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Jabalíes y césped: el aviso que inquieta al Oviedo

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El doble ataque de una piara de jabalíes a las instalaciones del Requexón no es solo una anécdota de madrugada ni un incidente pintoresco en una ciudad deportiva. Es un aviso sobre la fragilidad operativa de los campos de césped natural cuando se enfrentan a daños mecánicos intensos, y sobre la delgada línea que separa una incidencia puntual de un problema logístico y económico de varios días. En el caso del Real Oviedo, el golpe ha afectado al campo 5 y al principal, el número 1, dos superficies que no solo sostienen entrenamientos, sino también planificación física, rotaciones de trabajo y disponibilidad de espacios en una agenda casi siempre apretada.

La lectura técnica que ha hecho Alfredo Pazos, ingeniero agrícola y gerente de Arpasa, ayuda a dimensionar el problema con rigor. Su diagnóstico introduce una distinción clave: no basta con “recolocar” tepes levantados si el equipo necesita volver a entrenar de inmediato. La reparación rápida existe, pero implica retirar material dañado, compactar el suelo, perfilar huecos y aportar tepes nuevos de tres o cuatro centímetros. Ese método permite recuperar el uso en tres a cinco días, pero exige ejecutar la obra con precisión y asumir un coste mayor. Si se opta por aprovechar los trozos levantados, el plazo se dispara: un mes y medio como mínimo, con el campo prácticamente fuera de servicio para el trabajo normal del primer equipo o del fútbol base.

Ese contraste temporal es el dato más relevante de toda la situación. En una ciudad deportiva, el césped no es un decorado; es infraestructura productiva. Cada día de indisponibilidad obliga a recolocar horarios, desplazar cargas de trabajo, dividir grupos y, en ocasiones, usar superficies menos adecuadas para tareas que deberían hacerse sobre una base homogénea. En clubes profesionales, un campo inutilizado no solo retrasa sesiones: altera la calidad del entrenamiento y aumenta el riesgo de sobrecarga en otros espacios. La diferencia entre volver en cinco días o en seis semanas no es una cuestión de comodidad, sino de rendimiento y de control físico de la plantilla.

Hay además una segunda conclusión que conviene subrayar: el problema no nace de una “debilidad” excepcional del césped, sino de la combinación entre un terreno atractivo para el animal y una instalación que, por su naturaleza abierta, no siempre está diseñada para resistir una intrusión de este tipo. Pazos apunta que los jabalíes buscan comida y que interpretan el terreno verde como una superficie con raíces, tubérculos y alimento subterráneo. Esa explicación encaja con una tendencia más amplia: la expansión del contacto entre fauna salvaje y equipamientos deportivos situados en entornos periurbanos o próximos a masas forestales. No es un episodio aislado de Asturias; es un ejemplo visible de un fenómeno que se repite en campos, parques y zonas de uso intensivo donde la presión humana y la fauna comparten borde.

Desde la óptica del mantenimiento deportivo, el episodio obliga a revisar prioridades. El césped natural de alto uso vive ya bajo estrés por compactación, pisoteo, humedad y calendario. Cuando encima recibe daños arrancados en placas, el sistema entra en una zona más delicada: la prisa por reabrir puede convertirse en un error si se renuncia a la integración correcta de los nuevos tepes. El experto lo deja claro al explicar que colocar piezas pequeñas sin enraizar impide pisar el terreno con normalidad. Dicho de otro modo, un arreglo barato hoy puede convertirse en un gasto mayor mañana si el club fuerza una recuperación prematura y compromete la base vegetal.

También hay una dimensión económica menos visible. El cálculo de entre 25 y 35 euros por metro cuadrado para la intervención completa, con tepe a unos 15 euros por metro cuadrado antes de mano de obra, sitúa la incidencia en una horquilla relevante para cualquier entidad que administre varios campos. Si el daño afecta a cientos de metros cuadrados, el coste deja de ser marginal y pasa a competir con otras partidas de mantenimiento ordinario. En instalaciones con múltiples usos, academias o convenios con entidades externas, la pérdida no se mide solo en reparación: se mide en horas de alquiler interno, en necesidad de reprogramar actividades y en presión sobre el equipo de jardinería o la empresa contratista.

La recomendación de usar pastores eléctricos introduce un debate conocido en el sector agrario y en el de campos de golf: prevención frente a reparación. Los vallados con hilo conductor no eliminan la presencia de fauna, pero alteran el comportamiento de acceso y reducen la probabilidad de entrada. Su eficacia, no obstante, depende de una instalación correcta, de la supervisión y del perímetro real que se quiera proteger. Para un club de fútbol, esto abre una discusión de fondo: hasta qué punto una ciudad deportiva debe invertir en soluciones permanentes de contención si está situada en una zona de tránsito de animales. La respuesta no puede ser puramente reactiva, porque el coste de no hacerlo incluye repetición de daños, interrupciones del calendario y, en el peor caso, una sucesión de reparaciones de urgencia que resultan más caras que una prevención bien planificada.

Los distintos actores leen el episodio con prioridades diferentes. Para el club, la cuestión inmediata es recuperar disponibilidad sin perder calidad de superficie. Para el equipo de mantenimiento, el reto es técnico: cerrar el daño sin hipotecar el enraizamiento y sin sacrificar la regularidad del terreno. Para los jugadores y técnicos, el campo es una herramienta de trabajo y cualquier merma afecta a la preparación. Y para el entorno local, la presencia creciente de jabalíes remite a una gestión del territorio más amplia, donde el desplazamiento de fauna hacia áreas humanizadas ya no es una rareza sino un síntoma de cambio ambiental y de presión sobre los hábitats.

Hay, incluso, una lectura estratégica que el deporte español suele infravalorar: las infraestructuras de entrenamiento son tan vulnerables como los estadios en días de partido, pero reciben menos atención cuando se planifican contingencias. La mayoría de clubes piensa en lluvia, heladas o sobreuso; pocos incorporan con el mismo nivel de detalle riesgos derivados de fauna, intrusión o daño externo. Este caso puede empujar a un cambio de paradigma en ciudades deportivas cercanas a entornos rurales o forestales: mapeo de riesgos, perímetros reforzados, protocolos de inspección nocturna y contratos de respuesta rápida para reparación de tepes. No se trata de blindar cada campo, sino de asumir que la continuidad operativa exige prevención específica.

Lo ocurrido en El Requexón deja una advertencia clara: en un fútbol cada vez más profesionalizado, el césped también es parte de la cadena de valor. Cuando una piara rompe la superficie, no solo deja barro y huecos; expone la dependencia del club respecto de una infraestructura sensible, el coste real de la urgencia y la necesidad de pensar el mantenimiento como una política de riesgo, no como una rutina menor. Si el Oviedo opta por la solución rápida, ganará días; si la prioridad es conservar el material existente, perderá semanas. Entre ambas opciones se juega algo más que una reparación: la capacidad de anticiparse a un problema que, con toda probabilidad, no será el último de este tipo.

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