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Jessica Rivero y el precio de resistir

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La trayectoria de Jessica Rivero concentra varias de las tensiones que atraviesan hoy al voleibol femenino de alto nivel: la precocidad como vía de acceso a la élite, la movilidad internacional como requisito profesional, la fragilidad de las estructuras de apoyo y la creciente atención sobre la salud mental de las deportistas. Su relato no solo describe una carrera construida entre mudanzas, títulos y selecciones. También ofrece una advertencia sobre el coste humano de convertir muy pronto una ambición deportiva en una forma de vida.

Una historia personal que puede cambiar el relato deportivo

El principal impacto de su testimonio se encuentra en la visibilidad de un recorrido que suele presentarse de manera simplificada. Rivero llegó a España con cuatro años, comenzó a jugar al voleibol a los siete y se trasladó sola a Gran Canaria a los 13 para incorporarse al Olímpico de Las Palmas. Ese proceso no fue una ruptura repentina con Cuba para perseguir una carrera, sino una historia de migración familiar seguida de una decisión deportiva precoz. La precisión importa porque evita convertir su experiencia en un relato de superación descontextualizado.

Su caso puede ayudar a entender que el rendimiento de una joven deportista depende de una red amplia: familia, club, entrenadores, compañeras, formación académica y acompañamiento psicológico. La voluntad individual fue determinante, pero no habría bastado sin un entorno que le permitiera asumir responsabilidades excepcionales. Para las categorías inferiores, esta lectura puede ser más útil que la simple exaltación del sacrificio. El talento necesita oportunidades, pero también condiciones para no quedar atrapado por ellas.

La exposición de Rivero como referente puede beneficiar especialmente al voleibol español. Las niñas que practican este deporte necesitan identificar trayectorias posibles dentro y fuera del país. Una jugadora que ha competido en España, Alemania, Turquía, Polonia, Italia y Estados Unidos demuestra que existe una salida profesional internacional. Ese efecto puede traducirse en más participación, mayor ambición competitiva y una demanda creciente de clubes, selecciones y federaciones.

El éxito temprano también puede elevar la factura

La precocidad que abre puertas puede generar al mismo tiempo una presión difícil de administrar. Rivero debutó con la selección absoluta a los 15 años, después de que una lesión alterara los planes del equipo y cancelara su participación en un Mundial escolar en China. La decisión fue una oportunidad extraordinaria, pero también implicó renunciar a una experiencia propia de su edad. En el deporte de alto rendimiento, estas renuncias suelen presentarse como señales de madurez; sin embargo, acumuladas durante años pueden limitar la adolescencia, las relaciones sociales y la construcción de una identidad ajena a la competición.

El riesgo no reside en convocar a una menor con condiciones para competir, sino en interpretar su capacidad como una obligación permanente. Una adolescente que responde bien en un entorno absoluto puede seguir necesitando protección, educación y espacios de descanso. Si cada logro se utiliza para justificar nuevas cargas, el desarrollo deportivo puede confundirse con una aceleración constante. El resultado puede ser el agotamiento físico, la pérdida de motivación o una dependencia excesiva de los resultados para valorar el propio bienestar.

La experiencia de Rivero también plantea una cuestión para los clubes: ¿están preparados para recibir a menores que viven lejos de sus familias? La vivienda, la supervisión cotidiana, la alimentación, la escolarización, la seguridad y la posibilidad de pedir ayuda no pueden quedar subordinadas a la calidad del entrenamiento. Los proyectos de formación que aspiran a producir jugadoras de élite deberían ser evaluados no solo por sus títulos, sino por la manera en que protegen a quienes todavía no tienen herramientas adultas para gestionar la presión.

La depresión rompe una idea peligrosa

La parte más relevante de su testimonio se refiere a la depresión que sufrió en Polonia durante los años marcados por la pandemia. El aislamiento, el frío, las restricciones y la reducción de los contactos sociales hicieron que el voleibol se convirtiera casi en su único vínculo con el exterior. Lloraba con frecuencia, estaba triste, había perdido mucho peso y no comprendía inicialmente qué le ocurría. El caso muestra que el malestar psicológico no siempre aparece después de un fracaso visible. También puede surgir cuando una deportista sigue compitiendo, entrenando y cumpliendo aparentemente con sus obligaciones.

La confesión tiene un efecto positivo porque cuestiona la asociación entre fortaleza y silencio. Rivero no presenta la depresión como un rival que venció únicamente con disciplina, sino como una situación que exigió reconocer los límites y buscar ayuda profesional. Esa diferencia es decisiva. En entornos donde se premia soportar el dolor y continuar a cualquier precio, pedir apoyo puede interpretarse erróneamente como una debilidad. Su experiencia sugiere lo contrario: identificar el problema a tiempo puede proteger la carrera y, sobre todo, la vida personal de la deportista.

Existe, no obstante, un riesgo en la forma en que se reciben estas historias. El testimonio de una atleta conocida puede impulsar la conversación sobre salud mental, pero también puede generar una expectativa de recuperación lineal. La terapia no garantiza una solución rápida ni idéntica para todas las personas. Tampoco debe utilizarse el caso de Rivero para reducir la depresión a la soledad, la pandemia o una única causa. Las instituciones necesitan profesionales cualificados, protocolos confidenciales y seguimiento continuado, no solo campañas puntuales cuando una figura pública habla del problema.

Del discurso a una estructura de cuidado

La defensa que hace Rivero de acudir al psicólogo puede contribuir a normalizar la prevención. En el alto rendimiento, el apoyo psicológico debería integrarse en la preparación ordinaria, del mismo modo que la fisioterapia, la nutrición o el análisis técnico. Eso permitiría trabajar la adaptación a nuevos países, la gestión de lesiones, la presión competitiva, las relaciones dentro del vestuario y la incertidumbre contractual antes de que aparezca una crisis.

