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La candidatura de Enrique Riquelme mantiene su actividad y pone el foco en la gestión deportiva del Real Madrid

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La candidatura encabezada por Enrique Riquelme continúa activa tras las elecciones presidenciales del Real Madrid y mantiene el horizonte situado en 2030, fecha en la que previsiblemente volverá a abrirse el proceso electoral. Lejos de disolverse después de la derrota, el equipo que respaldó al aspirante ha optado por seguir analizando la actualidad del club, con especial atención a las decisiones que afectan a la estructura deportiva y al rumbo institucional.

La continuidad de ese trabajo adquiere relevancia porque las elecciones del pasado junio no reflejaron una oposición marginal. Florentino Pérez fue reelegido con 21.741 votos, el 65% de los sufragios emitidos, mientras que Riquelme obtuvo 11.814 apoyos, equivalentes al 35%. La distancia fue clara, pero el volumen de voto recibido por la candidatura alternativa deja una base política suficiente para sostener una vigilancia organizada sobre la gestión del presidente.

Un análisis centrado en las crisis sin títulos

Según ha podido saber Mundo Deportivo, el entorno de Riquelme ha elaborado un estudio sobre la actuación de Florentino Pérez en escenarios comparables al vivido por el Real Madrid tras dos temporadas sin conquistar títulos. El objetivo no sería únicamente revisar resultados concretos, sino identificar una pauta en la manera en que la presidencia distribuye responsabilidades cuando el rendimiento deportivo se aleja de las expectativas del club.

La conclusión que extrae esa revisión es que el entrenador ha terminado habitualmente situado en el centro de la respuesta institucional. En la etapa más reciente, el análisis vincula esta tendencia con la salida de Carlo Ancelotti, la posterior destitución de Xabi Alonso y el relevo de Álvaro Arbeloa. Este último había firmado un contrato de tres temporadas al asumir el cargo en enero, circunstancia que subraya la rapidez con la que puede cambiar la confianza en el banquillo cuando no se cumplen los objetivos inmediatos.

La lectura de la candidatura no equivale necesariamente a negar la responsabilidad de los técnicos. En un club con exigencia competitiva máxima, el entrenador responde por el funcionamiento del equipo, por la evolución de los jugadores y por los resultados. Sin embargo, el planteamiento de Riquelme introduce una cuestión más amplia: si las malas rachas se explican de forma recurrente por el trabajo del banquillo, queda menos examinada la responsabilidad de quienes diseñan plantillas, fijan prioridades deportivas y sostienen o modifican los proyectos.

La repetición de un patrón histórico

La comparación con etapas anteriores refuerza esa interpretación. Durante la presidencia de Florentino Pérez, iniciada en el año 2000, varios entrenadores han abandonado el cargo tras periodos de tensión deportiva o institucional. Los nombres de Carlos Queiroz, José Antonio Camacho, Mariano García Remón, Vanderlei Luxemburgo y Manuel Pellegrini forman parte de una larga secuencia de cambios que refleja la dificultad de consolidar procesos cuando la respuesta a una crisis pasa rápidamente por el relevo técnico.

Cada caso tuvo sus propias circunstancias. No sería riguroso equiparar plantillas, calendarios, contextos financieros o relaciones internas de dos décadas distintas. Pero la acumulación de precedentes sí permite establecer una observación: la presidencia blanca ha tendido a convertir el cambio de entrenador en una herramienta prioritaria para restaurar la competitividad o transmitir una reacción inmediata. Es una fórmula que puede producir efectos rápidos, aunque también limita el tiempo disponible para evaluar si los problemas proceden de la dirección del equipo o de decisiones anteriores en la planificación.

En esa tensión se ubica el valor político del estudio promovido por el equipo de Riquelme. No se trata solo de cuestionar una destitución concreta, sino de discutir el modelo de rendición de cuentas dentro de una entidad donde el presidente concentra una notable capacidad de decisión. El debate trasciende así la identidad del próximo técnico: alcanza la definición de responsabilidades entre presidencia, dirección deportiva, plantilla y banquillo.

Una oposición que busca construir credibilidad

La decisión de mantener activa la estructura de campaña también responde a una lógica de largo plazo. A falta de elecciones cercanas, Riquelme necesita evitar que el respaldo obtenido quede reducido a una cifra aislada. Seguir el día a día, producir análisis y fijar posición sobre asuntos relevantes puede servirle para transformar un resultado electoral en una alternativa reconocible ante los socios, especialmente si el club atraviesa nuevos ciclos de incertidumbre deportiva.

Ese trabajo, no obstante, exigirá precisión. Una oposición útil no gana peso solo al señalar errores, sino al demostrar que puede formular criterios estables y propuestas aplicables. Si el diagnóstico es que la gestión deportiva ha descargado demasiada responsabilidad sobre los entrenadores, la siguiente cuestión será qué mecanismos plantea para equilibrar el poder decisorio, evaluar los proyectos con mayor perspectiva y preservar la exigencia competitiva sin convertir cada mala temporada en una ruptura total.

El horizonte de 2030 ya condiciona el presente

La actividad de la candidatura introduce un elemento poco habitual en la vida institucional del Real Madrid: una oposición que no espera a la siguiente convocatoria para empezar a organizarse. En un club acostumbrado a la estabilidad presidencial de Florentino Pérez, esa persistencia puede ampliar el debate interno sobre la gestión, aunque no altere de inmediato la correlación de fuerzas. La clave estará en si Riquelme logra conectar el análisis de las decisiones presentes con una visión convincente del futuro del club.

Por ahora, su equipo ha elegido un terreno concreto para marcar distancia: la gestión de las crisis deportivas y el papel asignado a los entrenadores. La discusión puede parecer circunscrita al fútbol, pero toca una cuestión institucional decisiva. Cuando los resultados fallan, la forma en que una organización reparte responsabilidades define tanto su capacidad para corregirse como la confianza que genera entre quienes deben juzgar su rumbo.

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