La petición pública de Luis Figo para que Gianni Infantino abandone la presidencia de la FIFA añade una dimensión política y reputacional a la crisis institucional que atraviesa el organismo. El exfutbolista portugués, actualmente vinculado como asesor al presidente de la UEFA, Aleksander Čeferin, ha acusado a la dirección de la FIFA de falta de transparencia y de anteponer intereses personales a los del fútbol. Sus declaraciones, difundidas a partir de una carta reproducida por el Daily Mail, no constituyen por sí mismas una prueba de las acusaciones, pero sí reflejan que el conflicto ha dejado de estar limitado a los despachos y ha adquirido una elevada exposición pública.
El momento elegido resulta especialmente sensible. La FIFA afronta debates sobre la posible venta de una participación del 20% de los derechos comerciales del Mundial a un fondo de inversión, mientras se aproxima un ciclo electoral relevante para la continuidad de Infantino y para el equilibrio de poder en torno a las grandes competiciones internacionales. La combinación de una operación económica de gran escala, críticas procedentes de figuras reconocidas y tensiones entre federaciones puede alterar la percepción de estabilidad que el organismo necesita para negociar contratos, organizar torneos y mantener cohesionada su estructura global.
Una denuncia que cambia el centro del debate
La principal consecuencia inmediata de la carta de Figo es que desplaza la discusión desde los detalles técnicos de la financiación hacia la legitimidad del proceso de decisión. El portugués cuestiona que los miembros de la FIFA no fueran informados de la propuesta durante una reunión previa a la final del Mundial. Si esa descripción fuera confirmada, el problema no se limitaría a si la operación es rentable o no: afectaría a la calidad de la consulta interna y a la confianza de las federaciones en los órganos ejecutivos.
En organizaciones con cientos de miembros y estructuras económicas muy distintas, la transparencia no es un elemento meramente formal. Las federaciones pequeñas dependen en buena medida de programas de desarrollo y de recursos distribuidos por la FIFA, mientras que las más poderosas buscan participar en las decisiones que afectan al calendario, los derechos audiovisuales y el reparto de ingresos. Cuando una operación se percibe como diseñada sin información suficiente, el desacuerdo puede convertirse en una disputa sobre representación, distribución de poder y control financiero.

La intervención de Figo también tiene un efecto simbólico. No habla como un dirigente anónimo, sino como una antigua estrella internacional que conoce la industria desde el terreno de juego y que participó en el debate futbolístico de primer nivel. Su proximidad actual a Čeferin puede llevar a algunos miembros a interpretar el mensaje como parte de una pugna más amplia entre dirigentes europeos y la actual dirección de la FIFA. Esa lectura no invalida sus críticas, aunque obliga a considerar el contexto político en el que se producen.
El proyecto comercial, entre liquidez y pérdida de control
La venta de una parte de los derechos comerciales del Mundial podría proporcionar a la FIFA una inyección inmediata de capital. En teoría, los fondos obtenidos permitirían financiar programas de desarrollo, mejorar infraestructuras, ampliar competiciones o sostener el crecimiento del fútbol femenino y juvenil. También podrían ofrecer mayor previsibilidad presupuestaria en un entorno donde los calendarios se expanden y los costes operativos de los grandes torneos aumentan.
Sin embargo, convertir ingresos futuros en financiación presente introduce riesgos estratégicos. Los derechos del Mundial constituyen uno de los activos más valiosos y estables del fútbol internacional. Ceder una participación a un inversor implica negociar no solo un precio, sino también el grado de influencia del fondo, la duración del acuerdo, las condiciones de salida y los mecanismos de control sobre la explotación comercial. Una valoración elevada podría generar recursos considerables, pero una operación mal estructurada reduciría el margen de maniobra de futuras administraciones.
Existe además un riesgo de conflicto de intereses si la remuneración de altos cargos queda vinculada a la transacción o a sus resultados. Figo ha insinuado que Infantino podría obtener un puesto con una retribución anual de 30 millones de dólares, una acusación que debería ser documentada y sometida a verificación independiente antes de extraer conclusiones. Aun así, la mera existencia de esa sospecha muestra la vulnerabilidad de cualquier operación que no publique con claridad sus beneficiarios, asesores, comisiones, criterios de valoración y salvaguardas de gobernanza.
La presión electoral puede acelerar la fractura
Las críticas llegan cuando el futuro político de Infantino puede entrar en una fase decisiva. Si la oposición consigue articular una moción de censura o presentar candidaturas con respaldo suficiente, la carta de Figo funcionará como un argumento de movilización. Las federaciones que ya tengan dudas sobre la gestión podrán utilizarla para exigir explicaciones, mientras que los partidarios del presidente probablemente intentarán encuadrar el episodio como una ofensiva política vinculada a intereses europeos.
