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Infantino recuerda el bullying de su infancia

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Gianni Infantino, presidente de la FIFA, ha vuelto a explicar cómo el acoso escolar marcó su infancia y su percepción de la discriminación. Nacido en 1970 en Brig, en el cantón suizo del Valais, el dirigente sostiene que durante sus primeros años se sintió “extranjero” en su propio país por su origen familiar, su aspecto físico y sus dificultades con el alemán.

Infantino, hijo de inmigrantes italianos, ha relatado en distintas ocasiones que sus compañeros se burlaban de él porque era pelirrojo, tenía pecas, era italiano y hablaba mal alemán. “Sé lo que significa ser discriminado, ser acosado como extranjero”, afirmó el 18 de noviembre de 2022, al recordar una etapa que, según ha explicado, influyó en su manera de interpretar los conflictos relacionados con la exclusión y el rechazo social.

Una infancia marcada por el origen familiar

El actual responsable del fútbol mundial creció en una familia modesta asentada en el Valais. Su padre trabajaba en trenes nocturnos y coches cama, mientras que su madre regentaba un quiosco de prensa en una estación. Ese entorno ferroviario formó parte de su vida cotidiana y se ha convertido en un elemento recurrente de la biografía pública con la que Infantino explica su trayectoria: la de un hijo de inmigrantes que pasó de un ambiente sencillo a dirigir una de las organizaciones deportivas más influyentes del mundo.

La referencia a sus orígenes no es incidental en sus discursos. Infantino suele presentar aquella experiencia como una fuente de sensibilidad ante la discriminación, pero también como una prueba de movilidad social. En su relato, el fútbol aparece vinculado a la integración y a la posibilidad de superar las barreras sociales, culturales y económicas que condicionaron sus primeros años.

La victoria de Italia en el Mundial de 1982 reforzó, según ha contado, su vínculo emocional con el fútbol. Aunque nació y creció en Suiza, su ascendencia italiana contribuyó a que aquel triunfo adquiriera un significado personal. Infantino ha relacionado ese sentimiento de pertenencia múltiple con la experiencia de sentirse diferente durante la infancia y con su posterior interés por las identidades nacionales, la migración y la diversidad dentro del deporte.

El discurso que abrió una polémica internacional

La versión más conocida de esta historia apareció en vísperas del Mundial de Qatar, durante un discurso de aproximadamente una hora que provocó una fuerte reacción internacional. Infantino comenzó defendiendo que los cuestionamientos occidentales hacia el país anfitrión estaban cargados de hipocresía y, en un momento especialmente controvertido, declaró: “Hoy me siento catarí, hoy me siento árabe, hoy me siento africano, hoy me siento gay, hoy me siento discapacitado, hoy me siento un trabajador migrante”.

El presidente de la FIFA utilizó entonces su experiencia personal para afirmar que comprendía el dolor de quienes son señalados por ser diferentes. También criticó los artículos que describían como “falsos hinchas” a algunos aficionados asiáticos presentes en Qatar, una caracterización que calificó de racismo. Su intervención buscaba desplazar el foco del debate: de las críticas dirigidas al país anfitrión y a la FIFA hacia lo que consideraba una doble vara de medir por parte de los países occidentales.

Sin embargo, la comparación entre las burlas que sufrió durante su infancia y formas de discriminación asociadas a la orientación sexual, la discapacidad o la condición de trabajador migrante fue recibida con reservas. Sus críticos consideraron que equiparar el bullying por el color del cabello y las pecas con situaciones de persecución legal, violencia o exclusión estructural podía minimizar la gravedad de estas últimas. La controversia no se centró únicamente en la veracidad de su experiencia, sino en la forma y el contexto en que decidió utilizarla.

Qatar, derechos laborales y diversidad

En aquel discurso, Infantino defendió el papel de la FIFA en la mejora de las condiciones laborales en Qatar y afirmó que el organismo había sido “una de las pocas organizaciones” preocupadas por los trabajadores migrantes. También lamentó que, a su juicio, no se reconociera suficientemente el progreso alcanzado en materia de derechos laborales.

La posición de la FIFA se produjo en medio de un intenso escrutinio sobre la situación de los trabajadores extranjeros que participaron en la construcción de infraestructuras para el torneo. Las organizaciones de derechos humanos habían cuestionado las condiciones de empleo, la protección salarial y la seguridad laboral, además de reclamar mayor transparencia sobre el alcance de las reformas anunciadas por las autoridades cataríes.

En relación con los derechos LGBTQ+, Infantino aseguró que las autoridades de Qatar habían garantizado que “todo el mundo será bienvenido”. La afirmación fue objeto de críticas porque la homosexualidad es ilegal en el país y porque activistas y organizaciones internacionales advertían de los riesgos que podían afrontar las personas LGBTQ+ durante la competición. El dirigente sostuvo que el torneo debía acoger a todos los aficionados, pero sus declaraciones no disiparon las dudas sobre la distancia entre las garantías públicas y el marco legal vigente.

Una historia personal en el centro del debate

Infantino ha insistido en que su referencia a la infancia no fue improvisada, sino la formulación más explícita de una idea repetida durante años: que de niño se sintió señalado por ser diferente. Esa experiencia forma parte de su identidad pública y le permite presentarse como alguien familiarizado con la exclusión, especialmente cuando la FIFA afronta críticas por cuestiones de derechos humanos, discriminación o gobernanza.

La discusión, no obstante, revela los límites de trasladar una vivencia individual a problemas de naturaleza muy distinta. El acoso escolar que sufrió el dirigente puede explicar su sensibilidad y su lenguaje político, pero no constituye por sí mismo una equivalencia con la discriminación institucional, la persecución penal o la violencia contra determinados colectivos. La validez de su testimonio personal y la pertinencia de sus comparaciones son, por tanto, dos cuestiones diferentes.

El relato de Infantino combina memoria familiar, ascenso social y defensa del fútbol como espacio de encuentro. Al mismo tiempo, sus intervenciones muestran cómo una historia biográfica puede convertirse en una herramienta de comunicación política. Para sus defensores, recordar aquel pasado demuestra empatía y compromiso contra el rechazo; para sus detractores, las comparaciones empleadas durante el debate sobre Qatar evidencian una respuesta defensiva ante críticas legítimas. La tensión entre ambas lecturas continúa acompañando la imagen pública del presidente de la FIFA.

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