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La Real reordena su eje antes del Betis

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El ensayo de Stamford Bridge ha dejado algo más valioso que un resultado: una fotografía bastante nítida del nuevo reparto de poder en la Real Sociedad. A pocos días del estreno liguero frente al Real Betis, Pellegrino Matarazzo ha acelerado una transición interna que ya no parece coyuntural, sino estructural. La portería, el centro de la defensa y el pivote son ahora las tres zonas donde se mide de verdad la jerarquía del equipo, y en las tres aparecen señales de relevo, duda o desplazamiento de peso.

El dato más relevante no es que la Real perdiera un amistoso exigente, sino que el partido confirmó una decisión de fondo: el entrenador está privilegiando rendimiento inmediato por encima de jerarquías acumuladas. Esa lectura cambia el valor de la pretemporada. En lugar de ser un banco de pruebas genérico, el choque ante el Chelsea funcionó como una votación táctica en tiempo real. Y esa votación dejó ganadores claros, como Beitia, y damnificados evidentes, como Igor Zubeldia o, en otro plano, Benat Turrientes.

En la portería no hay debate de corto plazo. Alex Remiro conserva la titularidad pese a que su tramo reciente haya generado más preguntas que certezas. La elección tiene lógica competitiva: en una plantilla que cambia piezas delante del portero, abrir también esa discusión habría multiplicado la incertidumbre. Para un equipo que empieza la Liga con margen emocional limitado, mantener un guardameta identificado con el proyecto reduce ruido y da continuidad a la estructura defensiva.

Lo que sí ha cambiado de forma visible es el centro de la zaga. La ausencia de Jon Pacheco y la necesidad de cubrir el perfil zurdo obligaron a Matarazzo a mover el tablero, pero el movimiento revela algo más profundo que una solución de emergencia. Beitia, un central de cantera, ha ganado terreno sobre Zubeldia, uno de los capitanes y durante años una referencia de fiabilidad. Que un recién llegado al primer plano se acerque a la titularidad por delante de un futbolista con más peso institucional no es una anécdota: es una señal de que el cuerpo técnico está dispuesto a romper inercias si interpreta que el rendimiento reciente lo justifica.

Esa decisión tiene una lectura amplia para el club. La Real ha construido buena parte de su credibilidad en los últimos años sobre una idea muy concreta: la meritocracia convivía con la continuidad. Lo que cambia ahora es el equilibrio entre ambas. El peso de la trayectoria sigue existiendo, pero ya no garantiza una posición de salida. En una plantilla con varios jugadores de edad intermedia y varios jóvenes empujando desde abajo, el mensaje es potente: la etiqueta de capitán ya no vale más que una pretemporada convincente. Para la cantera, esto abre una ventana real; para los veteranos, obliga a competir cada semana sin red.

La medular ofrece el debate más delicado. Carlos Soler y Luka Sucic aparecen como piezas fijas, lo que indica que la dirección deportiva y el entrenador ven en ellos el doble eje creativo sobre el que construir el equipo. La incógnita está en el pivote y, en consecuencia, en la identidad del bloque. La temporada pasada, la sociedad entre Soler y Turrientes ofreció una salida ordenada y competitiva, pero la lesión de Gorrotxategi debía haberle devuelto al beasaindarra una ruta relativamente despejada hacia la titularidad. No ha sido así. En Londres, Matarazzo apostó por Yangel Herrera, y el resultado fue pobre: desacierto en la interpretación de los tiempos, poca limpieza en la circulación y una distancia evidente respecto a la finura que exige esa posición.

Hay aquí una segunda conclusión de fondo. La Real todavía no ha encontrado un pivote que combine recuperación, pase y posicionalidad con la consistencia de un titular indiscutible. Ese vacío no es menor, porque en un equipo que pretende sostenerse arriba, el pivote no solo equilibra: define la altura del bloque, la agresividad tras pérdida y la capacidad de los interiores para recibir entre líneas. Si el entrenador insiste en Yangel, asume más fricción en la base del juego; si recupera a Turrientes, protege mejor la posesión pero quizá pierde impacto físico. La elección no es táctica únicamente, también es política: decide qué perfil de centrocampista quiere consolidar el club a medio plazo.

La tercera lectura relevante afecta a los extremos y al frente de ataque. Con Gonçalo Guedes lesionado y a la espera de que el mercado ofrezca un atacante versátil, Take Kubo y Ander Barrenetxea se perfilan como extremos de referencia. Aquí la Real sí parece tener una continuidad reconocible, y eso importa porque en un inicio de temporada con tantas dudas interiores, el juego exterior puede convertirse en el refugio competitivo. Kubo aporta amenaza y conducción; Barrenetxea, desequilibrio y profundidad. Si ambos llegan en buen estado, el equipo podrá sostener fases de dominio sin depender tanto de la claridad del centro.

Arriba, la incógnita es más sutil pero no menos relevante. Mikel Oyarzabal vuelve tarde, con solo dos semanas de rodaje, y eso deja abierta la puerta a Orri Oskarsson. La discusión no es solo quién marca más, sino quién encaja mejor en un equipo que todavía está definiendo sus automatismos. Oyarzabal ofrece liderazgo, lectura y peso emocional; Oskarsson, en cambio, puede dar continuidad a una referencia más fija en el área. En un debut liguero fuera de casa y ante un rival exigente, el técnico deberá decidir si prioriza jerarquía histórica o ritmo competitivo real.

Desde la perspectiva del vestuario, la situación tiene dos caras. Para los jóvenes, el contexto es favorable: Beitia y otros perfiles emergentes ven que la puerta de entrada no está bloqueada. Para los veteranos, el riesgo es evidente: la autoridad simbólica pierde valor si el entrenador castiga el bajón de forma visible. Esa tensión puede ser sana si se traduce en competencia; puede ser tóxica si genera sensación de arbitrariedad. En una plantilla que debe convivir con lesiones, retornos tardíos y ajustes de mercado, la gestión emocional será tan importante como la táctica.

También hay un ángulo institucional. La Real no solo se juega un once para la jornada inaugural; se juega el relato de su próxima etapa. Si Zubeldia y Turrientes pasan a ser secundarios, el club estaría aceptando una reordenación de capital deportivo en la que el pasado reciente deja de marcar el presente. Eso suele acelerar la renovación del bloque, pero también puede erosionar uno de los activos más sensibles de cualquier equipo estable: la previsibilidad interna. El mercado, además, añade presión, porque la espera por un atacante polivalente indica que la plantilla todavía no está cerrada y que la estructura final puede cambiar justo cuando empiece la Liga.

La tendencia que deja Londres es clara: Matarazzo quiere una Real menos automatizada por jerarquías y más dependiente de estados de forma. Esa idea puede darle competitividad si acierta pronto con el pivote y consolida la pareja de centrales; también puede exponer al equipo si los relevos no asimilan rápido las responsabilidades. El riesgo no está solo en el rendimiento inmediato, sino en la construcción de consenso dentro del vestuario. Cuando un entrenador acelera los cambios en pretemporada, gana tiempo táctico, pero consume capital de confianza. La Real entra en La Cartuja con una base reconocible en bandas y portería, pero con el eje central todavía en disputa. Ahí, más que en ningún otro sitio, se va a medir la verdadera dimensión del nuevo proyecto.

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