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Iyana Martín, antes del Mundial femenino de baloncesto

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Iyana Martín ya trabaja con la selección española en la preparación del Mundial femenino de baloncesto, que arrancará el 4 de septiembre en Berlín. La internacional llega a esta cita después de unos meses de fuerte exigencia competitiva y reconoce que el parón entre la Liga y el torneo le ha permitido recomponer energías y ordenar sensaciones antes de volver a un entorno de máxima demanda.

En una entrevista en Radioestadio Noche, la jugadora explicó que ese descanso fue importante no solo desde el punto de vista físico, sino también mental. Según relató a Raúl Granado, necesitaba tiempo para ajustar lo vivido tras una etapa en la que se acumularon “muchas emociones en muy poco tiempo”. Ese matiz ayuda a entender la gestión interna de una concentración de este tipo: el rendimiento internacional no depende solo del estado de forma, sino también de la capacidad para llegar con claridad a una ventana de competencia que concentra presión, expectativas y desgaste acumulado.

Un objetivo de progreso diario

Con el foco ya puesto en la selección, Martín sitúa el objetivo del grupo en una secuencia de avances concretos: mejorar cada día, conectar mejor entre compañeras, adaptar el juego y competir con regularidad. La formulación es relevante porque marca una estrategia habitual en torneos cortos y de alto nivel: evitar metas abstractas y concentrarse en procesos medibles que permitan llegar al tramo decisivo con automatismos sólidos.

La jugadora insiste en que el equipo no se fija una meta más allá de ese trabajo diario. En su lectura, la evolución se construye mirando “a los ojos” a todos los rivales, sin conceder nada por descontado y manteniendo una competencia humilde. Esa idea revela una lectura madura del campeonato: en un Mundial, la diferencia entre avanzar o quedarse atrás suele depender de la consistencia, la concentración y la gestión de los momentos críticos más que de un discurso grandilocuente sobre objetivos finales.

El peso de un legado

España afronta el torneo con una selección renovada, pero Martín subraya que las generaciones anteriores han dejado una herencia clara en forma de identidad competitiva, personalidad y hábitos de trabajo. Ese legado, sostiene, marca la manera en que las nuevas internacionales entienden lo que significa vestir la camiseta nacional. La idea no es menor: cuando un equipo entra en etapa de recambio, la continuidad cultural suele ser tan importante como la continuidad técnica para sostener el nivel en una competición internacional.

También destaca la convivencia de jugadoras de distintas edades dentro del grupo. Para Martín, esa mezcla refuerza el equilibrio interno porque permite unir experiencia y desparpajo en torno a un mismo objetivo. La internacional valora que una jugadora de 20 años, otra de 25 o una de 35 tengan el mismo grado de respeto y exigencia dentro del vestuario, una señal de cohesión que puede ser decisiva en una preparación corta y en un calendario donde los márgenes de error son mínimos.

Sin presión añadida

Martín descarta sentirse especialmente presionada por la cita de Berlín. Su argumento es directo: España ya ha demostrado que sabe soñar y competir. Esa afirmación sitúa la expectativa en un plano más realista que el de la obligación y encaja con la narrativa de un equipo que busca sostener su reputación internacional desde el trabajo colectivo. Pase lo que pase en el torneo, la jugadora da por hecho que la entrega del grupo será motivo suficiente para el orgullo si mantiene el nivel mostrado en la preparación.

Con el Mundial a las puertas, el discurso de Martín resume bien el momento de la selección: una transición que no renuncia a la ambición, pero que intenta sostenerse sobre continuidad, disciplina y una identidad ya reconocible. En un campeonato como el que comenzará en Berlín, esa combinación suele ser el primer indicador de competitividad real.

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