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La crisis de Infantino abre una disputa por el futuro del fútbol

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La ruptura entre Luis Figo y Gianni Infantino trasciende una disputa personal y expone una fractura cada vez más visible sobre el modelo de gobierno y de negocio de la FIFA. El exjugador portugués, antiguo Balón de Oro y candidato a presidir el organismo en 2015, pidió públicamente la salida del dirigente italo-suizo y sostuvo que sus decisiones están condicionadas por intereses personales. La contundencia del mensaje adquiere una dimensión especial porque llega después de una cadena de cuestionamientos procedentes de federaciones, confederaciones y figuras internas del fútbol internacional.

“Infantino debe irse”, escribió Figo en una columna publicada por el Daily Mail, al considerar que la dirección de la FIFA ha perdido la confianza de quienes trabajan por el fútbol. No se trata únicamente de una crítica a una iniciativa empresarial retirada en pocos días. El episodio de FIFA Forward Enterprise, la compañía que pretendía atraer inversión privada para explotar comercialmente torneos como la Copa del Mundo, se convirtió en un examen de autoridad para la presidencia de la FIFA. El proyecto fue abandonado por Infantino después de provocar una reacción negativa poco habitual entre las estructuras continentales.

La secuencia resulta relevante. La FIFA defendió durante años una estrategia de expansión económica basada en nuevos torneos, mayores ingresos comerciales y una presencia más directa en mercados emergentes. Ese crecimiento permitió elevar los recursos distribuidos entre federaciones y financiar programas de desarrollo, pero también incrementó la preocupación por la concentración de decisiones en la sede central. Cuando la organización intentó avanzar hacia una fórmula de inversión privada sin un consenso amplio, varias confederaciones interpretaron el movimiento como una amenaza a su influencia y a la autonomía tradicional del fútbol organizado.

El proyecto empresarial que encendió la alarma

El debate sobre FIFA Forward Enterprise no se reduce a si la inversión privada puede ser útil para el fútbol. La cuestión central es quién controlaría los derechos, cómo se repartirían los beneficios y qué límites existirían para proteger el calendario, la identidad de las competiciones y el interés deportivo. En otros sectores, la entrada de capital puede acelerar la expansión de una propiedad; en el fútbol, sin embargo, los activos comerciales están vinculados a comunidades, selecciones nacionales y competiciones con una fuerte dimensión cultural.

La ausencia de una consulta suficientemente amplia agravó el problema. Las asociaciones nacionales no son simples accionistas comerciales: son las entidades que sostienen las ligas, las selecciones y las estructuras formativas en cada país. Si perciben que una decisión de la FIFA puede comprometer ingresos futuros o modificar la jerarquía de los torneos sin su participación, el conflicto deja de ser técnico y se transforma en una disputa institucional. El retiro del proyecto evitó una confrontación inmediata, pero también transmitió la imagen de una presidencia que avanzó demasiado rápido y tuvo que retroceder ante la presión.

Las reservas expresadas por Arsène Wenger, mencionado entre los dirigentes que cuestionaron la manera en que se condujo la iniciativa, refuerzan esa lectura. Wenger no representa a una federación enfrentada a la FIFA, sino a una figura con autoridad dentro del debate futbolístico internacional. Su posición sugiere que la incomodidad no se limita a los organismos que compiten por cuotas de poder, sino que también alcanza a quienes temen que las reformas comerciales terminen subordinando el desarrollo deportivo a los objetivos financieros.

De la expansión global a la resistencia política

Infantino llegó a la presidencia de la FIFA con la promesa de modernizar la institución, ampliar la participación internacional y utilizar el crecimiento de los ingresos para beneficiar a las federaciones. En ese proceso, la FIFA impulsó una imagen de organización más poderosa y con mayor capacidad de intervención. El aumento de los recursos puede ofrecer ventajas concretas: mejores instalaciones, programas juveniles y apoyo para asociaciones con escasa capacidad financiera. Pero cuanto más dinero concentra una institución, mayor es también la exigencia de transparencia, controles y equilibrio entre las partes.

La crisis actual aparece cuando esos dos elementos dejan de avanzar al mismo ritmo. La expansión comercial se volvió más rápida que los mecanismos de deliberación. La discusión sobre un Mundial cada dos años ya había demostrado la sensibilidad del asunto: una frecuencia mayor podría generar ingresos adicionales y más oportunidades deportivas, pero reduciría la exclusividad del torneo, presionaría el calendario y afectaría el valor de las competiciones de clubes. Para las confederaciones, cada modificación de esa escala altera sus propias fuentes de ingresos, sus calendarios y la relación con las ligas nacionales.

Figo empleó precisamente ese argumento al afirmar que propuestas como un Mundial bienal o la apertura del negocio a capitales privados parecen responder más a objetivos económicos que al desarrollo del fútbol. La acusación debe entenderse como una valoración política, no como una prueba concluyente de una conducta ilegal. Sin embargo, tiene capacidad para influir porque conecta decisiones separadas bajo una misma sospecha: que el crecimiento financiero de la FIFA estaría adquiriendo prioridad frente a la sostenibilidad deportiva.

