Gianni Infantino se reúne este miércoles en Marruecos con altos responsables de la FIFA, según una fuente próxima a la AFP, mientras la organización intenta contener las consecuencias políticas de un proyecto que apenas duró unos días. La iniciativa pretendía crear una sociedad externa para gestionar actividades comerciales de la entidad y competiciones como los Mundiales, con participación de inversores privados. El plan fue presentado de forma sorpresiva, trascendió a través de la prensa y terminó retirándose después de provocar la oposición de actores decisivos del fútbol internacional.
La reunión se celebra en la sede africana de la FIFA, ubicada en el complejo Mohammed VI de Salé, cerca de Rabat. No se conocen oficialmente sus motivos, aunque el lugar elegido tiene una relevancia estratégica: Marruecos será coanfitrión del Mundial de 2030 junto con España y Portugal y, además, Rabat acogerá en marzo de 2027 el Congreso en el que se votará la presidencia de la FIFA. Infantino, que dirige la organización desde hace una década, es por ahora el único candidato declarado a la reelección, pero varias federaciones ya han advertido que no respaldarán su continuidad.
El proyecto cayó, pero la disputa apenas comienza
La retirada de la propuesta no equivale a la desaparición del problema. El episodio ha expuesto una fractura entre la velocidad con la que la presidencia quiere transformar el modelo económico de la FIFA y la capacidad de sus estructuras internas para absorber decisiones de esa magnitud. La creación de una sociedad con inversores privados habría alterado la relación entre la sede central, las confederaciones, las federaciones nacionales y los socios comerciales que financian las competiciones.
La reacción fue particularmente significativa porque no procedió únicamente de críticos externos. La UEFA se opuso al proyecto, mientras que varios altos cargos de la propia FIFA se distanciaron públicamente o mediante comunicaciones internas. Arséne Wenger, director del desarrollo del fútbol mundial, expresó su alejamiento; el secretario general, Mattias Grafström, lamentó en una carta a los empleados “una serie de acontecimientos tristes y condenables” que, según escribió, desembocaron afortunadamente en el abandono permanente de la iniciativa. Carlos Cordeiro, principal asesor de Infantino, dimitió el viernes y declaró que se oponía “categóricamente” al plan.
Esos movimientos convierten un fracaso comercial en una crisis de gobernanza. Cuando los desacuerdos alcanzan al secretario general, al principal asesor presidencial y a dirigentes con peso internacional, la discusión deja de ser solo financiera. Pasa a cuestionar quién prepara las decisiones, qué controles existen antes de anunciarlas y hasta qué punto el presidente puede comprometer a toda la institución sin un consenso previo.

La primera lección: el capital privado no es neutral
La propuesta de Infantino respondía a una presión real. La FIFA administra propiedades deportivas de enorme valor, pero también enfrenta calendarios cada vez más complejos, costes crecientes de organización y una competencia más intensa por la atención de las audiencias. Los torneos ampliados, los nuevos formatos audiovisuales y la explotación digital de los derechos requieren inversión, capacidad tecnológica y decisiones más rápidas que las de una estructura asociativa tradicional.
Sin embargo, atraer capital privado no consiste simplemente en añadir financiación. Los inversores buscan previsibilidad, capacidad de decisión y rendimiento; las federaciones, en cambio, defienden la distribución de recursos, la autonomía deportiva y el control político sobre el calendario. En el caso de la FIFA, una sociedad externa habría podido separar parcialmente la gestión comercial de la entidad matriz, pero también habría abierto interrogantes sobre el destino de los beneficios, la selección de los torneos y la influencia de los accionistas en decisiones que afectan a miles de clubes y jugadores.
La primera conclusión analítica es que el conflicto no se produjo porque el fútbol rechace por definición la inversión privada, sino porque la propuesta amenazaba con cambiar quién captura el valor generado por el fútbol mundial. Si una compañía externa controla derechos de los Mundiales u otras competiciones, las confederaciones podrían temer perder capacidad de negociación. Las federaciones nacionales, especialmente las más pequeñas, podrían preocuparse por una futura reducción de transferencias o por condiciones comerciales que privilegien los mercados más rentables. Y los patrocinadores existentes podrían exigir garantías para no quedar subordinados a nuevos socios financieros.