La implantación de este modelo tiene obstáculos concretos. Los clubes con presupuestos limitados pueden considerar el acompañamiento psicológico un gasto secundario, mientras que las jugadoras extranjeras pueden carecer de redes familiares o de información sobre los recursos disponibles. Además, la relación entre psicóloga, entrenadores y dirección debe proteger la privacidad de la deportista. Si las jugadoras temen que revelar ansiedad, tristeza o agotamiento afecte a su puesto, tenderán a ocultar los síntomas.

También conviene evitar una responsabilidad excesiva sobre la persona. La psicología puede ofrecer herramientas, pero no corrige por sí sola calendarios saturados, contratos inestables, discriminación, falta de descanso o ambientes laborales tóxicos. La salud mental depende de decisiones institucionales. Un equipo que exige rendimiento continuo y deja sola a la jugadora en sus problemas personales no puede presentar después la terapia como una reparación suficiente.

Italia muestra una oportunidad y una brecha

La comparación entre Italia y España aporta una dimensión estructural. Rivero vincula la fortaleza del voleibol italiano con los éxitos de su selección, la calidad de su liga, la llegada de extranjeras de primer nivel y una cultura competitiva consolidada. Esa combinación produce un círculo de crecimiento: los partidos tienen mayor atención, los clubes atraen recursos, las jugadoras entrenan en entornos exigentes y la selección dispone de una base más amplia.

España puede beneficiarse de esa referencia, aunque copiar el modelo no resolvería automáticamente sus carencias. La visibilidad de una selección no se sostiene sin clubes estables, formación de calidad, instalaciones, inversión y una estrategia de comunicación capaz de convertir los resultados en interés duradero. Un éxito aislado puede atraer titulares, pero no garantiza continuidad. El riesgo está en exigir a la selección que compense por sí sola las debilidades de toda la estructura.

La falta de atención mediática tiene consecuencias que van más allá del reconocimiento público. Reduce las oportunidades de patrocinio, limita los salarios, dificulta la profesionalización y puede empujar a las jugadoras jóvenes a abandonar antes de alcanzar su mejor nivel. A la vez, una mayor exposición sin mejoras laborales podría incrementar la presión sobre las deportistas sin ofrecerles estabilidad. El crecimiento debe medirse tanto por las audiencias como por las condiciones de quienes sostienen la competición.

La veterana ante una responsabilidad nueva

La incorporación de Rivero al Consolini Volley San Giovanni la situará en un papel distinto. Ya no será únicamente una jugadora que debe adaptarse a un club nuevo, sino una de las veteranas de una plantilla joven. Su experiencia puede acelerar la integración del grupo, transmitir hábitos de trabajo y servir de apoyo a compañeras que afronten por primera vez la máxima categoría italiana. Esa influencia es especialmente valiosa en una competición donde la adaptación táctica y emocional puede decidir la permanencia de un proyecto recién consolidado.

Pero convertir a una jugadora experimentada en guía del vestuario también implica riesgos. La experiencia no debe transformarse en una carga informal que la obligue a resolver conflictos, compensar carencias de gestión o asumir tareas que correspondan al cuerpo técnico. Tampoco todas las jóvenes necesitan recibir el mismo tipo de consejo. La transmisión de hábitos debe respetar las diferencias personales y evitar que la disciplina se convierta en una crítica generacional.

El comentario de Rivero sobre la pérdida de ciertas ganas de trabajar refleja una preocupación extendida en el deporte, aunque requiere prudencia. Las nuevas generaciones se desarrollan en un contexto distinto, con más exposición digital, otras expectativas laborales y una mayor conciencia sobre el bienestar. Interpretar esos cambios únicamente como falta de compromiso puede provocar incomprensión. La verdadera prueba para el club será combinar exigencia y escucha, de modo que la cultura del esfuerzo no excluya la prevención del agotamiento.

Japón y los Juegos, entre la ambición y la incertidumbre

Sus deseos de jugar en Japón y participar algún día en unos Juegos Olímpicos mantienen abierta una dimensión internacional de su carrera. Japón representa una liga diferente, una nueva cultura y la posibilidad de completar un itinerario marcado por la adaptación. Para el voleibol asiático, la llegada de jugadoras europeas con experiencia puede favorecer el intercambio técnico y aumentar la diversidad de estilos, aunque el acceso dependerá de las necesidades de cada club, del nivel de la competición y de las condiciones contractuales.

El sueño olímpico exige una lectura más cautelosa. La selección española debe competir por una plaza en un sistema de clasificación limitado y frente a países con estructuras mucho más profundas. La edad deportiva, las lesiones, la disponibilidad de las jugadoras y las decisiones federativas son variables que Rivero no controla. Mantener la aspiración puede ser una fuente legítima de motivación, pero presentarla como un desenlace esperable generaría una presión innecesaria.

La trayectoria de Jessica Rivero deja así una doble lección. Su perseverancia demuestra que una deportista española puede construir una carrera internacional y convertirse en referente sin renunciar a nuevos objetivos. Al mismo tiempo, su paso por la depresión recuerda que el éxito no elimina la vulnerabilidad. El futuro del voleibol femenino dependerá de que sus historias de esfuerzo inspiren más oportunidades sin convertir el sufrimiento en requisito de admisión. La maleta de Rivero simboliza movimiento y ambición, pero también obliga a preguntar quién acompaña a las jugadoras cuando el viaje se vuelve demasiado pesado.

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