El frente electoral se adelanta a 2027

El impacto más inmediato se encuentra en la política interna. La reelección de Infantino en 2027 todavía no constituye una campaña abierta en sentido estricto, pero los apoyos comienzan a medirse con anticipación. El rechazo denunciado por Jordania, la posición de Gales y las críticas procedentes de distintas áreas de la organización sugieren que algunas federaciones ya no consideran conveniente mantener una lealtad automática hacia el presidente. Cada declaración pública puede convertirse en una señal para otros dirigentes que esperan comprobar si existe una alternativa viable.

La salida de Figo en 2015 le concede una legitimidad particular dentro de este escenario. Aunque retiró entonces su candidatura, conoce el funcionamiento político de una elección presidencial de la FIFA y sabe que el respaldo de una figura reconocida no sustituye la construcción de alianzas entre asociaciones nacionales. Su intervención puede contribuir a organizar el descontento, pero también enfrenta una limitación: criticar a Infantino no equivale a presentar un programa capaz de unir a federaciones con intereses muy diferentes.

La disputa, por tanto, podría desarrollarse en dos niveles. En el primero, los opositores buscarán obligar a la FIFA a establecer reglas más claras sobre la consulta, los derechos comerciales y la independencia de las confederaciones. En el segundo, intentarán convertir la crisis de confianza en una coalición electoral. Para que esa coalición prospere necesitará algo más que figuras mediáticas: deberá ofrecer una fórmula creíble para preservar los programas de desarrollo sin depender de decisiones centralizadas y controvertidas.

Lo que está en juego para las federaciones

Las federaciones pequeñas son uno de los grupos más delicados en esta confrontación. Muchas dependen de los fondos de la FIFA para sostener campos de entrenamiento, selecciones juveniles, estructuras administrativas y competiciones nacionales. Un enfrentamiento prolongado podría ponerlas ante una elección incómoda: respaldar a una dirigencia que garantiza recursos, aunque cuestione su influencia, o alinearse con una reforma institucional cuyo resultado financiero es incierto.

Ese dilema explica por qué el dinero y la gobernanza no pueden analizarse por separado. Los programas de ayuda han ampliado las oportunidades para países con menor tradición futbolística, pero también pueden generar dependencia política si el acceso a los recursos se percibe como vinculado a la cercanía con la presidencia. La solución no sería eliminar la financiación central, sino establecer criterios verificables, auditorías independientes y procedimientos que impidan que la distribución de fondos se convierta en una herramienta de presión electoral.

La acusación de “chantaje” mencionada en relación con Jordania, si se confirma mediante pruebas y procedimientos formales, elevaría todavía más la gravedad del conflicto. Por ahora, debe tratarse como una denuncia política que requiere documentación y respuesta institucional. Precisamente por eso la FIFA enfrenta una obligación doble: responder a las acusaciones concretas y publicar información suficiente para que las federaciones puedan evaluar si las decisiones comerciales y financieras se adoptaron conforme a reglas conocidas.

El costo para la credibilidad del fútbol

La controversia también afecta a patrocinadores, emisoras y aficionados. Las grandes marcas compran visibilidad, pero también reputación asociada a la competición. Si la FIFA aparece como una entidad imprevisible, que anuncia proyectos de alto impacto y los retira después de una reacción interna, los socios comerciales pueden exigir más garantías antes de comprometer inversiones de largo plazo. La incertidumbre no necesariamente reduce los ingresos de inmediato, pero encarece la negociación y debilita la capacidad de la organización para imponer condiciones.

Para los aficionados, el riesgo es distinto. La expansión constante del calendario, la posibilidad de nuevos formatos y la incorporación de intereses financieros alimentan la percepción de que el fútbol se diseña para maximizar el consumo, no para proteger la experiencia deportiva. La reacción contra la Superliga europea mostró que la legitimidad de una competición depende también de su vínculo con la historia, el mérito y la pertenencia. La FIFA puede ampliar sus ingresos, pero no puede dar por garantizada la aceptación social de cada nuevo producto.

La salida de la crisis exigirá más que una recomposición de apoyos alrededor de Infantino o una campaña de oposición encabezada por Figo. Será necesario definir quién decide sobre los torneos, qué controles se aplican a las asociaciones comerciales, cómo se consulta a las confederaciones y qué límites tiene la expansión del calendario. Si esas preguntas permanecen sin respuesta, cualquier nuevo proyecto —privado, deportivo o financiero— será interpretado como otra prueba de centralización.

La frase de Figo, “todavía hay tiempo para salvar al fútbol”, resume un temor que va más allá de una elección presidencial. El fútbol no enfrenta una amenaza inmediata de desaparición, pero sí una disputa por su dirección futura: un sistema cada vez más comercial y concentrado, o una estructura global que combine crecimiento económico con controles, participación y protección del calendario. La decisión que adopten las federaciones antes de 2027 determinará no solo quién conduce la FIFA, sino qué límites tendrá el poder dentro del deporte más influyente del mundo.

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