Gianni Infantino ha convocado en Rabat a sus principales colaboradores para reforzar su posición al frente de la FIFA, una iniciativa que revela más debilidad que control. La reunión llega siete meses antes de las elecciones y después del fracaso de su propuesta estrella: abrir parcialmente a capital privado el negocio del Mundial.
El proyecto quedó bloqueado por el rechazo de la UEFA y por una creciente contestación interna. La oposición ya no se limita a conversaciones privadas. Arsène Wenger se desmarcó públicamente y el secretario general, Mattias Grafström, describió el episodio como una «serie de acontecimientos tristes y reprobables». La discrepancia de figuras situadas dentro de la estructura de poder convierte la crisis en un problema de autoridad, no solo de estrategia comercial.

Una cumbre para contener la fractura
Sobre Infantino pesan además acusaciones de presión política. El príncipe jordano Ali bin al-Hussein habló de «chantaje», mientras The Times aseguró que el presidente habría ofrecido a Marruecos la final del Mundial a cambio de respaldo. Ninguna de estas denuncias aparece presentada como una resolución oficial, pero su acumulación aumenta el coste institucional de la crisis y compromete la imagen de neutralidad que la FIFA necesita preservar.
Rabat puede servir para ordenar lealtades, pero no resuelve el conflicto de fondo: el presidente parece apoyarse cada vez más en un círculo reducido mientras pierde capacidad de interlocución con las federaciones y con sectores relevantes de su propia organización. La cuestión decisiva ya no es solo si Infantino conserva los votos necesarios, sino si puede llegar a las elecciones con una estructura unida y un proyecto capaz de recuperar credibilidad.