La velocidad presidencial choca con la arquitectura institucional
Infantino ha impulsado durante sus diez años al frente de la FIFA proyectos de gran escala. Ese estilo le permitió presentar reformas ambiciosas y expandir la agenda económica de la organización, pero también ha creado una dependencia elevada de su autoridad personal. El anuncio de una sociedad comercial, realizado por sorpresa y después de que la prensa revelara el plan, muestra una deficiencia esencial: la comunicación pública llegó antes que el acuerdo político interno.
El orden de los acontecimientos importa. Primero apareció la información en los medios; después se produjo el anuncio; pocos días más tarde llegó la retirada. Para los mercados y los socios institucionales, esa secuencia transmite incertidumbre. Para los empleados, puede sugerir que las evaluaciones jurídicas, financieras y de gobernanza no concluyeron antes de hacer pública la iniciativa. Para las confederaciones, confirma el temor de que una decisión con efectos globales pueda ser diseñada en un círculo reducido y presentada como un hecho consumado.
El segundo punto de fondo es que la crisis puede debilitar la capacidad negociadora de Infantino incluso si el proyecto no reaparece con el mismo nombre. Las federaciones que ya anunciaron que no apoyarán su reelección disponen ahora de un argumento concreto: no cuestionan únicamente su visión estratégica, sino su método de gestión. En una organización cuyo presidente depende del voto de las asociaciones nacionales, la percepción de aislamiento puede ser tan importante como el balance financiero.
UEFA, federaciones y empleados: tres preocupaciones distintas
La oposición de la UEFA tiene una lógica propia. La confederación europea concentra algunos de los mercados audiovisuales más desarrollados y posee sus propias competiciones, patrocinadores y mecanismos de distribución. Cualquier sociedad comercial bajo control de la FIFA podría competir por derechos, alterar el equilibrio entre calendarios o convertirse en un instrumento para centralizar ingresos. Para la UEFA, el problema no es únicamente quién invierte, sino quién decide sobre el producto y bajo qué reglas.
Las federaciones nacionales observan el asunto desde una posición más desigual. Las grandes asociaciones pueden negociar directamente con la FIFA y defender intereses comerciales específicos; las pequeñas dependen en mayor medida de los programas de solidaridad y desarrollo. Una estructura orientada a inversores podría generar más dinero, pero también concentrar la toma de decisiones en los torneos con mayor audiencia. El incremento de ingresos no garantiza por sí mismo una distribución más justa.
Los empleados afrontan otra dimensión. La carta de Grafström, según la AFP, revela preocupación por la forma en que el episodio afectó a la organización interna. Si los trabajadores reciben anuncios contradictorios o conocen por la prensa cambios que pueden modificar sus funciones, se deterioran la confianza y la previsibilidad laboral. En las instituciones deportivas globales, donde la experiencia técnica y las redes de negociación son activos decisivos, una ola de salidas puede costar más que una oportunidad comercial perdida.
La dimisión de Cordeiro merece especial atención por esa razón. No se trata de un opositor externo, sino del principal asesor de Infantino. Su salida indica que la disputa alcanzó el núcleo de la presidencia. También plantea una incógnita sobre la elaboración de futuras propuestas: si los colaboradores con capacidad de contrapeso abandonan el entorno presidencial, el riesgo de decisiones filtradas, mal evaluadas o excesivamente personalistas aumenta.
Marruecos no es un escenario accidental
La elección de Marruecos para esta reunión carece de una explicación oficial, pero ofrece varias lecturas. Infantino estuvo en el país la semana pasada con motivo de la Fiesta del Trono, y el reino será protagonista del ciclo que conduce al Mundial de 2030. La presencia de la sede africana de la FIFA en Salé también convierte a Marruecos en un punto de encuentro operativo entre la dirección mundial y una región que ha ganado peso en la estrategia de expansión de la organización.
Para Marruecos, alojar un encuentro de este nivel refuerza su posición como socio fiable de la FIFA y como centro emergente del fútbol africano. Para Infantino, el país ofrece un entorno políticamente favorable antes de la elección de 2027. Pero esa proximidad puede generar una percepción delicada: si la reunión se interpreta como una búsqueda de respaldo en una región concreta, otras confederaciones podrían considerar que la presidencia está intentando construir una base electoral en lugar de resolver primero la crisis institucional.
