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La crisis de la FIFA reabre su debate de gobernanza

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La disculpa pública de la FIFA por los «errores cometidos» en la gestión del proyecto FIFA Forward Enterprise (FFE) no cierra la crisis abierta alrededor de Gianni Infantino. La organización ha retirado la propuesta de crear una sociedad externa para administrar sus actividades comerciales y competiciones, pero el episodio ha trasladado el debate desde la conveniencia de atraer capital privado hacia una cuestión más profunda: quién controla las decisiones estratégicas del fútbol mundial y con qué garantías de transparencia.

El comunicado difundido tras la reunión de urgencia celebrada en Marruecos busca contener el deterioro institucional. La dirección reconoce que el Consejo de la FIFA y las federaciones miembro no debieron sentirse excluidos, mientras reafirma su «pleno apoyo» al presidente. Esa combinación de disculpa y respaldo pretende preservar la autoridad de Infantino, aunque también revela una tensión difícil de resolver: admitir fallos de procedimiento sin asumir responsabilidades políticas concretas.

La retirada de FFE reduce, por ahora, el riesgo inmediato de una batalla legal o de un conflicto operativo con las confederaciones. Sin embargo, no elimina las dudas que provocó el proyecto. La iniciativa fue conocida por la prensa antes de ser explicada a los órganos internos, y contemplaba una estructura con participación de inversores privados para gestionar negocios y torneos de enorme valor económico. La forma en que se planteó ha generado más desconfianza que claridad sobre sus objetivos.

Una retirada que evita el choque, pero no resuelve la causa

Desde una perspectiva financiera, la propuesta respondía a una tendencia visible en el deporte internacional: separar la gestión comercial de la estructura federativa para captar inversión, profesionalizar activos y acelerar nuevos negocios audiovisuales, digitales y de entretenimiento. Un vehículo especializado podría ofrecer mayor flexibilidad para explotar derechos globales, desarrollar plataformas tecnológicas o financiar competiciones de gran escala sin depender exclusivamente de los ciclos presupuestarios tradicionales.

Ese posible beneficio, no obstante, dependía de reglas muy precisas. La FIFA no es una empresa ordinaria. Su capacidad para organizar el Mundial, distribuir recursos y establecer normas afecta a 211 asociaciones nacionales, clubes, jugadores, ligas, patrocinadores y gobiernos. Una sociedad externa con inversores privados habría necesitado límites nítidos entre la búsqueda de rentabilidad y las funciones de interés deportivo. Sin esa separación, existe el riesgo de que las prioridades comerciales terminen influyendo en el calendario, el formato de los torneos o la distribución de ingresos.

La falta de información previa agravó el problema. Aunque la FIFA sostiene que FFE habría requerido la aprobación del Consejo y de las asociaciones miembro, el hecho de que la propuesta llegara a la opinión pública antes que a varios actores relevantes alimentó la impresión de que las consultas eran posteriores y no sustantivas. En organizaciones multinacionales, la legalidad formal no siempre basta para preservar la legitimidad: también importa que los afectados perciban un proceso abierto, comprensible y susceptible de modificación.

El respaldo a Infantino muestra una autoridad bajo presión

La reafirmación del apoyo a Infantino puede interpretarse como un intento de evitar un vacío de poder en un momento especialmente delicado. El presidente sigue siendo el único candidato declarado para las elecciones de marzo de 2027, y una crisis prolongada podría afectar la preparación del Mundial de 2026, la relación con los anfitriones y la planificación de los siguientes ciclos competitivos. Mantener una línea de mando estable ofrece, en principio, una ventaja operativa.

Pero el respaldo institucional no equivale necesariamente a consenso. El distanciamiento de figuras como Arsène Wenger y Mattias Grafström, la dimisión del asesor Carlos Cordeiro y las críticas de varias confederaciones indican que el malestar no se limita a sectores externos. Cuando altos cargos cuestionan la forma en que se toman las decisiones, el problema deja de ser una controversia de comunicación y pasa a afectar la coordinación interna, la confianza de los empleados y la capacidad de ejecutar reformas.

La posición de Infantino también se complica por la naturaleza de la mayoría que necesita para ser reelegido. La FIFA reúne federaciones con intereses y niveles de dependencia económica muy distintos. Algunas pueden valorar la expansión de programas de desarrollo y las nuevas fuentes de ingresos, mientras otras temen una concentración excesiva de poder en la presidencia. El apoyo de las asociaciones no será necesariamente uniforme ni permanente, sobre todo si aparecen nuevas propuestas de comercialización de competiciones.

La fractura con Europa puede tener efectos globales

La UEFA ha comunicado que estudia acciones legales, mientras la Asociación de Ligas Europeas ha denunciado que la FIFA no puede seguir tomando decisiones de manera unilateral. Estas advertencias abren varios frentes de riesgo. Una disputa jurídica podría retrasar proyectos comerciales, elevar los costes de cumplimiento y obligar a la FIFA a dedicar recursos políticos y financieros a defender sus competencias. También podría producir decisiones cautelares o acuerdos parciales difíciles de conciliar entre países y jurisdicciones.

El conflicto tiene además una dimensión económica. El fútbol europeo concentra buena parte del valor audiovisual, del patrocinio internacional y de la influencia de los clubes con mayor audiencia. Si las ligas perciben que la FIFA pretende ampliar torneos o modificar el calendario sin una negociación suficiente, podrían resistirse mediante recursos legales, presión política o condicionamientos operativos. La amenaza no implica necesariamente una ruptura, pero sí puede encarecer cualquier reforma futura y reducir la previsibilidad para inversores y patrocinadores.