El riesgo principal es que las decisiones deportivas y económicas queden subordinadas a la campaña electoral. En ese escenario, cada contrato, calendario o reforma puede interpretarse como una herramienta para consolidar apoyos. La distribución de fondos, la elección de sedes y la concesión de competiciones adquirirían una carga política adicional, lo que elevaría la desconfianza entre confederaciones. También podría retrasar acuerdos comerciales y complicar la planificación de torneos que requieren años de preparación.
La referencia a unas elecciones en Marruecos, relacionadas con el desenlace de la candidatura del Mundial de 2030, refuerza esa sensibilidad. Cuando la sede de una gran competición se vincula a alianzas diplomáticas y electorales, cualquier disputa interna de la FIFA puede proyectarse sobre gobiernos, patrocinadores y organizaciones continentales. La consecuencia no tiene por qué ser una ruptura abierta, pero sí una negociación más áspera y menos previsible.
Federaciones pequeñas: mayor capacidad de presión, mayor exposición
Figo ha respaldado las críticas del príncipe Ali de Jordania, quien denunció supuestas prácticas de presión sobre federaciones. La acusación de que se habría obstaculizado financiación o apoyo institucional para obtener cartas de nominación es grave y, si se pretende convertirla en base de una acción política o jurídica, exige pruebas concretas, trazabilidad documental y una investigación con garantías de independencia.
El episodio, no obstante, pone de relieve una asimetría estructural. Muchas federaciones dependen de la FIFA para mantener academias, instalaciones, competiciones nacionales y programas de formación. Esa dependencia puede limitar su libertad para criticar públicamente a la dirección, incluso cuando existan desacuerdos legítimos. Al mismo tiempo, una confrontación abierta podría poner en riesgo recursos esenciales para el desarrollo del fútbol en países con escasa capacidad financiera.
Una mayor transparencia en la asignación de ayudas, con criterios publicados, auditorías externas y mecanismos de recurso, beneficiaría a todos los actores. También permitiría distinguir entre una decisión financiera razonable y una eventual represalia política. Sin esas garantías, las denuncias se enfrentan a un problema doble: pueden ser difíciles de probar y, aun siendo ciertas, pueden generar consecuencias adversas para las instituciones que las formulan.
El impacto sobre patrocinadores, mercados y aficionados
La FIFA no solo administra competiciones; también gestiona una marca global cuyo valor depende de la confianza de patrocinadores, televisiones y aficionados. Una crisis prolongada puede elevar el coste de cerrar acuerdos, provocar exigencias de cumplimiento más estrictas y llevar a las empresas a incluir cláusulas de salida o reducción de pagos vinculadas a controversias de gobernanza. Los inversores interesados en los derechos comerciales podrían, por su parte, exigir una prima de riesgo mayor o condiciones de control más favorables.
Para los aficionados, el conflicto puede alimentar el cansancio ante las disputas internas y la percepción de que el fútbol internacional se orienta cada vez más hacia la maximización financiera. Esa pérdida de legitimidad no se traduce automáticamente en menor audiencia, porque el Mundial conserva una fuerza cultural extraordinaria. Pero sí puede debilitar el respaldo a futuras reformas, aumentar la oposición a calendarios saturados y hacer más difícil justificar nuevos modelos comerciales que afecten a clubes, selecciones y jugadores.
También existe un posible efecto positivo: una presión pública intensa puede obligar a la FIFA a publicar información que antes permanecía reservada. La revisión de contratos, la intervención de comités de ética y auditoría, o la apertura de consultas con las federaciones podrían mejorar la calidad institucional si se realizan con criterios técnicos y no solo como respuesta defensiva. El beneficio dependerá de que la transparencia alcance tanto a la dirección actual como a cualquier alternativa futura.
La incertidumbre exige pruebas, no solo consignas
El desenlace dependerá de varios factores todavía abiertos: el contenido completo de la propuesta comercial, los informes financieros que la sustentan, la posición formal de las confederaciones, el respaldo real a una eventual moción de censura y la existencia de evidencias sobre los supuestos beneficios personales denunciados. Las declaraciones de Figo pueden acelerar el debate, pero no sustituyen los procedimientos de investigación ni el derecho de los aludidos a responder.
La FIFA afronta una disyuntiva clara. Puede tratar la ofensiva como un ataque político y cerrar filas, con el riesgo de profundizar la sospecha de opacidad, o puede divulgar los documentos relevantes, explicar la estructura económica de la operación y establecer controles independientes. La segunda vía no garantiza que desaparezca la oposición, pero reduciría el espacio para rumores y permitiría que el desacuerdo se dirima sobre cifras, contratos y reglas verificables.
Para proteger la estabilidad del fútbol internacional, cualquier reforma debería separar tres cuestiones: la viabilidad financiera de la venta de derechos, la responsabilidad individual de los dirigentes y la legitimidad del sistema electoral. Mezclarlas puede favorecer la movilización inmediata, pero dificulta hallar soluciones duraderas. La carta de Figo ha elevado el coste político de mantener el silencio; ahora la credibilidad de la FIFA dependerá menos de la contundencia de sus respuestas que de la calidad, independencia y verificabilidad de la información que ponga sobre la mesa.
