos recursos si su equipo pierde orden tras atacar.
La respuesta exigida combina mayor contundencia defensiva y más incisividad en campo contrario. Esa doble demanda resume el problema del Villarreal: protegerse mejor sin perder iniciativa. Un triunfo ante su afición aliviaría la presión inmediata, pero también podría convertirse en el punto de inflexión que Pérez busca antes de una secuencia de cinco partidos en quince días.
El navarro dispondrá de toda la plantilla y rechaza jerarquizar entre Liga de Campeones y competición doméstica. Su mensaje es claro: la responsabilidad de ganar debe ser permanente, independientemente del escenario. Frente al Dépor, esa exigencia tendrá una primera medida concreta: demostrar que la falta de victorias no ha debilitado ni el plan ni la convicción del grupo.