El Mundial de 2030 añade una capa económica y política. La coorganización con España y Portugal exigirá coordinación sobre derechos, sedes, seguridad, movilidad, patrocinio y distribución de ingresos. Cualquier incertidumbre en la cúpula de la FIFA puede complicar la interlocución con los gobiernos y con los organizadores nacionales. La competición no está necesariamente en riesgo, pero la gobernanza fragmentada puede elevar los costes de negociación y retrasar decisiones sensibles.
El calendario electoral convierte el tropiezo en una amenaza
La votación de marzo de 2027 todavía está lejos, pero la política de la FIFA se prepara con mucha anticipación. Infantino sigue siendo el único candidato declarado, una posición que le concede ventaja organizativa y visibilidad. No obstante, el retiro de la propuesta comercial puede acelerar la coordinación entre federaciones descontentas. Una candidatura alternativa necesitaría reunir apoyos, construir un programa y convencer a asociaciones que hasta ahora podían considerar inevitable la continuidad del presidente.
El tercer punto de análisis es que la crisis puede transformar la campaña de reelección en un plebiscito sobre el modelo de poder. Infantino puede defender que su iniciativa buscaba modernizar la FIFA y aprovechar mejor el valor de sus competiciones. Sus adversarios pueden responder que la modernización sin transparencia amenaza la legitimidad del sistema. La batalla, por tanto, no girará solo alrededor de ingresos o formatos de torneos, sino de quién tiene autoridad para decidir y qué controles deben preceder a los anuncios.
El desenlace dependerá también de la respuesta presidencial. Una retirada técnica, acompañada de nuevos asesores y un proceso de consulta verificable, podría estabilizar la institución. Una reformulación con idéntica estructura y distinto nombre produciría el efecto contrario: confirmaría la impresión de que el proyecto fue congelado por razones tácticas y no abandonado de manera sustancial. El contenido de las próximas decisiones será más revelador que las declaraciones de unidad.
Qué puede ocurrir después
El escenario más probable a corto plazo es una revisión del proyecto comercial, no necesariamente su desaparición definitiva. La FIFA podría explorar sociedades específicas para determinados servicios, plataformas digitales o paquetes de derechos, en lugar de trasladar a una entidad externa la gestión amplia de los Mundiales. Esa fórmula reduciría el riesgo político, permitiría atraer financiación limitada y mantendría mayor control institucional. Aun así, requeriría reglas claras sobre propiedad, conflictos de interés, auditoría y distribución de beneficios.
También es posible que las confederaciones exijan un protocolo de consulta previo a cualquier reestructuración comercial. Si se formaliza, ese mecanismo podría ralentizar algunas decisiones, pero mejoraría su legitimidad. La transparencia debería incluir la identidad de los potenciales inversores, la valoración de los activos, los contratos previstos, los órganos de supervisión y la forma en que se protegerían los fondos destinados al desarrollo del fútbol.
Los principales riesgos son tres. El primero es financiero: una estructura mal diseñada podría comprometer derechos futuros o crear obligaciones difíciles de revertir. El segundo es institucional: nuevas dimisiones o filtraciones pueden profundizar la pérdida de confianza entre empleados, confederaciones y socios. El tercero es electoral: una presidencia debilitada puede tomar decisiones de corto plazo para conservar apoyos, sacrificando coherencia estratégica. La FIFA dispone de un enorme poder económico, pero el episodio demuestra que ese poder no elimina la necesidad de consenso.
La reunión de Salé será observada menos por las fotografías o por cualquier declaración protocolaria que por las señales que ofrezca sobre el proceso interno de la FIFA. Si aparecen una investigación independiente, consultas formales con las confederaciones y garantías para los empleados, Infantino podría convertir un revés en una oportunidad de reconstrucción. Si prevalece el silencio y las decisiones siguen concentradas en un grupo reducido, el proyecto retirado habrá dejado una herencia más profunda: la evidencia de que la mayor organización del fútbol mundial enfrenta una disputa sobre su propio modo de gobernarse.
