La Copa del Mundo concluyó tras 104 partidos en tres países, con precios de entradas que alcanzaron los 50.000 dólares para la final. Las pausas de hidratación y el descanso extendido de media hora en la final respondieron a intereses publicitarios de la FIFA, que priorizó ingresos por encima del ritmo del juego. Gianni Infantino consolidó un modelo donde el espectáculo comercial eclipsa la esencia del fútbol.
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Durante la entrega de trofeos, Donald Trump entregó la copa a Rodri y se resistió a apartarse, obligando a Infantino a intervenir. Los jugadores españoles reaccionaron con estupefacción, aunque algunos como Mikel Merino respondieron con humor. Este episodio ilustra la subordinación del organismo al poder político y económico.
Luis de la Fuente reiteró su criterio de seleccionar también por valores personales. España demostró que el éxito puede construirse sin ceder a influencias externas, manteniendo un comportamiento ejemplar incluso ante la provocación argentina. La selección se erigió así en contraste nítido frente al mercantilismo que dominó el torneo.
