Joren Van Dorpe convirtió un supermercado belga en un circuito de maratón y completó los 42.195 metros en 3 horas y 17 minutos. El triatleta, ganador del Ironman Tallinn 2025 en la categoría sub-24, dio 153 vueltas de 276 metros y afrontó 1.377 curvas cerradas entre pasillos, estanterías, carros y clientes. La escena fue llamativa, pero su interés va más allá de la anécdota: muestra hasta qué punto las marcas buscan experiencias capaces de generar conversación y, al mismo tiempo, plantea preguntas sobre seguridad, responsabilidad y uso compartido de los espacios comerciales.
El reto fue impulsado por Planet B, empresa para la que trabaja Van Dorpe, como una maniobra publicitaria. La megafonía tuvo que informar a los consumidores de que un deportista estaba corriendo una maratón dentro de la tienda. Esa advertencia probablemente redujo la sorpresa y permitió que parte del público entendiera lo que estaba ocurriendo, aunque no elimina las dificultades derivadas de mezclar una actividad deportiva de alta intensidad con una operación comercial ordinaria.
Una idea eficaz para captar atención
Desde el punto de vista de la comunicación, la iniciativa reúne varios elementos de alto rendimiento. Es visual, fácil de explicar y suficientemente improbable como para despertar la curiosidad de medios y usuarios de redes sociales. Frente a campañas convencionales, que compiten por unos segundos de atención, una carrera dentro de un supermercado ofrece una narración completa: un atleta conocido, un recorrido absurdo en apariencia, una cifra precisa de vueltas y una meta que cualquier espectador puede comprender.
La acción también puede reforzar la identidad de una empresa asociada al deporte, la resistencia o la creatividad. El hecho de que Van Dorpe tuviera experiencia en triatlón aporta credibilidad física al desafío y evita que la iniciativa parezca únicamente una actuación promocional. Las dificultades que describió —dolor en la pantorrilla izquierda y el muslo derecho, pérdida de fuerzas en el tramo final y varios momentos cercanos al choque con carros— hacen visible el esfuerzo y proporcionan autenticidad al relato.
Para el supermercado, la actividad puede traducirse en notoriedad sin necesidad de una producción audiovisual compleja. El espacio cotidiano se convierte en escenario y los propios clientes, aunque involuntariamente, pasan a formar parte de la imagen del acontecimiento. Esa capacidad de transformar un lugar reconocible en una experiencia extraordinaria explica por qué este tipo de acciones resulta atractivo para las marcas.

Además, el episodio puede abrir una conversación interesante sobre la relación entre deporte y vida cotidiana. No todos los retos deportivos necesitan desarrollarse en estadios o circuitos profesionales. Un supermercado, con sus giros y obstáculos, ofrece una prueba de adaptación distinta a la de una carrera en carretera. Para los especialistas en rendimiento, la experiencia recuerda que una distancia idéntica puede tener exigencias completamente diferentes según el terreno, la geometría y la posibilidad de mantener un ritmo constante.
El circuito invisible: clientes, trabajadores y obstáculos
El principal riesgo no está en los 42 kilómetros, sino en la convivencia con personas que no participan en la prueba. Van Dorpe reconoció que estuvo a punto de chocar varias veces con un carrito y que algunos clientes se mostraron enfadados. Ese dato es relevante porque indica que la acción no fue percibida por todos como un espectáculo, sino también como una interferencia en una actividad básica: comprar con seguridad y sin sobresaltos.
Un supermercado es un entorno cambiante. Los carros pueden detenerse de manera repentina, los niños pueden desplazarse sin aviso, un empleado puede reponer productos y un cliente puede salir de un pasillo sin tener visibilidad suficiente. Incluso con una comunicación previa, resulta difícil garantizar que cada persona entienda la trayectoria del corredor, el ritmo al que se mueve o la forma correcta de apartarse. En una situación de fatiga, además, el atleta puede perder precisión, ampliar su trazada o reaccionar más lentamente.
La presencia de mercancías añade otros puntos de vulnerabilidad. Una caída podría derribar productos, romper envases, provocar derrames o generar un suelo resbaladizo. El riesgo no se limita al deportista: un cliente que tropiece al intentar evitarlo, un trabajador que intervenga de forma precipitada o una persona con movilidad reducida que no pueda apartarse con rapidez también podrían resultar afectados. La escena puede parecer controlada en las imágenes, pero la seguridad depende de muchos factores que no siempre son visibles.
La repetición de curvas plantea, por otra parte, un problema deportivo concreto. Correr 153 vueltas con giros frecuentes y siempre en un sentido puede cargar de forma desigual la musculatura y las articulaciones. El propio atleta atribuyó el deterioro de su rendimiento a esa mecánica. En un circuito convencional, los corredores suelen disponer de tramos rectos amplios, superficie regular y margen para modificar su trayectoria. En un supermercado, la longitud de las rectas es limitada y las maniobras son más bruscas, lo que incrementa la exigencia biomecánica.