La controversia sobre un posible Mundial de 64 selecciones desde 2030 intensifica esa desconfianza. Ampliar la competición podría abrir espacio a federaciones con menor presencia internacional, aumentar la representación geográfica y generar más partidos e ingresos. Al mismo tiempo, agravaría la congestión del calendario, elevaría la carga física de los jugadores y podría disminuir el valor excepcional de una fase final más limitada. La discusión no debería resolverse únicamente con el argumento de que más participantes significan más inclusión.

Las declaraciones del primer ministro canadiense, Mark Carney, y del británico Andy Burnham muestran que el conflicto ya desborda el ámbito estrictamente federativo. Los gobiernos de países anfitriones tienen intereses financieros, diplomáticos y de seguridad vinculados a los grandes torneos. Si consideran que la dirección de la FIFA carece de legitimidad o previsibilidad, podrían exigir mayores garantías en la relación con el organismo, condicionar apoyos públicos o utilizar el debate en sus propios escenarios políticos.

Inversión privada: oportunidad con un coste de control

La entrada de capital privado no debe descartarse por principio. Los derechos deportivos se enfrentan a cambios acelerados en el consumo audiovisual, a la competencia de nuevas plataformas y a la necesidad de financiar infraestructuras, tecnología y programas de formación. Un socio financiero con experiencia podría aportar capacidad para desarrollar mercados que una organización tradicional no explota con suficiente rapidez.

El riesgo aparece cuando la inversión se estructura sin una arquitectura de gobernanza proporcional a su impacto. Los inversores buscarán rendimiento, capacidad de decisión y protección frente a cambios regulatorios. Las federaciones, en cambio, deben preservar objetivos deportivos, solidaridad económica y autonomía. Si los contratos concedieran derechos demasiado amplios o durante plazos excesivos, futuras administraciones de la FIFA podrían quedar limitadas en su capacidad para reformar competiciones o responder a crisis.

También sería necesario aclarar quién asumiría las pérdidas. En un torneo global, un fracaso comercial, una crisis de derechos humanos o una emergencia sanitaria puede afectar de manera simultánea a ingresos y reputación. Si una entidad privada controla los activos rentables pero la FIFA conserva la responsabilidad pública y política, surgiría un desequilibrio que podría trasladar los costes a las federaciones y a los países organizadores.

La transparencia debería incluir la identificación de inversores, conflictos de interés, criterios de valoración de los derechos, duración de los contratos, mecanismos de salida y reglas para distribuir los beneficios. Sin información verificable, cualquier promesa de que el proyecto aumentaría los recursos para el desarrollo quedaría expuesta a sospechas. La confianza no se recupera solo con una retirada, sino con documentos, auditorías independientes y procesos de consulta que permitan comprobar los compromisos.

El escenario electoral obliga a medir cada movimiento

De aquí a marzo de 2027, la FIFA afrontará una etapa de vigilancia política permanente. La oposición de Finlandia, Gales, Serbia y Suecia representa por ahora una pérdida limitada en términos numéricos, pero tiene valor simbólico porque procede de federaciones europeas y puede animar a otras a expresar públicamente sus reservas. El factor decisivo será saber si el malestar permanece concentrado en Europa o si alcanza a asociaciones de otras confederaciones.

Infantino todavía puede recuperar terreno si convierte la disculpa en una reforma verificable. Un calendario de consultas, la publicación de evaluaciones jurídicas y financieras, y una delimitación clara de las competencias del presidente podrían ofrecer garantías a los sectores críticos. También tendría que demostrar que las decisiones sobre formatos y calendarios se adoptan con criterios deportivos y no solo con previsiones de crecimiento comercial.

La alternativa sería una estrategia defensiva basada en el respaldo de mayorías silenciosas y en la presentación de las críticas como una disputa de poder. Ese enfoque podría mantener el control a corto plazo, pero aumentaría el riesgo de que cada nueva iniciativa se interprete como una imposición. En un sistema con tantas partes interesadas, la estabilidad electoral obtenida sin consenso operativo puede producir una gobernanza frágil.

La prueba será convertir la disculpa en reglas

La crisis ofrece una oportunidad para revisar los límites institucionales de la FIFA. La organización puede salir fortalecida si establece procedimientos obligatorios para las decisiones que afecten a competiciones, derechos comerciales y estructuras societarias. Sería conveniente que el Consejo recibiera información completa antes de cualquier anuncio, que las asociaciones miembro dispusieran de plazos razonables para evaluar las propuestas y que los actores potencialmente afectados participaran en consultas documentadas.

La presencia de capital privado, si vuelve a plantearse, tendría que estar acompañada por controles que protejan la integridad competitiva y la solidaridad entre federaciones. Del mismo modo, cualquier ampliación del Mundial debería someterse a estudios públicos sobre calendario, salud de los jugadores, impacto ambiental, logística y reparto de ingresos. La inclusión deportiva es un objetivo legítimo, pero pierde valor si se consigue a costa de sobrecargar a los futbolistas o de debilitar las ligas que sostienen buena parte del ecosistema.

Por ahora, la FIFA ha comprado tiempo, no una solución. La retirada de FFE evita el enfrentamiento inmediato, y la declaración de apoyo a Infantino conserva la continuidad formal del organismo. Sin embargo, las críticas internas, las amenazas legales y la pérdida de respaldo político muestran que el problema central sigue abierto. La evolución de esta crisis dependerá menos de nuevas declaraciones que de la capacidad de la FIFA para demostrar que sus próximos proyectos se diseñarán con controles, participación y rendición de cuentas suficientes para que el crecimiento comercial no vuelva a confundirse con autoridad sin límites.

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