Miguel Indurain comenzó su trayectoria con una bicicleta de segunda mano a los diez años en Villava. La usaba para recorrer los veinte kilómetros hasta el pueblo de su madre y para desplazarse en las tareas familiares del campo. Un robo sufrido mientras ayudaba a su padre en el huerto destruyó aquel primer medio de transporte, pero provocó una decisión decisiva: su padre le compró la primera bicicleta de carreras.

El físico robusto y el temperamento sereno de Indurain no encajaban en los perfiles habituales de los talentos precoces. Pocos observadores detectaron en él las condiciones para destacar entre profesionales. Sin embargo, la potencia y la capacidad de mantener un ritmo constante en contrarrelojes convirtieron esas mismas características en ventajas decisivas. Cinco Tours de Francia consecutivos y dos Giros de Italia surgieron de esa combinación de resistencia y regularidad, sin que mediara un pronóstico favorable desde el principio.
La historia de Indurain muestra que el acceso a una bicicleta de competición surgió de una pérdida imprevista y no de un plan estructurado. Esa circunstancia inicial, unida a la confianza personal sostenida a lo largo de los años, permitió que un ciclista inicialmente poco notorio alcanzara la hegemonía en las grandes vueltas. El caso ilustra cómo trayectorias exitosas pueden originarse en condiciones modestas y en la capacidad de convertir un revés en el primer paso de una carrera profesional.
