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La presión interna contra Infantino crece en la FIFA

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La relación de Gianni Infantino con varios de los principales dirigentes del fútbol internacional atraviesa su momento más delicado desde que el suizo asumió la presidencia de la FIFA. El creciente protagonismo de Donald Trump durante el Mundial, las decisiones adoptadas en torno a la competición y una serie de filtraciones procedentes del entorno del organismo han alimentado una reacción interna que ya no se limita a declaraciones privadas. El objetivo de ese movimiento, según la información publicada, no sería necesariamente provocar una salida inmediata del presidente, sino forzar un cambio de rumbo antes de las elecciones de la FIFA.

El malestar comenzó a hacerse visible antes del inicio del torneo, celebrado desde el 11 de junio en México, Estados Unidos y Canadá. Durante el sorteo, la intervención de Trump y su aparente distancia respecto a los presidentes canadiense y mexicano estuvo a punto de generar una crisis diplomática. Dirigentes de la FIFA ya anticipaban entonces que el campeonato podía estar marcado por tensiones políticas, pero no esperaban que la propia estructura del fútbol mundial quedara expuesta a una disputa de poder.

Trump, de invitado destacado a foco de la crisis

La presencia del presidente estadounidense se había intensificado desde el Mundial de Clubes del año anterior y alcanzó una dimensión mayor durante la Copa del Mundo. Sus apariciones públicas y sus intervenciones en asuntos relacionados con la competición proyectaron la imagen de que disponía de capacidad de decisión sobre el fútbol, una percepción que no se corresponde formalmente con sus atribuciones, pero que Infantino no habría intentado contener.

Ese acercamiento se ha convertido en una de las principales fuentes de críticas. En sectores del fútbol europeo y dentro de la propia FIFA se considera que el presidente ha permitido una politización excesiva del torneo y que ha vinculado la imagen del organismo a un dirigente cuya aceptación social es controvertida. La cuestión no es únicamente protocolaria: la autonomía de las instituciones deportivas y la aplicación uniforme de sus reglamentos aparecen como elementos centrales del conflicto.

Uno de los episodios decisivos fue la filtración de una llamada en la que Trump habría pedido que no prosperara la expulsión del delantero estadounidense Folarin Balogun. Muy pocas personas conocían dentro de la FIFA la existencia de esa conversación, pero medios británicos recibieron casi al mismo tiempo información sobre el contacto. La posterior decisión de dejar sin efecto la sanción provocó desconcierto incluso entre responsables del organismo y fue interpretada como el primer golpe serio a la autoridad de Infantino.

La UEFA reaccionó pocas horas después con un comunicado. Aleksander Ceferin, presidente de la confederación europea, se ha distinguido durante los últimos años por expresar reservas frente a varios proyectos de la FIFA. La respuesta europea no implicó formalmente una ruptura, pero confirmó que las diferencias entre Ceferin e Infantino habían vuelto a ocupar el centro del debate. En el entorno del fútbol internacional, la secuencia fue leída como una señal de que el presidente de la UEFA podía estar dispuesto a liderar una oposición más coordinada.

Decisiones deportivas y disputa por los ingresos

El episodio de Balogun no fue el único momento de fricción. Antes de la tarjeta roja, Trump habría tratado de alterar el calendario del torneo para impedir que Irán disputara sus partidos en Estados Unidos. Infantino consiguió que desistiera de esa iniciativa, que habría tenido consecuencias deportivas, diplomáticas y organizativas de gran alcance. El incidente puso de manifiesto, no obstante, hasta qué punto las decisiones políticas podían interferir en la planificación de una competición global.

Dos semanas más tarde, el diario The Times publicó la existencia de un acuerdo que debía ser ratificado por las federaciones para permitir la venta parcial de los derechos comerciales del Mundial. La revelación abrió una nueva fase de la crisis. En este caso, el desacuerdo no se centra solo en la relación con Trump, sino también en la gestión económica de la FIFA, el reparto de los ingresos y el grado de control que las federaciones miembros conservan sobre los activos más importantes del organismo.

Las confederaciones pueden emitir comunicados conjuntos, pero la votación presidencial se decide federación por federación. Esa realidad limita el valor de las posiciones institucionales y desplaza la disputa hacia los contactos individuales. Precisamente por eso, las críticas públicas de antiguos colaboradores y dirigentes considerados hasta ahora imprescindibles para el funcionamiento del sistema tienen un impacto mayor que una declaración general de una confederación.

Seis meses para recomponer apoyos

La tensión ha llevado a Infantino a buscar reuniones directas con algunos de sus aliados y colaboradores. El presidente quiere conocer de primera mano sus posiciones, una estrategia que refleja tanto la importancia de las lealtades personales en la política de la FIFA como la percepción de que el respaldo acumulado durante su mandato ya no está garantizado. Le quedan aproximadamente seis meses para consolidar su candidatura a una nueva reelección, y el escenario resulta cada vez menos previsible.

En ese contexto, varios de sus proyectos han quedado temporalmente relegados. La expansión del Mundial de Clubes y la posibilidad de organizar un Mundial con 64 selecciones en 2030 representan iniciativas de gran alcance, pero su viabilidad política depende de que Infantino conserve autoridad suficiente para imponer prioridades y negociar con las confederaciones. La crisis actual no cuestiona necesariamente esos planes por razones deportivas, sino por la capacidad del presidente para reunir los votos y consensos necesarios.

Mattias Grafstrom, secretario general de la FIFA, intervino mediante una carta en la que pidió recuperar la normalidad y recordó que el fútbol debe preservar los principios que han sostenido su estabilidad en los últimos años. El mensaje buscó rebajar la confrontación, aunque también confirmó que el conflicto ha alcanzado una dimensión institucional. La defensa de la unidad puede ser eficaz como llamada al orden, pero difícilmente resolverá por sí sola las dudas sobre la gobernanza, la influencia política externa y el uso de los recursos comerciales.

El Mundial 2030, estable pero bajo observación

La disputa no pone en peligro, por ahora, el Mundial de 2030. España no se ha planteado renunciar a la organización pese al supuesto boicot de la UEFA a determinados proyectos de la FIFA. Sin embargo, en varias federaciones preocupa la creciente cercanía entre el máximo organismo y Marruecos, uno de los países anfitriones del torneo junto con España y Portugal. La percepción de un trato preferente podría añadir una nueva fuente de desconfianza a una relación ya deteriorada.

El desenlace dependerá menos de los comunicados públicos que de la capacidad de Infantino para reconstruir alianzas antes de la elección. Ceferin aparece como la figura con mayor capacidad para articular el descontento europeo, aunque todavía no ha anunciado una candidatura ni una estrategia formal contra el presidente de la FIFA. La disputa, por tanto, sigue abierta: lo que comenzó como rechazo a una excesiva exposición política durante el Mundial se ha transformado en un debate sobre el modelo de poder, la independencia y el futuro de la organización que dirige el fútbol mundial.

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