Publicidad creativa, responsabilidad real
El éxito mediático de la iniciativa puede animar a otras empresas a organizar desafíos similares en tiendas, centros comerciales, almacenes o espacios de transporte. Ahí aparece un posible efecto de imitación. Una acción excepcional, ejecutada por un triatleta entrenado y en condiciones concretas, puede ser reproducida por participantes con menor preparación o sin una planificación equivalente. La distancia entre una campaña controlada y una actividad improvisada puede convertirse en un problema de seguridad.
Antes de repetir el formato, los organizadores deberían separar con claridad tres cuestiones: la autorización del establecimiento, la protección de terceros y la aptitud del circuito. No basta con despejar parcialmente un pasillo o avisar por megafonía. Sería necesario evaluar rutas de evacuación, accesos para personas con discapacidad, zonas de reposición, cruces con cajas, salidas de emergencia y posibilidad de intervención sanitaria. También deberían definirse responsables concretos para detener la prueba si aparece un obstáculo, una caída o una aglomeración.
La responsabilidad jurídica dependerá de las normas locales, de los contratos y de las condiciones precisas del evento, pero el principio general es claro: quien crea un riesgo extraordinario dentro de un espacio abierto al público debe anticiparlo y gestionarlo. La existencia de consentimiento por parte del deportista no cubre necesariamente los daños que puedan sufrir clientes, empleados o terceros. Tampoco la finalidad publicitaria convierte automáticamente una actividad en un evento deportivo autorizado.
Existe una dimensión laboral que merece atención. Los trabajadores del supermercado pueden verse obligados a modificar sus tareas, vigilar el recorrido, retirar obstáculos o atender las consecuencias de una caída. Si la actividad altera la circulación normal o exige una supervisión adicional, esos costes deberían formar parte de la planificación y no recaer de manera invisible sobre la plantilla. La campaña puede beneficiar a la marca, pero sus riesgos operativos los soporta en buena medida el establecimiento.
El valor de la autenticidad frente al mensaje equivocado
La elección de un plátano de la sección de fruta como avituallamiento añade un detalle simpático y refuerza el carácter insólito de la carrera. Sin embargo, también muestra la frontera entre una escena espontánea y una acción que puede interpretarse como permiso para consumir productos sin pasar por caja o manipular mercancía durante una actividad física. En una campaña planificada, este tipo de elementos debería estar acordado previamente para evitar confusión entre la puesta en escena y las normas habituales del comercio.
El relato puede promover una imagen positiva de la perseverancia: Van Dorpe aspiraba a terminar en tres horas, perdió tiempo y fuerza por las condiciones del circuito, pero completó la distancia. Esa parte tiene valor motivacional y puede acercar el deporte de resistencia a públicos que normalmente no siguen una prueba convencional. La otra lectura es menos favorable: si la atención se concentra únicamente en la hazaña, pueden quedar ocultos el dolor muscular, la fatiga extrema y la posibilidad de accidente.
Las marcas que utilicen retos de este tipo deberían evitar presentar el sufrimiento como una obligación o convertir la imprudencia en una virtud. La creatividad funciona mejor cuando el mensaje distingue entre esfuerzo planificado y riesgo innecesario. También convendría informar de que el recorrido fue una excepción organizada, no una conducta que deba imitarse durante una compra ordinaria. Esa precisión protege tanto al público como al valor reputacional de la empresa.
Qué puede quedar después de las 153 vueltas
El impacto inmediato será probablemente favorable para Planet B y para la notoriedad del propio atleta. La historia tiene capacidad para circular en medios y redes porque combina deporte, humor y una imagen inesperada. A más largo plazo, su utilidad dependerá de si la empresa consigue vincular la acción con un propósito reconocible o si queda reducida a una ocurrencia viral. La atención obtenida no garantiza confianza, ventas ni una relación duradera con los consumidores.
También será importante observar cómo responden los supermercados. Si estas acciones se convierten en una tendencia, podrían surgir protocolos específicos para eventos deportivos temporales dentro de espacios comerciales. La experiencia de Van Dorpe aporta datos útiles sobre la fatiga provocada por los giros, la dificultad de convivir con carros y la necesidad de mantener el recorrido libre. Pero un solo caso no permite establecer que el formato sea seguro en cualquier tienda, superficie o momento del día.
La conclusión práctica no es descartar la innovación, sino elevar el estándar de preparación. Un reto de este tipo debería celebrarse en horarios de baja afluencia, con un circuito aislado mediante barreras, personal de control, asistencia médica, evaluación de riesgos y un plan para detener la actividad. Si se protege a clientes y trabajadores, la rareza puede convertirse en una experiencia publicitaria legítima. Si se confía únicamente en la sorpresa y en la habilidad del corredor, la misma idea que hoy genera titulares podría terminar asociada a lesiones, daños materiales o pérdida de confianza.
